lunes, 18 de mayo de 2009

EL JOVEN SOLITARIO

Rodrigo Valencia Q.

Ese beso, que no fue propiamente un beso sino sólo un pico (como le llaman), es decir un instante frío y seco en la boca, no algo apasionado, le había quedado como negra persistencia evidente de que ella no lo quería. Así ella lo había despedido para siempre, despeinándole el alma esa tarde. Comprendió que su lucha por conquistarla había fracasado; todo parecía venirse al suelo, se desvanecía una gran ilusión. Y entonces había perdido la fuerza, se sentía más solitario que nunca; el peso del alma, como una piedra signada con cruces, era su único asiento, literalmente hablando, en el jardín trasero. Sentía como si la serpiente del paraíso perdido insistiera en desbarajustar los días con sugerencias torpes y signos para un tiempo eterno de púas y nostalgias.

“Podemos perfumar el día, podemos sembrar de rosas la noche, podemos cantar un rato en la hierba, esquivar un poco la sombra, juntar los precarios momentos de luz, arribar a un recuerdo con un poco de tono y de fuerza, ventilar lo que nos queda de risa en el alma, pero nunca podemos obligar al amor”, pensaba. “Nadie es dueño del otro, los sentimientos son capciosas herencias de un hado que distribuye gozos y penas a su mero antojo”, miraba dentro de él. Y defendiéndose así, de algún modo arribaba a un poco de paz, procuraba extender alguna suavidad entre sus pensamientos caídos. “Los arbustos secos recuerdan la vida desprovista de alegría, esa alimaña que roe los sentimientos y juicios más queridos”, insistía, y entonces recaía en su abatimiento. “Tal vez pueda escoger una puerta risible y odiosa, quedarme en esta niebla que lacera el ánimo, autocompadecerme con los recuerdos, o seguir por el contrario en la dirección del sol, esa vía que libera y entibia hacia la sensatez y las cosas radiantes”. Pero, obviamente, le faltaba la fuerza en ese momento. “La decepción es un quiebre en las venas, una selva pesada que golpea la cabeza y el pecho con angustia y picos de cuervos”. Así rumiaba y rascaba esa piquiña negra en su cuerpo. Se sentía desvencijado, torpe; se acusaba de falta de tacto, de ingenuo, de haber realizado un ridículo más en sus círculos que arañaban las comisuras de la vida, y estaba decidido a no seguir persiguiendo quimeras.

“¿Por qué aspira uno a lo que no le pertenece? Por qué arrugar los momentos con esas cenizas, por qué enturbiar el suelo, empañar el lago, entintar de negro las nubes y el sueño, encerrarse entre muros golpeados, por qué arrugar la frente y abandonar la risa? Una decepción más, un camino vencido, un vaso roto, un espejo empañado, son quizás señales de algo mejor, o al menos así lo indica un adagio vulgar, y el sol, ciertamente, es nuevo todos los días”.

Él decidió entonces descansar de sí mismo; arrancó su camisa de fuerza, entró en el sereno, se acompañó de la luna sonriente, libró una pequeña batalla contra sus propios huesos quemados y encogidos, renunció a los desaires, y salió por la puerta nocturna buscando otro rostro, otra mujer para el sueño. Recordó que hacía un tiempo, unos pocos años, los precisos para contar entre dedos, una voz melodiosa y dulce se quedó esperándolo; y al fondo de la calle un tono salió de la torre que custodiaba la plaza: “Regresa a mi puerta; yo tengo un regazo de olmos, aquí escucharemos de nuevo la tonada perdida.”

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