
IANA SANDIANA
Eximio cuerpo de mujer deseada.
Resplandor de éxtasis.
Zona sagrada.
Copa que brinda la vida y la muerte.
Un aroma de hidromiel que embriaga,
un sabor de ajenjo que enloquece los sentidos.
Recostada casi en actitud de entrega sobre un carro de combate arrastrado por las furias el auriga atraviesa con su divina carga los cuatro arcos triunfales de la Tierra.
Los finos y bien torneados miembros dislocados en provocativa armonía semejan un compás delineando una ruta; en abierto circulo las tórridas impolutas columnas dejan entrever las inexpugnables puertas del Jardín de la Intocable deidad del universo.
Ningún ariete ha podido con ellas, se han despedazado en vano intento los venablos y la cazadora, templando, el arco canta con los cisnes la canción de las auroras.
La clave la tiene en su lengua el hombre cuyo corazón conozca la secreta hendidura de los muros que defienden la fortaleza.
Mi lengua y mi corazón también la buscan.
Hay una recóndita tormenta de pasiones contenidas que van más allá de los lujuriosos arcanos de su sexo.
Ha perdido mi ser toda compostura, toda ecuanimidad se ha ido a pique con las naves de Scherezada en llamas.
De rodillas demanda el inexorable ariete que hará vibrar su escudo con el fuego de una centella.
El asalto es inminente.
La Noche del Tálamo es eterna para la Sacerdotisa del Templo.
Una imperceptible marea se rompe contra las rocas.
Un ir y venir, una nave que oscila al ritmo del corazón y la sangre.
Alta, impertérrita e ínclita en la cima, inexorable y estática entre el huracán y el sueño Sábila desafía la ira de los mortales dioses que poseerla no pueden.
Canta invicta el mantra de la eterna luz del alba.
Implacable en los torneos de su Templo deja que en sus ojos se desplomen hechos trizas los astros, retiene en la casi azul casi verde mirada una explosión de estrellas.
Yacen en el polvo túnicas, yelmos y banderas, equilibra entonces en mitad de los embates el amor y la vida en un solo emblema.
La Magna Dea retira los últimos velos que cubren su inexpugnable recinto.
Vierte seductora y cruel hidromiel y ajenjo en su Cáliz Sagrado.
Me incita.
Me embriaga milifica y grandiosa la hembra divina; destrabados los cerrojos de la Sublime Puerta brindamos por la conquista de los jardines del cielo.
¡Salve, Reina del Olvido y del Recuerdo!
¡En tu corazón descansan los campeones!
Septiembre de 2009
Paul Disnard
Caballero de la dulce Esperanza
Neverland, 2009-09-06
Eximio cuerpo de mujer deseada.
Resplandor de éxtasis.
Zona sagrada.
Copa que brinda la vida y la muerte.
Un aroma de hidromiel que embriaga,
un sabor de ajenjo que enloquece los sentidos.
Recostada casi en actitud de entrega sobre un carro de combate arrastrado por las furias el auriga atraviesa con su divina carga los cuatro arcos triunfales de la Tierra.
Los finos y bien torneados miembros dislocados en provocativa armonía semejan un compás delineando una ruta; en abierto circulo las tórridas impolutas columnas dejan entrever las inexpugnables puertas del Jardín de la Intocable deidad del universo.
Ningún ariete ha podido con ellas, se han despedazado en vano intento los venablos y la cazadora, templando, el arco canta con los cisnes la canción de las auroras.
La clave la tiene en su lengua el hombre cuyo corazón conozca la secreta hendidura de los muros que defienden la fortaleza.
Mi lengua y mi corazón también la buscan.
Hay una recóndita tormenta de pasiones contenidas que van más allá de los lujuriosos arcanos de su sexo.
Ha perdido mi ser toda compostura, toda ecuanimidad se ha ido a pique con las naves de Scherezada en llamas.
De rodillas demanda el inexorable ariete que hará vibrar su escudo con el fuego de una centella.
El asalto es inminente.
La Noche del Tálamo es eterna para la Sacerdotisa del Templo.
Una imperceptible marea se rompe contra las rocas.
Un ir y venir, una nave que oscila al ritmo del corazón y la sangre.
Alta, impertérrita e ínclita en la cima, inexorable y estática entre el huracán y el sueño Sábila desafía la ira de los mortales dioses que poseerla no pueden.
Canta invicta el mantra de la eterna luz del alba.
Implacable en los torneos de su Templo deja que en sus ojos se desplomen hechos trizas los astros, retiene en la casi azul casi verde mirada una explosión de estrellas.
Yacen en el polvo túnicas, yelmos y banderas, equilibra entonces en mitad de los embates el amor y la vida en un solo emblema.
La Magna Dea retira los últimos velos que cubren su inexpugnable recinto.
Vierte seductora y cruel hidromiel y ajenjo en su Cáliz Sagrado.
Me incita.
Me embriaga milifica y grandiosa la hembra divina; destrabados los cerrojos de la Sublime Puerta brindamos por la conquista de los jardines del cielo.
¡Salve, Reina del Olvido y del Recuerdo!
¡En tu corazón descansan los campeones!
Septiembre de 2009
Paul Disnard
Caballero de la dulce Esperanza
Neverland, 2009-09-06
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