QUÉ VENDE USTED?Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom@hotmail.com
No es una pregunta relacionada con la crisis mundial que se está desmadejando con la caída del castillo de cartas que baja desde China, por Japón, EUA, Unión Europea, Inglaterra, países árabes, México y de ahí para abajo. Ni es una alusión al problema de desempleo tan pronunciado que sufrimos desde hace un lustro en Colombia que ha puesto a vender baratijas de China, Corea y Taiwán a cantidad de hombres, mujeres y niños en tienditas y esquinas. No. No es un interés o sondeo de mercadeo ni asunto de ese estilo.
La pregunta es muy personalizante. Las sociedades se han vuelto cada día más encerradas, se pretenden proteger de incursiones de la cultura global y se alejan hacia una esquina impersonal. Desde allí se aíslan y miran con cierto desprecio y xenofobia lo que ocurre a su alrededor para planear y defenderse, y atacar –por supuesto -.
¿Qué le ocurre al individuo inserto en una sociedad abatida por el juego de la cultura, por la invasión a la antigua intimidad y la casera actividad? Su alero ya no es de su entera pertenencia y debe compartir ideas y propuestas con invitados desconocidos. ¿Cuál será su reacción?
De paso por restaurantes y supermercados, por aeropuertos y peluquerías, hoteles y taquillas de autobuses el pasajero debe encararse con empleados que ofrecen artículos y servicios.
Hay algunos que atienden de inmediato, que ponen su cara y sus manos, su sonrisa y su palabra al servicio del cliente. Da gusto que alguien se concentre en el oficio que hace y se dedique a complacer el deseo y la necesidad de quien requiere un producto. Mas hay otros que no se les ve la actitud de querer servir y dejar satisfecho al que pregunta por el precio, la calidad o el sitio donde encontrará lo que busca. Parece que les disgustara lo que hacen, que les aburriera tanta visita a su tienda o que el cliente no mereciera su trato. Y, para que una empresa tenga éxito, necesita vender, atraer a los clientes.
No sólo ocurre esto en las tiendas de barrio o en las oficinas del gobierno. En nuestras casas y nuestras relaciones con los vecinos hemos cerrado las bisagras de nuestros labios, hemos pronunciado las arrugas del entrecejo y pasamos frente a los demás como perro regañado.
Me pregunto. ¿Yo tengo algo para vender? ¿A alguien pretendo convencer? Claro que sí. A mí mismo, a mi cónyuge, a mis hijos, a mi familia, a mis poquísimos amigos. No puedo sentarme en el baño de mi casa a quejarme de la mala suerte o en el sofá a mostrar mi cara dura. No puedo salir a la calle y pensar que todos me miran como enemigo. Por más que haya mendigos, que haya carretilleros sudando con su carga, que haya ladrones en moto, o una turba de desempleados y niños jugando con su vida en las esquinas, la vida tiene que seguir y el ánimo no puede desfallecer.
¿Se nos agotaron los ademanes de cortesía y las lecciones de recetas de cómo sonreír? A veces parecemos una virgen que acaba de dejar de serlo o un viejo con achaques y pasaporte nuevo para el cementerio. Usted qué vende, ¿su felicidad o su hiel?
02-02-09 - 9:29 a.m.
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