viernes, 29 de mayo de 2009

El alcalde se calló


Por: Ing. Luis Fernando Orozco Gutiérrez
Presidente Asociación de Escritores del Cauca-Capitulo. Norte

“En lo alto de la loma canta un gallo
Dice quiquiriquí y se callo”

“En lo alto de la rama juega un gallo
Canta quiquiriquí y se cayo”

Antipoesía


La riqueza del idioma español es infinita, lo mismo que su ortografía, razón suficiente para comprender, que no todos estamos en capacidad de conocer todos sus vericuetos. La razón de que existan correctores de estilo y ortografía, hace más llevable la pesada carga que el idioma nos impone.

Lo anterior lo explico poniendo en consideración la “antipoesía”, que antecede este escrito, así: La poesía tiene cadencia: gallo y callo, este ultimo sin tilde, porque de ser con tilde, desaparecería la rima y entonces diría que el gallo se calló, o más bien se silenció, pero callo sin tilde significa: dureza que por presión, roce y a veces lesión se forma en los tejidos y usando la “y”, sucede los siguiente: Gallo y cayo, esta última sin tilde construyen los versos con rítmica pero cayo significa: cada una de las islas rasas, arenosas, anegadizas, el antipoema busca que cayo signifique, caer.

En conclusión: cayó es del verbo caer y calló del verbo callar, pero en la antipoesía se escriben ambas sin tilde y dan el significado de caerse o callarse de acuerdo a si son con y o ll.

El cuento que a continuación voy a narrar, necesitaba de esta aclaración como sucedió con la antipoesía.
I
En mi pueblo existe la manía de tumbar a los alcaldes, siempre ha sido así, no obstante que esté haciendo un buen gobierno.

Alguna vez trabajé como funcionario de la alcaldía, desempeñando un importante puesto, por lo que debía estar muy cerca del mandatario, conocía de la disposición de su gobierno por hacer cosas importantes para su pueblo y lo primordial era el afecto y cariño con que sus gobernados lo trataban y mientras más pobres fueran ellos, la adhesión sobresalía.

Sus enemigos políticos no le perdonaban ninguna, y no dormían buscando que las autoridades judiciales y de contraloría en cualquier momento produjeran el acto que lo destituyera; las oficinas de estos funcionarios vivían atiborradas de papeles, donde las acusaciones y señalamientos de malversaciones del erario público o cualquier otra cosa, no faltaban.

Estos amigos se la pasaban en la ciudad capital, esperando la ansiada noticia del derrocamiento y para su infortunio nunca pasaba nada.

Un día al amanecer, escuché el estruendo de la pólvora, algo que solo sucedía cuando el poblado estaba de efemérides o era el día del patrono o de una virgen de la religión de las creencias ciudadanas, pero nada de esto ocurría. Lo que hizo que tuviera que esperarme hasta que las oficinas de la alcaldía iniciaran las horas de atención al público.

Antes de acceder a mi lugar de trabajo, me tomé un tinto en el café del parque, donde tuve la oportunidad, como frecuentemente lo hacía, de charlar desprevenidamente con los contertulios del lugar. A uno de ellos le hice, como era lógico, la pregunta ¿Cuál es el motivo de la celebración de la alborada? El amigo me respondió. Hoy destituyen al alcalde y sus enemigos están iniciando la celebración.

Pasaron las horas, los días y las semanas y al alcalde no lo destituían; este terminó su gobierno, dejando plantados a sus contendores, que para fortuna del poblado hizo una buena administración; las gentes siempre le agradecieron.

II
Años después, se suscitó un intenso debate para lograr la alcaldía, dos ciudadanos se disputaban la simpatía del electorado, la lucha fue extremadamente intensa, pero alguien tenía que triunfar.

El ganador hizo lo contrario a lo que debe hacer un zorro político, siguió persiguiendo a sus contrincantes, quienes en consecuencia, iniciaron la mas férrea oposición. Cualquier insignificante acto era considerado como la más deshonrosa conducta y por su acción se llenaron los distintos tribunales con infinitas acusaciones.

Un buen ciudadano alejado de los tejemanejes de la política divisionista instaurada en el poblado, lideró el proceso de revocatoria contemplado en el ordenamiento jurídico, sucediendo dos hechos que bien vale la pena resaltar.

Un día antes de entregar el caudal de firmas recolectadas por las gentes, en reunión de los amigos de la revocatoria, se acordó guardar extremo silencio, para ignorar acciones anteriores sucedidas en actos similares, es decir se proscribió el uso de pólvora y bullicio.

Eran las dos de la tarde, la comisión encargada de llevar los folios exigidos por la ley, se presentaba en la oficina del registrador, observando de acuerdo a lo dicho un riguroso silencio, cuando de repente se inicia el más estruendoso ruido de pólvora. Los presentes no perdieron la compostura, sus caras se miraron aterradas por lo que estabas sucediendo. Desde la alcaldía se abrían las puertas buscando al autor material del suceso. La sorpresa fue mayor: eran los amigos de la administración imperante, que con la pólvora celebraban las vísperas del aniversario del poblado.

III
Los opositores al régimen estaban desconcertados, pues sus demandas, hechas por montones, no surtían efecto. Un día llegó el chisme que el burgomaestre debía ser suspendido por un largo tiempo y ahí fue Troya! Los amigos del alcalde empezaron a conformar ternas para que de ellas, el señor gobernador escogiera al ciudadano que debía reemplazar al alcalde interrumpido, los opositores, con dudas se congraciaban, diciendo que la justicia era “ciega pero llegaba”, y guardaban prudente sigilo. En el resto de las gentes el silencio era desconcertante.

Un amanecer, cuando en el pueblo se observaba una calma chicha, fue despertado con atronadora pólvora y alegre música de papayera, en una fila de carros, gentes y pitos. Todo el mundo decía destituyeron al alcalde; un amigo que hacía gimnasia de madrugada, vio entre las gentes del bullicio a la familia del candidato perdedor, que comandaba la marcha y se acercó a felicitarlos, cuando recibe la respuesta que estaban celebrando el cumpleaños del negocio familiar, ese era el motivo de la fiesta.

El desconcierto fue total, el alcalde siguió gobernando, pero cada vez con más silencio. No respondía las correspondencias que le enviaban los ciudadanos, no les hablaba a sus subordinados, no cumplía lo que el mandato de gobierno exigía.

El pueblo termino diciendo: El Alcalde no se cayó, se calló.

luisforozcog@hotmail.com

1 comentarios:

  1. Carlos Amézquita30 de mayo de 2009 20:01

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