
Por: Sebastián Barrera S.
La codicia es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Como la lujuria y la gula, es un pecado de exceso.
Sin embargo, la codicia (vista por la Iglesia) aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Tomás de Aquino escribió que la codicia es "un pecado contra Dios en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales". "Avaricia" es un término que describe muchos otros ejemplos de los llamados pecados capitales.
Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, soterradamente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la codicia.
En el noveno y en el décimo mandamientos Dios nos prohíbe la codicia. Pero no obstante, la codicia nace en el corazón, de modo que sucede por ambición desmesurada. Luego estos mandamientos tratan especialmente del corazón. Nos enseñan claramente que también los malos pensamientos son pecados ante Dios, así también, la condición mala y pecaminosa de nuestro corazón, ya que Dios quiere tener nuestra alma completamente limpia y santa, sin ningún impulso pecaminoso.
En todo caso, no existe ningún corazón humano que tenga esa condición. Sin embargo, Dios puede exigir de nosotros tal esa perfecta santidad. Él nos ha hecho santos y es culpa del hombre que haya perdido su santidad por medio del pecado.
La falta de tal santidad ante Dios es también pecado, que nos sujeta a la infinita misericordia o ira de Dios y a la condenación. Así estos dos mandamientos nos enseñan claramente que los hombres jamás han guardado la ley de Dios, ni pueden hacerlo, ya que la ley encierra concluye a toda carne bajo pecado y con eso bajo la maldición de Dios.
Y así nos enseñan con toda claridad que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios. Hay sólo uno que ha guardado estos mandamientos y, al hacerlo, con eso toda la ley de Dios, el Dios-hombre Jesucristo, que nació sin pecado. El ha cumplido la ley por nosotros en nuestro lugar. Él es el fin de la ley, el cumplimiento de la ley; de modo que el que en él creyere es justo.
El único pecado capital que es realmente una porquería, la máxima locura del ser humano, y la cumbre de su estupidez, es la codicia, la cual es como soñar con tener abundante plata sin trabajarla, es desear ganarse el premio mayor de la lotería y que se le aparezca la virgen al mismo tiempo.
La “codicia” nunca es un problema en un mercado, es decir en ausencia de quebrantamiento de derechos, es el motor de todo lo bueno que ocurre y siempre requiere hacer algo que el mercado valore más que aquello a lo que se aspire. Cuantas más aspiraciones personales se realicen en el mercado, es mejor para todos.
Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí. Por eso toda codicia es pecado.
Sealbasa@hotmail.com
La codicia es el afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Como la lujuria y la gula, es un pecado de exceso.
Sin embargo, la codicia (vista por la Iglesia) aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Tomás de Aquino escribió que la codicia es "un pecado contra Dios en lo que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales". "Avaricia" es un término que describe muchos otros ejemplos de los llamados pecados capitales.
Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, soterradamente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar. Búsqueda y acumulación de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia, los engaños o la manipulación de la autoridad son todas acciones que pueden ser inspirados por la codicia.
En el noveno y en el décimo mandamientos Dios nos prohíbe la codicia. Pero no obstante, la codicia nace en el corazón, de modo que sucede por ambición desmesurada. Luego estos mandamientos tratan especialmente del corazón. Nos enseñan claramente que también los malos pensamientos son pecados ante Dios, así también, la condición mala y pecaminosa de nuestro corazón, ya que Dios quiere tener nuestra alma completamente limpia y santa, sin ningún impulso pecaminoso.
En todo caso, no existe ningún corazón humano que tenga esa condición. Sin embargo, Dios puede exigir de nosotros tal esa perfecta santidad. Él nos ha hecho santos y es culpa del hombre que haya perdido su santidad por medio del pecado.
La falta de tal santidad ante Dios es también pecado, que nos sujeta a la infinita misericordia o ira de Dios y a la condenación. Así estos dos mandamientos nos enseñan claramente que los hombres jamás han guardado la ley de Dios, ni pueden hacerlo, ya que la ley encierra concluye a toda carne bajo pecado y con eso bajo la maldición de Dios.
Y así nos enseñan con toda claridad que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Dios. Hay sólo uno que ha guardado estos mandamientos y, al hacerlo, con eso toda la ley de Dios, el Dios-hombre Jesucristo, que nació sin pecado. El ha cumplido la ley por nosotros en nuestro lugar. Él es el fin de la ley, el cumplimiento de la ley; de modo que el que en él creyere es justo.
El único pecado capital que es realmente una porquería, la máxima locura del ser humano, y la cumbre de su estupidez, es la codicia, la cual es como soñar con tener abundante plata sin trabajarla, es desear ganarse el premio mayor de la lotería y que se le aparezca la virgen al mismo tiempo.
La “codicia” nunca es un problema en un mercado, es decir en ausencia de quebrantamiento de derechos, es el motor de todo lo bueno que ocurre y siempre requiere hacer algo que el mercado valore más que aquello a lo que se aspire. Cuantas más aspiraciones personales se realicen en el mercado, es mejor para todos.
Porque sabemos que la ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido a la sujeción del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo, pues no practico lo que quiero; al contrario, lo que aborrezco, eso hago. Y ya que hago lo que no quiero, concuerdo con que la ley es buena. De manera que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que mora en mí. Por eso toda codicia es pecado.
Sealbasa@hotmail.com
Se triunfa cuando no existe codicia. Se fracasa cuando si existe codicia. EXPLICACIÓN CONCRETA. Existen dos géneros de codicia; Primera, codicia por el dinero. Segunda, codicia de poderes ocultos. Existe codicia por el dinero cuando lo anhelamos con propósitos Psicológicos, y no para cubrir correctamente nuestras necesidades físicas. Muchos quieren dinero para ganar prestigio social, fama, altas posiciones, etc. No existe codicia cuando conseguimos dinero con el único propósito de cubrir nuestras necesidades físicas. Es necesario descubrir donde termina la Necesidad y dónde comienza la Codicia.
ResponderSuprimirCodicia era lo que tenían los ahorardores de las Pirámides,
ResponderSuprimirHay un refrán que dice “la codicia, deseo ansioso y excesivo de dinero y riquezas, rompe el saco”, y hay un principio bíblico paulino que enseña “la codicia es la raíz de todos los males”, que convierte al dinero y a las riquezas en un ídolo al que los codiciosos dan culto como a un “dios” viendo en ellos el gran poder que mueve el mundo y no dándose cuenta que no les garantiza la vida, el amor y felicidad que ansiosamente buscan.
ResponderSuprimirPues bien, la codicia de los financieros, banqueros, empresarios, particulares y gobiernos de los Estados Políticos rompieron el saco financiero y económico de la liquidez de los bancos y cajas de ahorros, a nivel mundial, dando lugar a una serie de males, tales como, la desconfianza social e interbancaria, la recesión económica, el desempleo, la inestabilizad social y política, y la pobreza y miseria si esta situación crítica no se remedia adecuadamente.
Los bienes no son propiedad exclusiva sino compartida. De ahí que bien merece aprender de los errores para no caer en lo mismo sucesivamente. Si todo lo que nos enseñan los momentos difíciles para superar no los ponemos por obra se cae en el precipicio tremendo de la desilusión. La generosidad y la solidaria hermandad hará posible cambiar una sociedad falta de valores y así poderla llevar por los caminos de una mayor apertura de amor y generosa colaboración. Estamos en el momento de rectificar y orientar a la sociedad por los caminos que lleven a la paz, a la concordia y a la unidad.
ResponderSuprimirEstamos preocupados por la situación económica que padecemos a nivel mundial y que en Colombia, por ejemplo, ha quebrado tanto que la misma sociedad se encuentra desorientada y despistada.
ResponderSuprimirEl gran monstruo del “bien vivir” se ha convertido, de la noche a la mañana, en una pesadilla horrible puesto que todo lo ahorrado ha quebrado.
Es un momento de incertidumbre. El “Dios bienestar” hace aguas por todas partes y parecía que estábamos construyendo un paraíso en la tierra.
Baja estrepitosamente la bolsa y se tambalean todas las seguridades terrenas. Y todo esto porque bien dice nuestro refranero: “La codicia rompe el saco”.
Nunca ha dado buenos resultados la avaricia y siempre ha quebrado pues, como la mentira, “tiene patitas muy cortas”. A la larga, la verdad y la autenticidad siempre vencen.