jueves, 22 de octubre de 2009

JEFFERSON, UN DESAFORTUNADO PARADIGMA

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Me pareció extraña la ilusión de que nuestro Presidente se parangonara con el humanista Jefferson que gobernó nuestra nación amiga por dos períodos en la primera década hace 200 años. En efecto aquel fue hijo de ricos hacendados como también nuestro ejemplar vernáculo. Aquel defendió la autonomía de los Estados, se esforzó porque los tres poderes fueran independientes, propugnó porque la democracia fuera una realidad, durante su mandato la educación fue igualitaria y hubo tolerancia religiosa, se preocupó porque los Estados de la Unión tuvieran prosperidad y autosuficiencia. Al igual que el fundador de la nación americana, se abstuvo de presentarse a un tercer mandato a pesar del enorme favoritismo por su buen gobierno. Estados Unidos casi se convirtió en un paraíso, floreció la democracia y el Estado y las regiones se fortalecieron.

Las diferencias no pueden ser más palpables y el alejamiento del prototipo propuesto dista de ser sincero.

Nuestro popular mandatario ha creado un ambiente de desconcierto y ha polarizado la opinión. Hay un vacío espiritual y sólo sus discípulos creen a pie juntillas en sus políticas. Hay una general desesperanza y una ausencia de expectativas por el futuro. La economía está en manos de extranjeros, los nacionales se cansaron o se murieron y los otros empacaron sus maletas y las mandaron a vacacionar allá, afuera. No hay estímulo para los campesinos de verdad, la industria nacional es insignificante y en las calles pulula la economía del rebusque y la informalidad. El trabajo sano es muy escaso y mal pagado pues la ley laboral cada vez es más tirana y “flexible”. Colombia se ha convertido en una trastienda para vender zapatos, confecciones y baratijas de los tigres y dragones del Oriente.

En Colombia a cualquier político “le falta pelo pal moño”, como dice el verso paisa, para emular con Jefferson o Washington. Tal vez, sí, alguien se parezca a Bush o a Nixon. No tenemos la infraestructura de vías o de planeación urbana, no tenemos los estímulos para la educación, no hay el pluralismo y la pugna de partidos, la fluidez de nuestras relaciones con los países vecinos y hermanos, los programas de salud y el estímulo a la cultura que sus gobernantes han hecho grande a ese país de los sueños de muchos colombianos.

Estos ocho años dejan un paisaje asolado en los campos, unas selvas horadadas, unas fuentes hídricas desprotegidas. Nos dejan unos estamentos públicos y privados carcomidos por la corrupción, una conciencia popular que duda de los valores y de la ética como guías de su conducta personal, familiar y comunitaria. Estamos cundidos de narcotráfico, de “paras” o de sus “susti”, de Eln, de bandidos de las Farc. Todo se perdió entre las grandes “razones de estado” que predominaron en las horas de confusión del choque de trenes, de los falsos positivos, de las chuzadas, de los subsidios seguros del agro, de las investigaciones exhaustivas.

El ambiente está enrarecido y huele a corrupción en las obras, en las concesiones, a humo de fusiles, suena a bota de generales y coroneles en la radio y la TV, a esperanzas rotas, a tierras cuarteadas por falta de abonos y cultivo, sabe a sangre de desaparecidos no reparados, huele a miedo en las calles por el ejército de desocupados.

Cualquier parecido, como decía Jaime Garzón, con Jefferson y sus ideales y gobierno es un mal chiste o un irrespeto, o una cortina de humo que no se le ocurriría plantearlo ni a Barack Obama en su patria.

21-10-09 - 4:01 p.m.

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