DE PASO POR LA TRADICIÓN
www.lablaa.org/blaavirtual/museobotero/dbot2e.htmPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
Hacía años no veía a una monjita de esas con cara de azúcar, regordeta y toda de blanco. Tal vez así eran las de La Presentación. La figuró Botero mejor que un fotógrafo. Como si la tuviera sentada en su mano izquierda, cerquitica, para pintarla mejor. La vi en tamaño natural en una sala de la Biblioteca Luis Ángel Arango, la más central y completa que tiene Bogotá, muy cerca de la Plaza de Bolívar.
Yo las veía en bandadas junto a las iglesias o en los colegios. En medio de un montón de ropas, parecían muñecas que hacían mover el aire cuando caminaban. Todas vestían de blanco puro. Desde su toca en la cabeza, que semejaba una corneta galáctica con dos antenas de lino engomado que vibraba encima de sus orejas que nunca se veían. Lo único que las conectaba con el sucio mundo eran sus zapatos negros. Me imagino que hasta sus interiores eran de riguroso blanco y con encajes.
Hoy los tiempos han cambiado y no vemos a las monjas con esos atuendos ni con esa compostura, como nos la muestra el autor de todos los gordos en Colombia. Andan por todas partes, entran a centros comerciales, ríen a la entrada de la sala de cine, compran helados en la tienda y hasta bailan en las fiestas familiares. Ya no visten de blanco ni ponen cara de ángel dentro de la cofia, que desapareció por anticuada. Son grises, azules o cafés y cubren su cabeza con una pañoleta disimulada. Sus hábitos ya no son largos hasta cubrir los pies. Les llegan hasta debajo de la rodilla y guardan entre medias largas sus pantorrillas de las miradas de los impertinentes hombres.
El retrato que Botero sacó de su memoria define bien la cara, el volumen de todo el cuerpo, el impecable hábito recién planchado, el cíngulo de la castidad que abraza su cintura, el infaltable rosario para pasar en paz las horas. Todo es solemne y serio. No hay luces, el fondo es negro, ni altera la presencia de la Madre Superiora un paisaje o una lámina sagrada. Ella luce inmensamente blanca. Resalta la rubicundez de sus pómulos y sus manos. Con una mano sostiene las cuentas amarradas del rosario y la otra descansa incómoda sobre la oblonguedad de su estómago.
Dirige su mirada hacia un punto indefinido, sus cejas están arqueadas y los labios de su boca se cierran suavemente. Su rostro refleja en quien la observa ese continente impertérrito de una persona ausente que jamás permite entrar en su pensamiento. Es la mirada de quien se sabe segura y dominadora.
Sí, me admiré de ver de nuevo la imagen de aquellas monjas de antes, lejanas, recatadas, temerosas del mundo y del diablo, que escondían entre su ropaje sus deseos y sus pensamientos.
Botero eterniza en este lienzo una estampa de tiempos remotos de las religiosas que dirigían rebaños de mujeres que rezaban, cantaban, bordaban, moldeaban colaciones y hacían honor al hábito que las ocultaba del sol y los placeres. Su figura ya es cosa de museos y parte de la historia de colegios, conventos, capellanías e internados femeninos. Sus sucesoras tienen un aspecto más humano, más folclórico y descomplicado, acorde con la moda y la apertura del siglo.
27-07-09 - 11:35 a.m.
Yo las veía en bandadas junto a las iglesias o en los colegios. En medio de un montón de ropas, parecían muñecas que hacían mover el aire cuando caminaban. Todas vestían de blanco puro. Desde su toca en la cabeza, que semejaba una corneta galáctica con dos antenas de lino engomado que vibraba encima de sus orejas que nunca se veían. Lo único que las conectaba con el sucio mundo eran sus zapatos negros. Me imagino que hasta sus interiores eran de riguroso blanco y con encajes.
Hoy los tiempos han cambiado y no vemos a las monjas con esos atuendos ni con esa compostura, como nos la muestra el autor de todos los gordos en Colombia. Andan por todas partes, entran a centros comerciales, ríen a la entrada de la sala de cine, compran helados en la tienda y hasta bailan en las fiestas familiares. Ya no visten de blanco ni ponen cara de ángel dentro de la cofia, que desapareció por anticuada. Son grises, azules o cafés y cubren su cabeza con una pañoleta disimulada. Sus hábitos ya no son largos hasta cubrir los pies. Les llegan hasta debajo de la rodilla y guardan entre medias largas sus pantorrillas de las miradas de los impertinentes hombres.
El retrato que Botero sacó de su memoria define bien la cara, el volumen de todo el cuerpo, el impecable hábito recién planchado, el cíngulo de la castidad que abraza su cintura, el infaltable rosario para pasar en paz las horas. Todo es solemne y serio. No hay luces, el fondo es negro, ni altera la presencia de la Madre Superiora un paisaje o una lámina sagrada. Ella luce inmensamente blanca. Resalta la rubicundez de sus pómulos y sus manos. Con una mano sostiene las cuentas amarradas del rosario y la otra descansa incómoda sobre la oblonguedad de su estómago.
Dirige su mirada hacia un punto indefinido, sus cejas están arqueadas y los labios de su boca se cierran suavemente. Su rostro refleja en quien la observa ese continente impertérrito de una persona ausente que jamás permite entrar en su pensamiento. Es la mirada de quien se sabe segura y dominadora.
Sí, me admiré de ver de nuevo la imagen de aquellas monjas de antes, lejanas, recatadas, temerosas del mundo y del diablo, que escondían entre su ropaje sus deseos y sus pensamientos.
Botero eterniza en este lienzo una estampa de tiempos remotos de las religiosas que dirigían rebaños de mujeres que rezaban, cantaban, bordaban, moldeaban colaciones y hacían honor al hábito que las ocultaba del sol y los placeres. Su figura ya es cosa de museos y parte de la historia de colegios, conventos, capellanías e internados femeninos. Sus sucesoras tienen un aspecto más humano, más folclórico y descomplicado, acorde con la moda y la apertura del siglo.
27-07-09 - 11:35 a.m.
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