viernes, 1 de mayo de 2009

El hombre nació para el trabajo y es un derecho

www.tribunadocente.com.ar/pedagogia/pedago4.htm

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom@hotmail.com


El ser humano evolucionó entre todas las criaturas que han llegado a este planeta. Aprendió a caminar erguido sobre sus dos extremidades inferiores y a soportar el frío, el calor, la piedra y el garrote en la época más remota. Encendió un día el fuego haciendo chispa con el pedernal sobre la madera seca y comió sin manteles carne de venado, de culebra y se dio a la buena vida. Más tarde bebió vino, encerró a un par de animales de cada especie y se convirtió en salvador de tanto perro, cucaracha y lobo que hoy nos sale al paso.

Pero, su obra cumbre es haber descubierto en su cuerpo lo que se ha denominado el “homo faber”. Con su imaginación, sus brazos y sus dedos transformó el barro, la piedra, el bronce y el oro y aparecieron la rueda, las vasijas, los adornos y los lujos. Pasó de cuasi animal asustadizo por las sombras, la intemperie y los peligros de las fieras a la inefable categoría de creador de alfarerías, orfebrerías y dejó de ser un miserable recogedor de semillas, frutas silvestres y de pasar sus noches en vela.

La vida dura de acostumbrar sus talentos naturales y la fuerza de sus brazos a las labores diarias lo hicieron fundar tribus, caseríos y a establecerse en sitios aptos, junto a los ríos donde fuera más fácil encontrar paz y cómo bastar sus necesidades más urgentes. Aprendió a reproducirse, a cortejar, a amar, a besar, a reír y más tarde a gritar y modular sonidos comunes para comunicarse.

Este es el hombre que hoy conocemos en nuestros pocos campos y ciudades. No ha cambiado este gran hallazgo que hizo con golpes y dolores el primitivo humano.

El hallazgo que encontró, - no en una cueva – sino en su propio cuerpo es el Trabajo. El mamut, un ser mucho más grande y con dientes largos no llegó a eso. El pterodáctilo volaba como el águila y era potente con sus extremidades inferiores. Pero no evolucionó ni tuvo el talento que el hombrecillo que se fotografió junto a él y parecía un enano.

Para poder trabajar el ser humano tuvieron que pasar muchísimos días, lunas y terremotos. Tal vez dañó muchas piedras fabricando un punzón o le dio tos cuando intentaba emitir un grito o silbar a quien estaba lejos. Pero su tesón y capacidad de buscar adaptar lo que encontraba para su servicio, le hicieron ocupar un sitio en la Historia. Ellos fueron los pioneros de lo que hoy llamamos Trabajo, con mayúscula.

El Trabajo y su teoría no lo inventaron ni lo crearon en un laboratorio Keynes, ni Empédocles, ni Adam Smith, ni Marx, ni un papa con encíclica, ni un académico de La Sorbona. A brazo partido, con sudores, con lágrimas, con ensayos y equivocaciones nos lo trasmitieron aquellos primeros hombres y mujeres de la edad de piedra. Desde esa época data el sagrado derecho de levantar el brazo, hacer fuerza y poder decir que podemos producir riqueza con nuestra sangre y nuestros huesos.

Es el Trabajo un instrumento humano que reside en cada hombre que se capacita, que firma un contrato, que se levanta cada mañana a conseguir el pan y cantar su dignidad. No es una concesión del estado, ni un favor que le hace el empleador que descansa y sólo recibe. Ni siquiera un regalo de un dios. Es fruto del hombre, ser efímero y sagrado.

21-04-09 - 6:18 p.m.

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