lunes, 13 de julio de 2009

LA MUJER DE LA TIERRA

Por: Rodrigo Valencia Quijano

Todo Popayán ha visto esta figura, en el mural de lo que fue la Caja Agraria (hoy Centro Comercial Plaza Colonial). Una diosa o divinidad tutelar; una mujer de trazos picassianos, de arquitecturas anatómicas amplias, grises y azulosas; sentada, relajada, esperando; tal vez mirando atrás, eludiendo un futuro que ya se hizo presente en la ciudad con toda su carga apocalíptica. Yo simplemente la llamo “la mujer de la tierra”, porque en el desarrollo del mural aparecen significantes relativos al agro y la industria. Muda, pero habla; en cambio Popayán ya no habla; grita en su desorden, perdida entre el atafago de la alienación, la prisa y la economía de cartera, en las urgencias inmediatas del hombre y su tiempo de precaria cultura espiritual.

Cuando el Maestro Augusto Rivera Garcés, oriundo de Bolívar, Cauca, estaba pintando este mural, una mañana entré a mirarlo desde el muro de enfrente. Él bajó del andamio, vino hasta mí y me preguntó: “¿Cómo te parece?”. “Genial”, le respondí. Una respuesta parca para una pregunta compleja. Y cuando hice mi primera exposición, en semana santa de 1976, en el Museo Guillermo Valencia, él me saludó y dijo: “Muy buenos tus dibujos”; palabras sencillas, las que cualquier persona podría expresar en las mismas circunstancias; no necesariamente las de un pintor de trayectoria reconocida. Esas fueron las únicas ocasiones en que crucé palabras con el Maestro Rivera; era amigo de mi papá y de mi hermano Iván, pero no mío; era un personaje dentro del arte; pero creo que no se deben esperar grandes palabras de alguien especial, y la luz de cualquier instante se realiza bajo los términos más elementales, sin truenos ni relámpagos, sin pompa conceptual.

Hablar de Augusto Rivera Garcés es entrar en un campo donde la cultura se distingue a través de uno de sus auténticos creadores; alguien que cruzó los límites que unen la razón y la sensibilidad, en producciones donde el arte revela inspiración de un temperamento original y audaz, toda vez que en su tiempo, cuando la pintura en Colombia aún persistía dentro de cánones tradicionales y académicos, él incursiona con formas que abanderaban la entrada del arte moderno en el país, logrando construir un lenguaje muy personal: auténtica poesía de la paleta, del dibujo y el color, con un estilo que marca transiciones entre el arte figurativo y el abstraccionismo expresionista, acentuando una figuración pictórica sui generis, centrada en la representación del hombre. Las figuras de Augusto Rivera Garcés son deformaciones expresionistas intencionales y premeditadas del canon de la figura humana; morfologías para captar la fuerza, la esperanza, la grandeza y la utopía que caracterizan al hombre de todos los tiempos, trasuntos que idealizan una cultura universal.

El Maestro Augusto Rivera Garcés era un genuino individuo de cultura; su formación profesional, su sensibilidad, su capacidad creativa y su carisma para llevarnos al asombro a través de la pintura, nos lo revelan como uno de esos seres escogidos destinados a definir el sentido de lo culto: labor que distingue, por excelencia, el trabajo de la inteligencia, de la sensibilidad y del espíritu, fundamentales pautas para entender en algo toda génesis reflexiva en torno al mundo, su dinamismo y sus manifestaciones. Su obra de artista ha quedado como fruto exquisito de su universo personal; son visiones donde tópicos como lo mítico, lo profano, lo histórico, lo religioso y lo íntimo son su testamento del espíritu. Es aquí donde podemos captar el sentido de su pintura: espacio lúdico para contemplar los probables significados e implicaciones de un humanismo dotado con fuerza y subyugante poesía.

La historia de un pintor queda en sus lienzos, dibujos y bocetos. En el caso de Augusto Rivera, podemos apreciar su poética en los trazos sueltos y expresivos, en la gama colorística y matérica de sus superficies, en lo sugestivo de sus visiones, en lo problemático y onírico de sus significados. Una pintura de Augusto Rivera Garcés puede intercomunicarnos tanto con lo telúrico de la tierra como con lo íntimo del alma que llevamos dentro; allí entramos y salimos por los portales que superan la trivialidad de la existencia cotidiana.

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