EL MAL: UN ÍCONO DEL BIEN
solotxt.brinkster.net/tabularium/mal.htmPor Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
El hombre de la Edad de Piedra ya no existe. No por viejo, sino porque el hombre todos los días se despierta hecho un iconoclasta. Ha acabado con los estereotipos de todas las épocas. Desde las retrógradas y eclesiásticas hasta las renacentistas y las paganas. El hombre, ese ser vestido de carne, con ojos claros y manos de ángel es el destructor de culturas, de mitos sagrados, de fuentes milagrosas y de mesías venidos del más allá. ¿Por qué no podría acabar con el bien para convertirlo en mal?
¿Por qué todo aquello que se le representa al hombre como bien, como bueno y como bello, lo envuelve entre dudas, lo oculta y, al cabo, lo transmuta? Como un dios de ojos entornados, tiene toda una vida para crear su mundo de bienes transmutados. No le bastan siete días. El mundo que encontró al nacer no era su mundo y debe refundarlo.
¿Acaso este es su Hado con que lo marcó Natura cuando le dio cerebro de alquimista? Allí navegan en mar revuelto neuronas sin control. Algunas son peor que rayos, incitan a la acción y gritan como lobos por una gran revolución. Allí es la sede de la imaginación sin brújula y como en laguna hirviente la sensación se yergue con ansia de emerger. Su mente es una cabina de Airbus 330 que nunca encuentra pista ni radar para calmar su loco vuelo.
¿Qué es un bien? Y le responde el economista que es todo el mercado. ¿Qué es un bien? Y le responde el ecologista que el árbol, la nube, el río, el aire. ¿Qué es el bien? Y le responde el rabino que dios, la pureza, y el cielo en otro mundo. ¿Qué es el bien? Y le responde el político que prometer, cambiar la ley a su favor y perpetuarse en el poder. Ah, el mercado, piensa. La maquila, el interés compuesto, el aparato desechable, el empleo flexible. Ah, la selva masacrada, los ríos contaminados, el nubarrón y los huracanes. ¡Ah, la felicidad hay que buscarla en otro mundo! Ah, la falacia de la democracia y del bienestar social. Entonces… ¿a qué vine yo a este mundo? El Bien no existe. Es un ícono imposible. El bien es cosa prohibida. Lo que era el bien es hoy fruto podrido y uvas lejanas para un lobo hambriento que es el hombre.
Lo que se llama el mal es lo correcto. Entre más ruido en la cuadra todo está perfecto. Entre más hable el coronel en la radio el mundo estará mejor. Entre más rotos tenga el pantalón usted está a la moda. Entre más sangre, sexo y mierda tenga el libro es un best seller. Si aparece en la foto con el “para” o con el narco es seguro candidato, y no lo conocía. Si tiene un negociado en su hoja de vida tiene facha de cónsul o ministro. Pero, eso sí, cuidado, si apareció con el Murcia o con Reyes, usted es un subversivo. Hay que saber escoger el ícono adecuado. Y, así, seguirá cantando el loco Discépolo su tango.
El mal está parado a la vuelta de la esquina, en las afueras del banco, en la cartilla de la historia patria, en el periódico del día y en el noticierto oficial. Allí lo está esperando a usted para ponerle zancadilla y hacerle creer que todo está bien. Lo malo es puro cuento de la infame oposición.
Platón, Aristóteles, Agustín, Tomás de Aquino, el Dante, Milton, perdieron el tiempo hablando del bien y exageramos en la relatividad del mal. Es la eterna interna lucha de Lucifer contra Luzbel.
07-08-09 - 6:00 p.m.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada