www.tribunalatina.com/es/viewer.php?IDN=15520 Villarrica, Valle del Cauca
¿Por qué me matas hermano,
por qué matas mi esperanza,
si soy de tu misma raza,
si también soy colombiano?
Héctor José Corredor Cuervo
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
Alguna vez quedé asombrado de los más de 86 puntos que mostraban en el mapa de Colombia donde había tribus aborígenes, con sus nombres. Algunos pintorescos, otros muy difíciles de pronunciar porque esas tribus tienen dialectos propios que no andan ni en cartillas, ni revistas ni en CDs. ¡Qué tal esa!, como diría una presentadora de TV. Catíos, Emberás, Paeces, Coreguajes, Motilones, Arhuacos, Koguis, Sanhos, Ika, Kankuamas, Arawaks, Huitotos, Tunebos, Nukak Makús, Kansás, Guambianos, Guahíbos, Chiricoas, Makaguajes, Sálibas, Wayús, Awás, Piapocos, Ticunas, entre ellos. Su población, dicen los “reseñadores”, es de unos 500 mil indígenas, más colombianos que cualquiera de nosotros que andamos de zapatos y corbata en carro, en playas y en supermercados.
Más colombianos, digo yo, porque ellos han demostrado que aman y respetan la tierra que pisan, las aguas que los bañan y que toman y la selva que les da comida y abrigo. Porque desde tiempos de Colón y mucho antes, sus tribus habitan en medio de parajes silvestres, en bohíos sin linderos ni papeles que acrediten la buena fe que les da una notaría. (¡!) El otro civilizado necesitó que el rey o el virrey que nunca vieron el territorio inmenso que cedían les otorgó propiedad por medio de una cédula gratuita.
El 12 de octubre es una fecha infame establecida para conmemorar la llegada de un contingente extranjero a nuestras costas a engañar con baratijas a hombres ingenuos que llamaron “indios” por creer que habían arribado a las Indias Occidentales. Y así los siguió llamando la historia de Henao y Arrubla y las Memorias de los Cronistas de aquellas nefandas épocas. Desde entonces, decir “indio” es emplear una palabra hiriente para nombrar a alguien de baja condición, ignorante, ingenuo, desarrapado, salido de la selva y de una cueva. ¡Qué asco!, para un afeitado ciudadano.
Así se trata a nuestros “Mamos”, a nuestros “Taitas”, a quienes se visten aún de colores fuertes, con aretes, narigueras, collares y con faldas y tejen las ruanas, cobijas y los pasamontañas para calmar el frío y untan sus cuerpos de sustancias de plantas en lugar de caros perfumes químicos.
Después de quinientos años ni el gobierno ni la sociedad ilustrada hemos descubierto a estos seres que nos antecedieron en edad y amor por nuestra tierra. No sabemos cómo asignarles ellos tierras útiles, territorios, en los que nadie les irrespete sus tradiciones y cultura. El gobierno no les da asesoría digna a su estirpe “de primeros habitantes” de este suelo. Para ellos debía haber no sólo unos artículos en la constitución, unos puestos en el Congreso, sino un presupuesto especial y efectivo para sus “resguardos”.
Quinientos años de soledad y de olvido no es título de una novela, es el nombre de la realidad de nuestros aborígenes, de quienes tienen la piel cobriza y la mirada triste, de quienes hablan quedo y no aciertan a mirar a los ojos de sus amos a caballo y con escrituras en la mano.
12 de octubre, fecha de carabelas, de inversionistas extranjeros, de colonizadores y de una patria que no reconoce a sus fundadores porque organizan marchas y exigen sus derechos.
09-10-09 - 10:09 a.m.

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