lunes, 17 de agosto de 2009

IANA SANDIANA

N. Sandoval-Vekarich

Arrastrando kilómetros de historia y acumulando en su trayecto cuanto árbol caído, cuanto artefacto perdido y quizá cadáveres de ahogados en su turbulencia en épocas de violentas lluvias o en la pasividad de sus aguas durante los días tórridos y de estío, el Potamus finalmente se entrega a los brazos del Ponto, mucho más allá del temor a las abejas(1) que ponían una incierta frontera a los cronistas griegos no aventurados a traspasar los limites habitados por los tracios.

Allí, en Tracia, terminaba su geografía, lo que podía venir después era aplicado arbitrariamente a los barbados gigantes de apariencia divina tergiversando en bárbaros el epíteto dado por los latinos a tan soberbios y enigmáticos seres constructores de barcos y palacios de dimensiones colosales, orgullosos y resueltos defensores de sus maravillosas hembras convertidas en diosas, tan fielmente retratadas por Praxisteles y sus discípulos enamorados de todo cuanto venía del recinto de los pelasgos en las cuencas del Bajo Danubio. No en vano Aquiles, el hijo de Pelas, cumplió con el voto de sus árbitros de Leuce, la sagrada isla de los hiperbóreos que refugió finalmente en su seno al héroe perdido en la batalla y que muchos después distinguieron con el nombre de Aquilea.

No muy distante del ojo avizor, a numerosas yardas de las tres bocas del delta, los ocasionales navegantes que se aproximaban al Ponto buscando su conexión con el trafico del Bajo Ister, quedaban deslumbrados por el alucinante resplandor que procedía de la Isla, convertida en recinto memorial de Aquiles, el príncipe pelasgo abatido en querellas de mujer voluptuosa tan codiciada por su hermosura como los supuestos tesoros de los reyes de Frigia en Troya, que los falaces y cínicos mercenarios griegos aspiraban arrebatar como botín de guerra, a espaldas y a traición de sus aliados.

Eran los mármoles de la construcción, los altos muros de piedra caliza del gran templo de Bello, el dios solar que allí residía, era ese su hábitat y cuyo poder se extendía por los dominios del Ponto como protector y benefactor de cuantos llegaban a los predios de Leuce. Mármoles tan brillantes que su resplandor hería los ojos, su intensa luz blanca era un punto de referencia y de orientación en las vastas aguas del Mar Negro cuya parte nororiental fue bautizada con el nombre de Mare Album por estar en las demarcaciones de Leuce, la isla de Letona, la diosa madre.

Nadie quería darle asilo por temor a las furias de Juno, la preferida de Jov-Pater, el Patriarca, hasta que llegó no muy lejos del viento Boreal a los predios del promontorio albino que pudo entrever en su fuga desde Delos. Ocultose Letona tras la imagen de Lykaina, la loba blanca, entre los ramajes y arbustos que arrastraban las aguas hasta las bocas del delta. Allí nació el predestinado a guiar los destinos de un pueblo que con él se gestaba y que en tres masivas oleadas casi sucesivas había salido en épocas pretéritas de las montañas de Altai, en Asia Central, dejando parte de su progenie en las costas del mar Caspio, en los bajos Urales y en el camino hacia climas más benignos de exuberante vegetación y tierra pródiga, atravesando el Mar Negro en busca de los valles del Ister(2). Esa descendencia de pastores y labriegos, diseminada en la trashumancia, de alguna manera guardó sus pasos y las primitivas reliquias de Gaea, la Magna Dea, sin perder los nexos con los gigantes que llevarían tatuada en la frente el ojo del universo encerrado en un triángulo, distintivo que se daba a los escogidos por sus logrados conocimientos en la minería, en la fundición de los metales y en la construcción de santuarios, miradores y observatorios del cosmos, más tarde hábiles constructores de naves y puentes flotantes que dominarían las aguas del Okeanos Potomus y los llevarían a participar en obras colosales que les merecieron el titulo de Cíclopes a causa del tatuaje en la frente y su descomunal fuerza física. Fue Lete, por entonces, la Sublime Señora de la Luz, una de las ocho divinidades veneradas por los egipcios provenientes de las tribus pelasgas asentadas en las márgenes del Nilo, en los primeros tiempos de la historia de Egipto.

Bello como el sol fue el hijo de Letona, deslumbrante cabellera dorada y estructura física tan a la par con los cíclopes que, a solicitud de su progenitora la diosa madre, la divina Lykaina, participaron en la construcción de lo que sería más que un palacio de mármoles y piedra caliza de dimensiones colosales, la mansión de los dioses, entregada a los hijos y descendientes de Boreas, el legendario rey de los pelasgos.

Imagen: www.must-love-art.com/arts-of-rubens.html

Hasta más allá de la lejana Frigia llegaron las noticias de los festivales nocturnos de primavera en Leice para festejar al Señor de los Hiperbóreos, Apolo, en la Isla Sagrada, la isla blanca de Lete, la madre del Kyllaios elegido en esa larga peregrinación que habría de culminar proclamándosele dios tutelar de los pelasgos, los gigantes de largas melenas, de cuidadas barbas rubias casi albinas, herederos de milenarios conocimientos que les proporcionaban autoridad y fuerza a los raciocinios de sus más eméritos sabios, bardos y juglares, a tal extremo que la realidad de su existencia lentamente se diluía en leyendas, en cánticos, en coros sagrados y convirtieron sus reyes y reinas en seres mitológicos. Siglos más tarde los romanos educados en las escuelas y academias de los etruscos, otra entidad pelasga de alta ilustración y cultura, gente de experimentados navegantes, señores absolutos del mar tirreno, tomaron la costumbre de dar el titulo honorífico de dios a los cesares de turno, como tributo de vasallaje y paliativo a la molicie, a los vicios que acabarían minando la estructura de su imperio.

Pero Bel Lykeios, como terminaron llamándolo los pueblos y tribus que le veneran como un dios solar, no alcanzó la felicidad buscada de encontrar una consorte en su vasto dominio de mujeres admirables, hechas como los hombres más para competir en la administración del estado que para el lecho solaz de los enamorados, eso si, de deslumbrante y enternecedora belleza, cuerpos armoniosos y ágiles modelados en la frecuente contienda con la naturaleza y el cultivo del espíritu y la mente, la cuidadosa y sana selección de los frutos privilegiados provenientes de la tierra y la hidromiel, el manjar proveído por sus más cercanos parientes los apicultores tracios.

Allí, en la Metope del Templo de Athenas, quedó el testimonio del dios en su carro arrastrado por los cuatro corceles solares, emergiendo de las puertas del día, hacia la búsqueda por todos los costados del universo de una ilusoria consorte, pero la Diosa ya estaba esperándole en Leice, la Isla de la Luz, la Isla Blanca.

Entonces, todo el ajuar que Letona guardaba para la elegida fue a parar a la que ya desde siempre, desde el principio de las cosas, estaba predispuesta a causa de su inigualable hermosura, de su portentoso poder sobre la naturaleza y fuerza divina capaz de compartir con el Likeio la inmensa potestad de los constructores del mundo.

Siendo aun pequeña los maestros elegidos le otorgaron el don de la comunicación con los animales del bosque y con todos los seres de la floresta, por eso muchos la recuerdan como la Gran Señora de las Flores, la Magna Dea, cuya figura aparece desde épocas inmemoriales, exaltada a tal extremo de exageración su encanto sexual y sus virtudes físicas de hembra, burdamente moldeadas en terracotas y tallas en maderas o huesos de animales, la veneraban asimismo los pueblos de las más lejanas latitudes. Pacha Mama la llamaron los quechuas. No podía ser de otra manera porque era la dueña de la procreación y de la fertilidad de la tierra, la triple deidad benefactora y protectora de sus gentes: la hermana o esposa ejemplar y laboriosa, la madre incomparable e indulgente y la abuela pletórica de sabiduría y experiencia, en ella estaba asimismo sintetizado el poder misterioso que ejercía la luna en los ciclos de renovación y purificación de la naturaleza, era ella entonces la Sagrada Iana Sandiana, no Diana la ínclita cazadora del venablo dispensador de la muerte, todo lo contrario, Proserpina, la Gran Madre de la Tierra, la diosa de las diosas cuyo carro que recorre el universo lo arrastran dos leones, la Cibeles que tuvo en Frigia el más atrayente de los templos donde las sacerdotisas de Silena, en las esplendorosas noches de luna llena, se ofrecían al viajero como una ofrenda a Iliana, la diosa de nácar, para recordarles que ellas también como la tierra dan los frutos de las semillas que reciben.

N. Sandoval-Vekarich
Belgrado, 12 de agosto de 2009


(1) Para los cartógrafos y cronistas de la Antigua Grecia, su mundo terminaba en la última frontera de Tracia, más allá estaban las abejas silvestres que defendían sus predios y no daban paso franco al intruso.
Nikolae Densusianu: Prehistoria Dacia pág. 25 - (Traducción del inglés)

(2) Aquí, en el Bajo Danubio, especialmente en las tierras de Dacia –este hecho es evidente- se formó y ligó el centro más grande y poderoso de la población neolítica en Europa; el centro de una nueva raza de pueblos, de alta y vigorosa estatura, con una antigua organización patriarcal, con severas y apasionadas ideas religiosas, traídas probablemente de Asia, esculpieron en la roca viva enormes estatuas de sus divinidades. Estos milenarios conquistadores del mundo antiguo trajeron consigo a Europa nuevos elementos civilizadores, fundaron aquí los primeros estados organizados y dieron una nueva orientación al destino de la humanidad. En el curso de algunos centenares de años, esta raza activa y laboriosa dotada de un milagroso poder de crecimiento y expansión, continuó emigrando desde el Bajo Danubio hacia las regiones del sur. Desde las cimas, valles y llanuras de los Cárpatos, las innumerables y nuevas tribus de pastores no cesaron en su trayectoria de atravesar el gran río de la antigua Europa con sus rebaños en compactos y organizados grupos hasta cubrir toda la península balcánica. Esta es la gran corriente meridional o Cárpato-Mycenica que proveniente de Asia y a través de los Cárpatos formaron la primera entidad territorial de Europa, colocaron las primeras bases morales de la nueva civilización, desarrolladas fuertemente más tarde en Grecia y en las costas del Asia Menor. En otras palabras, estos son los antiguos Pelasgos o la corriente de Palaeochton o los antiguos habitantes de la tierra o los pueblos nacidos directamente del seno de la tierra, los gegeneis como se han llamado asimismo.

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