
Por Daniel Mera
Imaginen una clase de quinto grado de primaria con un número inusual de líderes que quieren ser presidente del curso, por votación de los compañeros.
A esa edad, no hay muchas reglas que seguir, no importan tanto las propuestas, ni la probabilidad de ser elegido. Importa el deseo de cada niño líder de ser presidente del curso. Es lo natural. Al final, uno de los candidatos gana.
Si cuarenta años después esos líderes quieren ganar la presidencia sin reglas que los restrinjan, sin importar que otros piensen más o menos igual y sin tener en cuenta la probabilidad de ganar, ¿qué tenemos?
En esta fábula, tenemos una cultura política infantil.
¿Cuántos partidos queremos para estructurar un sistema político ‘adulto’?
No más de cuatro (opino). Algo distinto del bipartidismo que nos rigió.
Subir del 2% al 3% el umbral, como hace la reforma política en curso, avanza en la dirección correcta.
La democracia interna de los partidos es el ámbito para que los líderes adelanten (y declinen) sus aspiraciones.
La crítica a la subida del umbral dice: “Estos partidos no merecen ser fortalecidos; primero el castigo” (por la para-política). Querrán decir “algunos partidos” (no todos). En términos legislativos, se trata de un auto-castigo.
¿Entonces aplazamos esta reforma necesaria hasta cuándo? Es muy difícil una regla que permita la existencia de Mira y Por el País que Soñamos, e impida la de Convergencia Ciudadana y Alas-Equipo Colombia.
Hay que pagar un costo por tener un sistema de partidos más sólido. Enrique Peñalosa sería un excelente líder en el Partido Liberal. Sólo tiene que hacerse a la idea de estar en un partido donde no es el emperador.
Si queremos reducir el número de partidos (y de candidatos presidenciales sueltos), ¿es coherente que les demos a los movimientos significativos de ciudadanos las mismas atribuciones que a los partidos? Temo que no.
Si un pre-candidato ve que no conseguirá la candidatura de su partido, entonces recoge firmas y viene a proponerle una alianza a su partido.
En esta fábula se llamaría “reglas que permiten que el niño lleve sus deseos hasta hacerle daño al sentido del juego”.
En 1991 nos importaba sobre todo la democracia participativa. Con el tiempo notamos que el primer reto es mejorar la democracia representativa.
¿Pocos partidos con democracia interna y responsables frente a los electores, en Colombia? Esa sí es una tarea.
Ahora, si se trata de reformas políticas “estructurales” o “radicales”, tal vez habría que pedir distritos uninominales. Por cada 250.000 electores, una representación.
Y cambiar el diseño de la asignación de recursos que sostienen el sistema político actual. Y no son solamente las regalías.
Pero como dicen, esto es lo que hay (en todos lados, incluyendo este blog).
Imaginen una clase de quinto grado de primaria con un número inusual de líderes que quieren ser presidente del curso, por votación de los compañeros.
A esa edad, no hay muchas reglas que seguir, no importan tanto las propuestas, ni la probabilidad de ser elegido. Importa el deseo de cada niño líder de ser presidente del curso. Es lo natural. Al final, uno de los candidatos gana.
Si cuarenta años después esos líderes quieren ganar la presidencia sin reglas que los restrinjan, sin importar que otros piensen más o menos igual y sin tener en cuenta la probabilidad de ganar, ¿qué tenemos?
En esta fábula, tenemos una cultura política infantil.
¿Cuántos partidos queremos para estructurar un sistema político ‘adulto’?
No más de cuatro (opino). Algo distinto del bipartidismo que nos rigió.
Subir del 2% al 3% el umbral, como hace la reforma política en curso, avanza en la dirección correcta.
La democracia interna de los partidos es el ámbito para que los líderes adelanten (y declinen) sus aspiraciones.
La crítica a la subida del umbral dice: “Estos partidos no merecen ser fortalecidos; primero el castigo” (por la para-política). Querrán decir “algunos partidos” (no todos). En términos legislativos, se trata de un auto-castigo.
¿Entonces aplazamos esta reforma necesaria hasta cuándo? Es muy difícil una regla que permita la existencia de Mira y Por el País que Soñamos, e impida la de Convergencia Ciudadana y Alas-Equipo Colombia.
Hay que pagar un costo por tener un sistema de partidos más sólido. Enrique Peñalosa sería un excelente líder en el Partido Liberal. Sólo tiene que hacerse a la idea de estar en un partido donde no es el emperador.
Si queremos reducir el número de partidos (y de candidatos presidenciales sueltos), ¿es coherente que les demos a los movimientos significativos de ciudadanos las mismas atribuciones que a los partidos? Temo que no.
Si un pre-candidato ve que no conseguirá la candidatura de su partido, entonces recoge firmas y viene a proponerle una alianza a su partido.
En esta fábula se llamaría “reglas que permiten que el niño lleve sus deseos hasta hacerle daño al sentido del juego”.
En 1991 nos importaba sobre todo la democracia participativa. Con el tiempo notamos que el primer reto es mejorar la democracia representativa.
¿Pocos partidos con democracia interna y responsables frente a los electores, en Colombia? Esa sí es una tarea.
Ahora, si se trata de reformas políticas “estructurales” o “radicales”, tal vez habría que pedir distritos uninominales. Por cada 250.000 electores, una representación.
Y cambiar el diseño de la asignación de recursos que sostienen el sistema político actual. Y no son solamente las regalías.
Pero como dicen, esto es lo que hay (en todos lados, incluyendo este blog).
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