jueves, 7 de mayo de 2009

La magia de servir

Por: Rosa Elvira Agredo Martínez

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Volver a la tierra donde transcurrió tu niñez y parte de tu juventud, después de treinta y tantos años, y encontrarte con tus compañeros de colegio y de parranda, con los cabellos y bigotes encanecidos, con el rostro surcado por múltiples arrugas que dificulta descubrir aquel rostro infantil y juvenil que un día se tuvo, nos reafirma que el tiempo no perdona y que a todos el paso del tiempo nos marca, en mayor o en menor grado.

Esta comprobación inexorable nos lleva a corroborar, como dice Juanes, que la vida es un ratico. Cuando tenemos quince o veinte años nos causa risa pensar que algún día llegaremos a los cincuenta, lo vemos demasiado lejano, pero que va la vida transcurre de una manera vertiginosa y casi sin darnos cuenta nos encontramos tan, o aún más viejos de lo que veíamos a nuestros padres en ese entonces, sin embargo, el espíritu juvenil es lo que más perdura, porque aunque a veces nos sorprende el espejo, recordándonos que ya no somos los jóvenes de antes, en el fondo de nuestra alma se conserva un fino hilo invisible que se resiste a romper esa conexión que nos mantiene vivos a pesar de los múltiples avatares de la vida.

Mirando esos rostros algunos verdaderamente irreconocibles podría deducirse que mucho han sufrido, si estuviese comprobado que las canas y las arrugas salen por esta causa, pero la verdad es que el tiempo, independientemente de que si sufres o no, deja su huella a todos por igual, y finalmente cuando se saquen los restos de la tumba no podremos distinguir entre el montón de huesos quienes fueron las más bellas o bellos, y los ricos o los indigentes.

Así que reflexionemos, sólo perdura el bien que hacemos a los demás y serán las personas a las que serviste desinteresadamente las que siempre te verán con los ojos del recuerdo y para las que siempre serás una bella persona, independientemente de tu aspecto físico y de tu posición social.

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