www.voltairenet.org/article139303.htmlPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
La pandemia la inventaron, no unos panaderos, sino unos virus muy inquietos y golosos. Se reunieron algún día y resolvieron hacer bulla y asustar a Perogrullo y sus ministros en el país de Utopía. Todo marchaba bien. Allá no había pobreza, ni crímenes, ni robos, ni las enfermedades se atrevían a rondar por las ciudades. La economía era fuerte, había muchas inversiones extranjeras y a los habitantes les sobraba dinero para pagar cumplidamente impuestos para la guerra y el Congreso. Incluso, ni había necesidad de boticas ni hospitales.
Todo era bonanza, tranquilidad, risas y rezos. Pero dos virus terribles, uno con tos y mocos y otro con cara de calavera, hicieron un secreto pacto y decidieron salir a las calles y emisoras a sembrar el pánico. Ya el rey había cerrado hacía cinco años el obsoleto Ministerio de Salud porque nadie se enfermaba y los hospitales estaban vacíos de enfermos.
De pronto alguien llamó a don Pánfilo y le dijo que por ahí andaba un virus con el alias complicado de AN1H1. Y que lo acompañaba otro de menor cuantía que se hacía llamar suicidio. De inmediato se acuñaron vacunas improvisadas, se repartieron tapabocas elegantes y hasta los policías se adornaron con esa prenda. Parecía que había regresado el gran flautista de Hamelin. Todos corrían detrás de don Pánfilo a resguardarse, no les fuera dar la gripe maligna y los llevara al cementerio. Se llamó a OMS, se compraron 200 mil vacunas y se diseñaron cuñas para transmitir por la TV oficial al dar el reloj del campanario cada hora.
Don Pánfilo puede hoy cantar victoria. Pero toda Utopía estuvo en vilo y miró el afán del pobre ministro revoloteando para que nadie se contagiara. Hubo una gran masacre que justificó tanto alboroto. Al fin de tanta parafernalia dio el tenebroso parte. Sólo murieron dos ciudadanos que no avisaron y así se conjuró la gran pandemia. Y el virus de la gripe quedó burlado.
Pero el otro virus siguió su pacto agazapado. El suicidio de niños, jóvenes, viejos y desempleados no ha sido detectado por don Pánfilo. No ha mandado hacer vacunas, ni mercados, ni subsidios, ni ha hecho cuñas que prevengan la amenaza.
Los sicólogos están alarmados. Las estadísticas no están frescas ni las ha hecho el famoso DANE, pero Utopía, se ha dicho, no es un país feliz. No hay un futuro claro y promisorio para las nuevas generaciones. Hay deserción en las escuelas y colegios y universidades. No hay motivación para estudiar y para ser bueno. La guerrilla es un negocio lucrativo, el narcotráfico y ser paramilitar da un buen estatus y pantalla. ¿Para qué afanarse? Y si no abren las matriculas en esas escuelas, lo mejor es suicidarse porque no hay oportunidades.
El virus del suicidio es muy cínico y se ríe del silencio en Utopía. Esta es la verdadera pandemia que está inundando el país de la eterna primavera, de las ciudades trasnochadoras y morenas y de los terrones de oro, carbón y de azúcar. Miles de bonachones pagadores de impuestos están al borde de la locura y el suicidio y nada tranca la acción de tan peligroso malhechor. El rey debería hacer un consejo comunitario para aconsejar al buen don Pánfilo qué hacer en tan delicada emergencia. Un general debería tomar las armas y ofrecer mil recompensas para acabar con ese tal bandido del suicidio.
03-07-09 - 10:24 a.m.

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