
Los niños son los usuarios del lenguaje más espontáneos, expresivos y con un toque ingenioso, algo disparatado.
Javier Naranjo, poeta colombiano, en su libro “Casa de las estrellas”, presenta un diccionario de definiciones que varios niños de primaria le dieron a lo largo de los años. Naranjo dejó intactas las palabras y las voces de los niños, sólo se atrevió a verificar la puntuación y la ortografía. Quedan entonces las percepciones insólitas (que para los adultos pueden ser, a simple vista, errores); los recodos indescifrables de la imaginación infantil; definiciones que no lo parecen y, en últimas, un conocimiento nuevo que se burla de lo que ya se sabe.
Disfrutemos algunas:
Iglesia: Donde uno va a perdonar a Dios (Natalia Bueno, 5 años).
Sueño: Con mi mamá mucho (Weimar Román, 7 años).
Universo: Un universo es un concurso para las reinas (Walter de Jesús Arias, 10 años).
Ángel: Un señor de la guarda (Juan Guillermo Henao, 8 años).
Colegio: Casa llena de mesas y sillas aburridas (Simón Peláez, 11 años).
Colombia: Es un partido de fútbol (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).
Eternidad: Es esperar a una persona (Weimar Grisales, 9 años).
Adulto: Niño que ha crecido mucho (Camilo Aramburo, 8 años).
Nos parecerían un juego de definiciones alocadas y graciosas, pero las entrelíneas muestran cómo son esos niños, cómo piensan, qué tipo de vida llevan. Los niños que han ofrecido estas definiciones no son poetas puros, juegan con el lenguaje de una manera más libre. Son, a todas luces, el resultado de los dichos y comentarios de sus familiares, de las imágenes de la casa y del colegio, de las sensaciones ante su vida corriente y cotidiana.
Veamos otras:
Desplazado: Es cuando lo sacan del país para la calle (Óscar Darío Ríos, 11 años).
Dios: Es una persona que le clavan clavos. Es joven (Sebastián Uribe, 5 años).
Misterio: Cuando mi mamá se fue y no me dijo a donde (Gloria María Hidalgo, 10 años).
Soledad: Eso que le da a la mamá (Jorge Andrés Sáenz, 6 años).
Madre: Mi mamá me cuida mucho, me quiere mucho, me da la comida cuando yo no quiero (Camilo Gómez, 7 años). Es como una bicicleta, cuando se desocupa juega con el perro (John Fredy Agudelo, 6 años).
Dios: Es todo, es con barba, tiene una bata y chanclas. Tiene una corona en la cabeza (Miguel Ángel Múnera, 6 años).
Pesadilla: Comer mucho y acostarse (Weimar Román, 7 años).
Sol: El que seca la ropa (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).
Estas definiciones no son un espejo de la realidad porque, como los niños, se escapa de la intencionalidad, de las definiciones estrictas y de la vocación de retratar un mundo cierto. Son conceptos en los que prima una saludable imaginación, propia del mundo infantil, escasa en los adultos.
fabio121@gmail.com
Javier Naranjo, poeta colombiano, en su libro “Casa de las estrellas”, presenta un diccionario de definiciones que varios niños de primaria le dieron a lo largo de los años. Naranjo dejó intactas las palabras y las voces de los niños, sólo se atrevió a verificar la puntuación y la ortografía. Quedan entonces las percepciones insólitas (que para los adultos pueden ser, a simple vista, errores); los recodos indescifrables de la imaginación infantil; definiciones que no lo parecen y, en últimas, un conocimiento nuevo que se burla de lo que ya se sabe.
Disfrutemos algunas:
Iglesia: Donde uno va a perdonar a Dios (Natalia Bueno, 5 años).
Sueño: Con mi mamá mucho (Weimar Román, 7 años).
Universo: Un universo es un concurso para las reinas (Walter de Jesús Arias, 10 años).
Ángel: Un señor de la guarda (Juan Guillermo Henao, 8 años).
Colegio: Casa llena de mesas y sillas aburridas (Simón Peláez, 11 años).
Colombia: Es un partido de fútbol (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).
Eternidad: Es esperar a una persona (Weimar Grisales, 9 años).
Adulto: Niño que ha crecido mucho (Camilo Aramburo, 8 años).
Nos parecerían un juego de definiciones alocadas y graciosas, pero las entrelíneas muestran cómo son esos niños, cómo piensan, qué tipo de vida llevan. Los niños que han ofrecido estas definiciones no son poetas puros, juegan con el lenguaje de una manera más libre. Son, a todas luces, el resultado de los dichos y comentarios de sus familiares, de las imágenes de la casa y del colegio, de las sensaciones ante su vida corriente y cotidiana.
Veamos otras:
Desplazado: Es cuando lo sacan del país para la calle (Óscar Darío Ríos, 11 años).
Dios: Es una persona que le clavan clavos. Es joven (Sebastián Uribe, 5 años).
Misterio: Cuando mi mamá se fue y no me dijo a donde (Gloria María Hidalgo, 10 años).
Soledad: Eso que le da a la mamá (Jorge Andrés Sáenz, 6 años).
Madre: Mi mamá me cuida mucho, me quiere mucho, me da la comida cuando yo no quiero (Camilo Gómez, 7 años). Es como una bicicleta, cuando se desocupa juega con el perro (John Fredy Agudelo, 6 años).
Dios: Es todo, es con barba, tiene una bata y chanclas. Tiene una corona en la cabeza (Miguel Ángel Múnera, 6 años).
Pesadilla: Comer mucho y acostarse (Weimar Román, 7 años).
Sol: El que seca la ropa (Diego Alejandro Giraldo, 8 años).
Estas definiciones no son un espejo de la realidad porque, como los niños, se escapa de la intencionalidad, de las definiciones estrictas y de la vocación de retratar un mundo cierto. Son conceptos en los que prima una saludable imaginación, propia del mundo infantil, escasa en los adultos.
fabio121@gmail.com
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