domingo, 3 de mayo de 2009

Cuando llegan las tempestades



Por: Sebastián Barrera S.

Andamos por esta vida como en barcas que van navegando bien, sin mayor problema... cuando vamos por aguas tranquilas.

Sin embargo, los problemas se presentan cuando la navegación se hace difícil, por las tempestades y tormentas propias de la vida de cada uno. Y en esos momentos de navegación difícil comenzamos a flaquear y a temer.

Nos pasa lo mismo que sucedió a los Apóstoles en el conocido pasaje evangélico de la tormenta en medio de la travesía de una orilla a otra del lago: “se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua” (Mc., 4, 35-41).

Sucede que Jesús iba con ellos en la barca. Pero ¿qué hacía el Señor? ... “Dormía en la popa, reclinado sobre un cojín”. Fue tan fuerte la borrasca y tanto se asustaron, que lo despertaron, diciéndole: “Maestro: ¿no te importa que nos hundamos?”.

Nos sucede lo mismo a nosotros. Cuando estamos navegando bien, sin problemas, sin tempestades, ni olas turbulentas, tal vez ni nos acordamos de Dios. Pero cuando la travesía se hace difícil y borrascosa, creemos que Jesús está dormido y que no le importa la situación por la que estamos pasando. Tal vez hasta lo culpemos de lo que nos sucede y hasta le reclamemos indebida e injustamente.

En este pasaje Cristo muestra a los Apóstoles el poder de su divinidad. Con una simple orden divina, el viento calla, la tempestad cesa y sobreviene la calma.

Pero Jesús les reclama: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” ¿No podría el Señor reclamarnos a nosotros también? ¿Qué hacemos ante los sufrimientos, los peligros, los inconvenientes, las tempestades que se nos presentan en nuestra vida personal, familiar o nacional? ¿Confiamos realmente en el poder de Dios? ¿Confiamos realmente en lo que Dios tenga dispuesto para nuestra vida: sea calma o sea tempestad? ¿O creemos que debe despertar y hacer un milagro, para que las cosas sean como nosotros consideramos conveniente? ¿No llegamos a creer, inclusive, que no le interesamos? ¿Realmente duerme el Señor?

¡Qué débil es nuestra fe! Débil, como la de los Apóstoles en ese momento. Nos olvidamos que Dios está siempre con nosotros, para guiar nuestra barca en medio de tempestades y tormentas, en una presencia escondida y silenciosa, como la del Maestro dormido en la barca.

No hace falta que haga milagros, aunque estemos en medio de una tempestad. ¡No tenemos derecho a reclamarle milagros! El gran milagro es que El nos lleva sin ruido, en silencio, a escondidas a través de olas borrascosas cuando hay tempestades. Pero también está presente cuando todo parece tranquilo, cuando parece que no tuviéramos necesidad de El, pues todo parece andar bien.

Sea en la tormenta, sea en la calma, Dios está presente. Y El desea que nos demos cuenta de que está allí, presente en la vida de cada uno de nosotros, esperando que sepamos de su presencia silenciosa. En todo momento, sea de tempestad, sea de calma, el Señor está derramando sus gracias para guiarnos por esta vida que es la travesía que nos lleva a la otra: la Vida Eterna.

sealbasa@hotmail.com

4 comentarios:

  1. Etelvina Ordóñez3 de mayo de 2009 21:02

    Después de las tormentas y tempestades, viene la calma, pero si nos acercamos a Jesucriso y lo reconocemos como nuestro Señor y Dios.

    ResponderSuprimir
  2. Reynaldo Ledezma3 de mayo de 2009 21:08

    LAS TEMPESTADES NOS HACEN BUSCAR AL SEÑOR CON MÁS INTENSIDAD
    Muchos creyentes han dado testimonio de cómo las grandes dificultades los han hecho crecer espiritualmente, doblar sus rodillas y buscar al Señor de una manera más intensa. Algunos hastahan afirmado que si no fuera por “esas experiencias”, no habrían aprendido a madurar en su vidacristiana. El reto aquí es no dejar que el Señor sea el último recurso, sino el recurso normal y cotidiano.
    Hace poco escuché al Senador Caucano Luís Fernando Velasco hablar de cómo su problema judicial lo había madurado para no juzgar tan duramente a los demás. Un excelente testimonio de vida y reflexión cuando llegan las tempestades.

    ResponderSuprimir
  3. Margarita Lizcano4 de mayo de 2009 22:27

    En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento para combatir las tempestades, obviamente prendidos del Señor ,del que todo lo puede.

    ResponderSuprimir
  4. Silverio Vera Tamayo5 de mayo de 2009 21:27

    Hoy en día tenemos tantos problemas y asuntos que resolver! Y a veces parece como si nadie se diera cuenta de todo lo que tenemos que resolver al mismo tiempo: trabajar, estudiar, encargarnos del hogar, ajustar nuestro presupuesto y seguir cumpliendo con nuestras responsabilidades, Parece imposible que en medio de tantas preocupaciones y contratiempos, podamos conservar la serenidad para resolver todo sin caer en la desesperación ni afectar a los demás con nuestra impaciencia.

    El valor de la serenidad nos hace mantener un estado de ánimo apacible y sosegado aún en las circunstancias más adversas, esto es, sin exaltarse o deprimirse, encontrando soluciones a través de una reflexión detenida y cuidadosa, sin engrandecer o minimizar los problemas.

    ResponderSuprimir