lunes, 6 de abril de 2009

¿Por qué es difícil negarse a uno mismo?


Por: Sebastián Barrera S.

Semana Santa, es tiempo especialísimo de contemplación de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Son los días en los cuales debiéramos meditar esos misterios tan importantes de nuestra fe, para que, conmovidos por los sufrimientos del Señor, podamos llegar a una conversión de fondo, al arrepentirnos verdaderamente y confesar nuestros pecados, para así poder enrumbarnos mejor en el camino de la salvación.

Al contemplar los sucesos de la Pasión del Señor que nos narra el Evangelista San Marcos (Mc. 14, 1 a 15, 47), vemos como “Cristo, siendo Dios, no hizo alarde de su condición divina, sino que se rebajó a sí mismo” (Flp. 2, 6-11), haciéndose pasar por un hombre cualquiera. Llegó hasta la muerte y a la muerte más humillante que podía darse en el sitio y en la época en que El vivió en la tierra: la muerte en una cruz.

Cristo se “anonadó”, es decir, se hizo “nada”, dejándose insultar, burlar, acusar, castigar, torturar, juzgar, condenar, matar, etc. etc. etc. Pero “Dios lo exaltó sobre todas las cosas ... para que todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor”.

Seguidores de Cristo somos los cristianos. Es lo que nuestro nombre significa. Y El mismo nos ha dicho cómo hemos de seguirlo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues quien quiera asegurar su vida la perderá y quien sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, se salvará” (Mc. 8, 34-35).

Estos días de la Semana Santa nos llaman a la muerte con Cristo: a sacrificar nuestra vida por El y por lo que El nos dice en su Evangelio. No basta recoger palmas benditas este Domingo de Ramos, no basta visitar a Cristo expuesto solemnemente el Jueves Santo, no basta siquiera pensar en los sufrimientos de Cristo durante la ceremonia del Viernes Santo. Todo esto es necesario... muy necesario. Pero todo esto debiera llevarnos a imitar a Cristo en esa cruz y en esa muerte que El nos pide para poder salvar nuestras vidas.

Y ¿qué es ese morir que Cristo nos pide? El lo determina muy bien cuando nos dice cómo hemos de seguirlo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo”. Comprender qué significa negarse uno mismo es más o menos simple. Hacerlo es ya más difícil... pero no imposible.

Negarse a uno mismo es sencillamente decirse “no” a lo que uno desea, a lo que uno cree que es lo mejor, a lo que uno cree que es lo más conveniente, a lo que uno cree que es necesario... cuando eso que uno desea, que uno cree lo mejor, más conveniente y necesario no coincide con lo que Cristo nos dice, nos muestra y nos pide.

Y ¿por qué es difícil negarse a uno mismo? Es difícil, porque estamos acostumbrados a consentirnos a nosotros mismos, a decirnos que sí a todos nuestros deseos, antojos, supuestas necesidades, apegos, etc. Nos amamos mucho a nosotros mismos; por eso nos consentimos tanto. El mundo nos vende la idea de complacer nuestro “yo”, con cosas lícitas o ilícitas, necesarias o innecesarias, buenas o malas. No importa.

Lo importante es hacer lo que uno quiera. Y esto que está tan arraigado en nuestra forma de ser, va en contra de lo que Cristo hizo y nos pide con su ejemplo y su Palabra.

Bien están las palmas benditas y la visita a los Monumentos, pero -además de esas devociones- para seguir a Cristo como El nos pide, no nos queda más remedio que “morir con El para vivir con El” (Rom.6, 8).

sealbasa@hotmail.com

3 comentarios:

  1. Padre Samuel Mejía Valenzuela6 de abril de 2009 22:03

    Me gustó este artículo del Seminarista Barrera, le agregaría simplemente que con este "despojamiento de sí mismo", que caracteriza profundamente la verdad sobre Cristo verdadero hombre, podernos decir que se restablece la verdad del hombre universal: se restablece y se "repara". Efectivamente, cuando leemos que el Hijo "no retuvo ávidamente el ser igual a Dios", no podemos dejar de percibir en estas palabras una alusión a la primera y originaria tentación a la que el hombre y la mujer cedieron "en el principio": "seréis como dioses, conocedores del bien y del mal" (Gen 3, 5). El hombre había caído en la tentación para ser "igual a Dios", aunque era sólo una criatura. Aquel que es Dios-Hijo, "no retuvo ávidamente el ser igual a Dios", y al hacerse hombre se despojó de sí mismo, rehabilitando con esta opción a todo hombre, por pobre y despojado que sea en su dignidad originaria.

    ResponderSuprimir
  2. Martha Isabel Villa Orozco7 de abril de 2009 13:52

    La pobreza de Espíritu, nos enseña la vida de Jesús, es un desapego de sí mismo y de todas las cosas, no sólo de dinero, sino de fama y gloria. Ese desapego se explica porque el hijo recibe la vida del Padre en cada momento.

    ResponderSuprimir
  3. Fernando Larrarte8 de abril de 2009 11:50

    El Hijo de Dios, igual al Padre, no se aferra a su condición divina, renuncia a lo que le es debido por su naturaleza divina, pasa por un hombre cualquiera, no reclama ni exige honores que le eran debidos, renuncia a sus derechos, se hace pequeño, humilde. Pero no sólo renuncia a gloria, honores y riquezas, sino que se abraza con una muerte infamante, tras haber padecido calumnias y juicios injustos. Siendo inocente pasa por criminal, permite que sean avasallados sus derechos. Él, como hombre hijo de Dios, no viene a buscar su propia gloria sino la del Padre. Y así como le da gloria con su humillación, se la da con la exaltación con que lo agracia el Padre, haciendo reconocer su señorío y dándole el Reino, una dignidad que es reconocida en los cielos, la tierra y los infiernos. En una palabra: por haberse hecho pobre de espíritu se le entrega el Reino de los Cielos.

    ResponderSuprimir