lunes, 27 de abril de 2009

TERRORISMO CASERO


“La próxima vez que me conteste así le tumbo todos los dientes”, “párese para que el señor se siente”, “¿no ve que estoy ocupada?”, “deje de preguntar bobadas”…

Son estas las respuestas que nuestros niños(as) están recibiendo de los adultos, de nada más y nada menos que esos adultos que deben ser su modelo, su refugio, su educador: papá y mamá. Son estas las discretas pero peligrosas maneras de zafarse de la responsabilidad de enseñarles a comunicarse (te tumbo todos los dientes), o la cruel manera de hacerles sentir menos que los demás (déle el puesto al señor), o la indiferencia ante su necesidad de encontrar con quien hablar (estoy ocupada), o quizás el modo cínico con que menospreciamos sus formas de descubrir qué diablos es la vida (no pregunte bobadas).

Este caldo que cultiva frustraciones, que desteje lazos afectivos, que desdibuja ese mundo de sueños que alguna vez les prometieron, no es menos peligroso que el artero terrorista apuntalando los hierros contra quien el humanismo llama su “hermano”.

Nos aterramos de las mulas, de los garavitos, de las lolitas, del pelao que le ofreció vicio al hijo, del que baja trabado todas las noches, de la que resultó preñada del novio, de los que se volaron de casa, de quienes amanecen aun ebrios en los andenes del “qué dirán”, de las bellas en los bellos autos de los menos bellos que despeinan sus vellos. Nos aterramos de aquello que, con todo el peso de la culpa, sembramos, y nos lamentamos hoy por los frutos rancios, o pasmados de madurar a las patadas.

Los seres humanos podemos ser tan miserables, que ¡vaya tonto! aun me aterro de escuchar a una madre desquitarse todos los días con su hija en rebuscado alegato y es capaz de pedirle un domingo que la “deje en paz” porque es su único día de descanso, en una explosión de histeria que seguramente a la niña aterra.

En un cuento que leí hace poco, una niña triste narraba la desdicha de tener una familia que la dejaba olvidada con frecuencia, y en sus sueños le pedía a la luna (pudiendo obtener cualquier deseo) que en adelante su papá y su mamá recordaran siempre a qué hora recogerla. Este cuento lo escribió una niña de ocho años, niña de una de nuestras escuelas urbanas, una niña que aun en la inmensidad del materialismo posmodernista padre de las necesidades absurdas, no quiso otra cosa que no fuera el afecto de su familia. Muchos habríamos gastado ese deseo pidiendo ganarnos el baloto…

A veces quisiera uno ser el genio que cumple los deseos de quienes se ahogan en el silencio de sus tempranas frustraciones, pero vaya si tiene razón ese dios que le explica a Jim Carrey aquello de no interferir con el libre albedrío humano. La lógica que le aprendí a Valverde me dice que el postre sale bueno si la fruta está buena. Hacer de este un mundo mejor no es una tarea divina, es un proceso, es un ejercicio constante y conciente.

¿Quién nos enseña?... ¿Qué nos enseña a ser mejores personas, mejores ciudadanos del planeta? Tenemos manuales, edictos, leyes, biblias, códigos, reglamentos… basura todo si no anteponemos el ser humano ante el autómata obediente, basura todo si no somos capaces de responder los interminables “por qué” del niño que explora el mundo, basura todo si perdemos el tiempo diciendo que no tenemos tiempo, basura mientras un adulto sano sea capaz de permitir que un frágil niño le desocupe un puesto en la buseta.

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