CADA DÍA QUE PASA NOS HACEMOS MÁS BURROS
http://www.caracoltv.com/entretenimiento/alacalle/articulo134964-el-festival-del-burro-recibe-criticas-parte-de-la-iglesiaPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom@hotmail.com
Los burros acompañan al hombre desde la edad de piedra. También descienden del mono y jamás se han preocupado de si su eslabón anterior es el de un mastodonte o una rana. Su cerebro es muy pequeño y apenas le caben unas neuronas que lo hacen el prototipo de los pasos lentos y de su gran Paciencia. Noé lo cargó con su burra en el arca y hoy nos alegra en las ferias de San Antero, nos sirve en los campos y es juguete de niños en circos y libros.
Cualquiera puede describir a un burro. Hasta Juan Ramón Jiménez le dedicó todo un señor libro a su pequeño Platero. Es de estatura media, como los descendientes de español e indio, su piel casi siempre está cubierta de pelambre clara. Aguanta climas helados o de temperatura ardiente y si tiene hambre se sienta y rebuzna. Está dotado de un trote pesado y si lo montan niños es como bicicleta sin frenos. No sufre de gripa ni de mal de estómago, come de todo y le gustan las fiestas porque le dan pasteles. Tiene unos ojos grandes y tiernos, hocico potente con dientes enormes. Su rebuzno se oye desde lejos como el de las locomotoras de carbón y humo.
No se hablará de burros si no lo asociamos con la Paciencia y con sus largas orejas. ¿Quién ha visto a un burro enojado? Tal vez alguna vez lo vemos asustado o con lagrimones, si herido. Pero nunca podremos tomarle una foto riñendo o gritando. Si su dueño, - ingrato -, lo carga demasiado, hará unos ruidos como los hacen los mulos cuando suben una cuesta, pero nada de hacer mala cara o escupir de la rabia. A lo más podrá lanzar una coz si se le hace una mala jugada. Tiene orejas de cura o de médico. Porque oye con mucho cuidado y recoge cuanto sonido pasa a su lado. Insultos, rabietas, palabras soeces, requiebros y avemarías. Lo que entre por su oído, sea grave o insulso o sagrado, todo lo olvida. Parece que la filosofía y la moral no fueran con él. Sus orejas son de puro adorno y… ensaye usted a pintarlo con orejas cortas y dejará de ser un burro para ser un hombre vulgar.
De pequeño me miraba al espejo y comparaba mis orejitas con las de los burros. Eran chiquitas, delgaditas, redondas y bien delineaditas. En el seminario me llegaron a llamar burro porque vivía en Bosa, un pueblucho donde había más burros que calles. No era por mis orejas ni por mi paciencia en lo que el sabio y callado burro siempre me ha ganado. El apodo no me quedaba nada bien y era una deshonra para los inocentes burros.
Hoy que me vuelvo a mirar al espejo, ¡oh Destino!, mis orejas han crecido y nadie me ha llamado burro. Con razón me pueden llamar orejón, y hasta me podrían apodar de burro, por no haber aprendido la lección de paciencia, silencio, tenacidad y de espalda dura. Sólo me han crecido las orejas, me quejo del frío, del calor, del gobierno, de las malas vías y de la corrupción.
Quisiera, de verdad, ser un burro para mi bien, el de mis hijos, del gobierno y para andar de fiesta con papelillo en mi testa y corriendo como perseguido por una banda indomable de niños.
23-05-09 - 11:15 a.m.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada