lunes, 4 de mayo de 2009

LOS VIAJES DEL VIENTO

http://poorbuthappy.com/colombia/post/los-viajes-del-viento-ciro-guerra/

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Leoquevedom@hotmail.com

La fuerza del mero nombre de la película me empujó hasta las salas de cine de Chipichape. Decía contener un menú de poesía en un prometido viaje en compañía de un personaje tan etéreo y vagaroso. En medio de esta avalancha de noticias rutinarias y tocadas de halos de ridiculez y politiquería, decidí arruncharme con mi amada en la oscuridad de la casi solitaria Sala 3. Pensé que la soledad se debía al temor de la gente a no juntarse por temor a la influenza porcina.

La cinta de Ciro Guerra está en las lista de filmes que se presentarán junto con otras 19 latinoamericanas en el Festival de Cannes y ha merecido otros tres reconocimientos internacionales. Por ser una película con este palmarés en su libreta, alisté mi gorra y mi chaqueta para sentarme en la última fila de atrás cómodo y con mis brazos bien cubiertos para el frío acondicionado.

Creí estar mal de los ojos cuando aparecieron los borrosos créditos en la pantalla. Pero luego apareció Ignacio montado solemne en un burro equilibrista con su acordeón con cachos de toro terciado sobre el pecho. Iba solo con su melancolía y sin un pedazo de pan en sus bolsillos. La fotografía esplendorosa mostraba a Colombia por la llanura de Guajira y Sucre, Magdalena, y Guajira desde Majagual, Chimichagua y Chiriguaná hasta la Serranía del Perijá y la Sierra Nevada. Lo siguió Fermín, de pronto, un muchacho salido de la nada y lo convenció en su soledad de que le permitiera ir, sin más, a su lado.

Encontraron en su camino a unos rudos músicos a quienes pidieron comida que les llenara el hambre que caminaba al par con ellos. Ignacio, reconcentrado y terco no quiso exhibir su maestría y prefirió seguir de largo con su mente puesta en el encuentro con el maestro Guerra, dueño del instrumento que portaba.

Atravesaron, como lo hizo por entre los trigales Van Gogh con sus pinceles, campos sembrados de sorgo erguido. Hablaron, casi a ruego del muchacho, de sus familias y de la historia del acordeón sin parpadear y sin cruzarse apenas la mirada. Acamparon junto a la rivera de una ciénaga y comieron conejo asado. En este punto la voz de Ignacio se puso ronca y la música de los músicos del pueblo a donde llegaron temblaba en el sonido de la cinta. Armó una tremolina en una piquería de merengue y puya en el pueblo y cuando ganó, el padre del vencido atravesó su pecho y el fuelle del acordeón.

Subieron hasta lo alto de la serranía y allí un curandero de acordeones le salvó el pellejo al instrumento. Ignacio va perdiendo terreno en la historia de Ciro Guerra y el muchacho es bautizado con sangre de iguana como cajero en medio de un matorral después de un corto concierto a mano alzada. Su amigo, el callado acordeonero que sólo quiso interpretar una canción en el esplendor del Festival Vallenato, fue mal herido por unos guajiros. El muchacho se aparta de él, recupera el acordeón que le fue robado y después de encontrarlo lo acompaña hasta la casa del maestro Guerra que lo estaba esperando muerto en una caja de madera.

Yo recorrí en silencio con Ignacio su largo viaje y sentí el ruido del viento que se llevó esta lánguida historia. La sala de Cine Colombia estaba como el estadio de cualquier ciudad cuando juegan los coleros ya sin chance alguno, con una docena consternada de espectadores que fueron a ver esta cinta nominada en Cannes. ¿Es la tozudez del protagonista, la paciencia del burro, la maestría del muchacho en su concierto, el paisaje de la Costa y sus lenguajes o una idea recóndita de brujería y destino lo que predomina en esta cinta?

01-05-09 - 6:20 p.m.

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