Debido a las constantes colaboraciones que hemos recibido de nuestro gran amigo Neftalí Sandoval-Vekarich, (Paul Disnard) (en la foto) quien se encuentra nuevamente en Belgrado, capital de la República de Serbia y la ciudad más grande y populosa del territorio de la antigua Yugoslavia, decidimos publicar como información biográfica para nuestros amables lectores, el ensayo de Eduardo Santa titulado ''Paul Disnard El Combatiente'' en el cual además se encuentra una información muy importante sobre la literatura colombiana de los años anteriores al siglo 21. Antes del ensayo, miremos quién es su autor: Eduardo Santa es abogado de la Universidad Nacional, postgraduado en ciencias políticas de la Universidad George Washington, especializado en bibliotecología en Puerto Rico y en técnicas de la investigación en la Universidad de Columbia en Nueva York. Profesor Emérito de la Universidad Nacional y Maestro, de la misma. Ha sido director de Colciencias y de la Biblioteca Nacional de Colombia, rector de la Universidad Central. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, de la Academia Colombiana de Historia y de la Real Academia de Historia de España, Presidente Honorario de la Academia de Historia del Tolima, miembro del Instituto de Geografía e Historia con sede en México y en Bruselas de civilizaciones diferentes; socio honorario de la Academia de Artes y Letras de Nueva York donde le otorgaron la condecoración de La Gran Cruz, y pertenece a otros centros científicos y culturales del continente. Premio tolimense de literatura 1982. Es permanentemente invitado a diversos congresos internacionales. Durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo ocupó en el Ministerio de Gobierno la dirección nacional de acción comunal, la secretaría general y la dirección, equivalente al actual rango de viceministro. Cofundador de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Ha publicado: Sonoro zarzal, poemas, 1951; La provincia perdida, relatos, 1951; Sin tierra para morir, novela, 1954; Arrieros y fundadores, 1959; Nos duele Colombia, 1962; Rafael Uribe Uribe, ensayo, 1962; Sociología política de Colombia, 1964; El girasol, novela, 1968; El libro en Colombia, 1973; El municipio colombiano, ensayo, 1976; El mundo mágico del libro, ensayo, 1977; El pastor y las estrellas, relatos; Los espejos del tiempo, cuentos, editado por Pijao Editores en 1978; ¿Qué pasó el 9 de abril? ensayo, 1981; Instituciones políticas de Colombia, 1981; Barba Jacob: obra poética completa, ensayo, antología, 1983; Introducción a la sociología,1983; La crisis del humanismo, ensayo, 1986; Cuarto menguante; novela, 1988; Los caballos de fuego, cuentos, 1988 editado por Pijao Editores. Adiós Omayra, novela, 1989; Recuerdos de mi aldea, relatos, 1990; Consideraciones en torno a la novela Pax, Instituto Caro y Cuervo, 1990; El poder legislativo: perfiles del Congreso de la República, 1992; La colonización antioqueña, una empresa de caminos, 1993; El general Isidro Parra, 1995; El paso de las nubes, poemas, 1995; El libro de los oficios de antaño, 1998; con nueva edición en el año 2000; Las señales de Anteo, novela, Ediciones Obelisco, España1999; Raíces históricas de la cultura colombiana y otros ensayos, Biblioteca de Historia Nacional, Academia Colombiana de Historia, mayo de 2002. Carlos Orlando Pardo escribió un libro titulado Vida y obra de Eduardo Santa y un amplio perfil suyo está incluido en Protagonistas del Tolima Siglo XX del mismo autor, al igual que un análisis de su trabajo literario aparece en Novelistas del Tolima siglo XX.
EL COMBATIENTE
Cuando le conocí era un muchacho alegre que trabajaba en una agencia de aviación, o quizá de turismo. Desde entonces la estrella que orienta su destino le estaba señalando la ruta de los viajes. Porque eso ha sido este extraño poeta y viajero de sueños y entusiasmos. Se llamaba simplemente Neftalí Sandoval Vekarich. Llegó a nuestra mesa del “Café de la Paz”, en la lluviosa Bogotá de siempre, con su cuaderno de versos y con su voz cálida, hecha para recitarlos en voz alta, dándole a las palabras las cadencias de las orquestas nocturnas, en aquellos lugares donde los sonidos del jazz alternan con la intensidad de las luces momentáneas. Allí, en aquel pequeño e inolvidable cafetín, nos reuníamos algunos intelectuales jóvenes, que nos habíamos desplazado desde el mítico “Café Automático”, de la Avenida Jiménez, muy cerca de las redacciones y las rotativas de “El Tiempo” y “El Espectador”, los cuales nos abrían esporádicamente sus páginas, como el casero avaro que abre la puerta a sus díscolos huéspedes con mucha desconfianza.
La verdad es que nos habíamos cansado del “Café Automático”, tan célebre en los anales de la Colombia intelectual del medio siglo, donde pululaban por igual los grandes intelectuales de la época con los más indeseables lagartos de la ciudad lluviosa. Allí, el gran León de Greif, con el ceño fruncido y sus agrestes barbas leía, silencioso, periódicos viejos, descifraba extraños crucigramas y miraba con recelo a los jóvenes intelectuales que lo frecuentaban con la esperanza de ser tenidos en cuenta por los maestros consagrados y, por supuesto, por los periodistas indulgentes que iban a ese sitio en plan de descubrir nuevos valores. Cerca a la mesa del gran poeta, se congregaban algunos pintores jóvenes de gran talento, entre los cuales recordamos a Ignacio Gómez Jaramillo, Omar Rayo, Jorge Elías Triana, Armando Villegas, Alipio Jaramillo y Pablo Agudelo. Alternaban con los viejos maestros como Luis Alberto Acuña, Gonzalo Ariza y Marco Ospina, y con los grandes de la literatura de aquel entonces como Caballero Calderón, Hernando Tellez, Juan Lozano y Lozano, Luis Eduardo Nieto Caballero, Jorge Zalamea, Arturo Camacho Ramírez, Rafael Maya, Aurelio Arturo, Eduardo Carranza y Zalamea Borda. Lejos de ellos, en alguna mesa de un discreto rincón, nos hacíamos algunos poetas jóvenes - menores de treinta años - como Omer Miranda, Hugo Salazar Valdés, Fernando Arbeláez, Jorge Gaitán Duran, Eduardo Cote Lamus, Castro Saavedra, Neftalí Sandoval y otros que también veníamos de la provincia colombiana, con nuestros cuadernos de poemas bajo el brazo y grandes ambiciones en el magín calenturiento. En otra mesa, solían hacerse los caricaturistas y dibujantes del momento, siempre dispuestos a capturar los rostros animados por el café o el alcohol, para transformarlos con la magia de sus lápices en aquellas caricaturas y dibujos que aún perduran en nuestros recuerdos y en las páginas amarillentas de los viejos magazines. Entre ellos sobresalían el famoso Chapete, que marcó toda una época de la política colombiana, el gran ingenio de Hernán Merino y, por supuesto, el serio y silencioso Moreno Clavijo. A las doce del día y a las seis de la tarde, invariablemente, el café se convertía en una especie de barco fantasma, invadido por la densa niebla de los cigarros y aturdido por una bohemia ruidosa y exultante. Todos hablábamos en voz alta, discutíamos, leíamos poemas, ensayábamos discursos, aplaudíamos alguna broma oportuna, en medio del chocar de vasos y botellas. Era en realidad un café en el cual se navegaba a la deriva. A través de los sueños, en medio de ríos de líquidos etílicos, siempre en una sola dirección desconocida: la fama, el prestigio literario y quizás, también, la gloria, esa frágil y esquiva quimera, a la que Víctor Hugo definió magistralmente como “el sol de los muertos”.
Cansados, pues, de ese ambiente, digno del París bohemio del siglo diecinueve y, por lo consiguiente, anacrónico y ramplón, resolvimos los más jóvenes ubicarnos en ese pequeño establecimiento, situado en la calle diecinueve, entre carreras sexta y séptima: el “Café de la Paz”. Entonces aquella era solo una callejuela estrecha, anodina, habitada por buenas gentes de la clase media, algo sola, algo conventual. Y ese pequeño café era un lugar de paso, donde gentes presurosas se detenían a tomar un tinto o una cerveza. Estaba instalado allí como una ínsula tranquila y algo exótica, para que gentes que huían del tráfago mercantil y burocrático pudieran albergar sus sueños, siquiera por unos momentos, entre una taza aromática de café suave, antes de continuar su marcha hacia el lugar de sus oficios cotidianos. Pero, en cambio, tenía una admirable vecindad: a pocos pasos estaba la añorada librería “Ile de France”, atendida siempre por un intelectual catalán, risueño y bondadoso, llamado Francisco S. Aguiló. Nuestra sorpresiva presencia habitual de intelectuales en ciernes, lo fué haciendo famoso, quizás sin culpa nuestra. Era bien reducido, de dos pisos y un modesto mostrador, quizás ocho o diez mesillas que nosotros invadíamos sin ningún escrúpulo y, como todo café de intelectuales que se respete, carecía de billares, radiolas o cualquier otro aparato que pudiera producir ruido o pudiera interferir nuestras lecturas en voz alta o nuestros sueños escondidos. Al principio fuímos pocos: Neftalí Sandoval, Rámiro Cárdenas, Eduardo Gómez, Carlos Medellín, el escultor Gomer Medina, el pintor Pablo Agudelo y el que ésto escribe. Después fueron llegando, poco a poco, otros intelectuales como Fernando Guillén Martínez, Luis Villar Borda, Juan Fernando Esguerra, Fernán Muñoz Jiménez, Esteban Cabezas, Oscar Londoño Pineda, Héctor Jaramillo, Roberto Uribe Pinto, José Arizala, Oscar Delgado y, cuando menos pensábamos, las pocas mesas del establecimiento fueron insuficientes para dar cabida a tanto aspirante al prestigio literario o político. Y fué allí, donde un día cualquiera, este famoso Neftalí Sandoval, del cual he hablado tanto en la vida y del cual estoy hablando ahora, resolvió cambiar su nombre. Pues bien parece que el nombre de Neftalí no cuadrara a ningún poeta, desde que el gran chileno lo cambiara por el de un poeta europeo fenecido. Me refiero, obviamente, a Neftalí Reyes, el gran Pablo Neruda que todos admiramos desde la adolescencia misma. Lo cierto fué que Neftalí, el nuestro, un día llegó, con su alborozo juvenil y su voz bien timbrada, a decirnos que había tomado un sonoro y original nombre de combate. Se llamaría, de ahí en adelante, Paul Disnard. El bautizo se hizo aquel día, no propiamente con óleos sagrados, con agua transparente de respetables bautisterios, sino con la dorada cerveza que siempre estimuló nuestros primeros sueños y con la cual solíamos bañar, siempre desnudas, a nuestras musas secretas y rebeldes. El segundo bautizo de este novísimo poeta, solo se realizaría el domingo siguiente, y eso con tinta de imprenta, siempre espesa y con aromas de bosques tropicales, cuando salió a la luz pública su primer poema suscrito con su nuevo apelativo. El entusiasmo fué enorme y, para celebrar esa primera salida en público, convocamos a nuestros principales cofrades, rompimos copas, acuchillamos la noche con nuestros gritos destemplados y fuímos expulsados de tan amable establecimiento. La vida empezó a dispersarnos, como las hojas secas del bosque, barridas por el viento de los días.
Entre tanto, en los años siguientes, la violencia política arreciaba y asolaba no solo los campos de las lejanas provincias sino que había hecho también su presencia siniestra en las ciudades. Los detectives y soplones de la funesta dictadura de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez no tardarían en hacer acto de presencia, a veces en forma abierta y agresiva, a veces embozada y cobarde, en todos los cafés citadinos, especialmente en aquellos frecuentados por intelectuales, objetivo militar de torturadores y cancerberos de oficio. Las cárceles se llenaron de presos políticos y las administraciones de los cementerios perdieron la cuenta de las víctimas que a diario inmolaba el tenebroso régimen. La acción vandálica la continuaría la dictadura militar de Rojas Pinilla. Al poco tiempo del golpe dado por éste al gobierno de Gómez y Urdaneta, se manchó con la sangre de once universitarios que salieron pacíficamente en manifestación por la carrera séptima de Bogotá. Fué un baldón que nunca podrá borrarse de nuestra historia nacional. Fueron once muchachos, casi de nuestra edad, que salieron, sin otra arma que sus cuadernos y sus libros, a conmemorar el sacrificio de otro estudiante que hacía medio siglo también había sido sacrificado por las armas oficiales. Entonces el “Café de la Paz” se convirtió, como casi todos estos establecimientos, en un lugar de conspiración permanente contra el régimen. Ya todos conociamos sus agentes “secretos” y, por supuesto, ellos también nos conocían, quizás en mejor forma. La relación psicológica y social no tardó en consolidarse: la de las víctimas con sus víctimarios. Nosotros la padecíamos y ellos la gozaban. Pero, a pesar de todo, nosotros seguimos allí, fieles a nuestra relación sado-masoquista. Sacábamos periódicos, bajo la censura inclemente, pero con la capacidad de decir las cosas entre líneas; cosas que la “inteligencia” secreta del régimen no podía entender y que, por lo consiguiente, pasaba por alto, a pesar del poder explosivo que aquellas llevaban a las masas. Y desde allí, desde ese pequeño café, como si fuera una sala de redacción en permanente actividad, salieron varios periódicos, como el que dirigieron tan hábilmente Roberto Uribe Pinto y Héctor Jaramillo, dos grandes luchadores juveniles de aquella época atrabiliaria y oscura.
Pero, a pesar de todo, al lado de nuestra lucha política, seguíamos cortejando la literatura. De ese mismo café salieron varios libros de poemas y algunas novelas de violencia, como “Sin Tierra para Morir”, del autor de estas líneas; “Pogrom”, de Galo Velásquez; “Horizontes Cerrados”, de Fernán Muñoz Jiménez; y “Los cuervos tienen hambre”, de Carlos Esguerra Flórez. Me atrevo a pensar que algunos de los poemas de Carlos Castro Saavedra, como el hermoso “Caminos de la Patria”, también fueron concebidos allí, en ese ambiente de rebeldía, en esa hornacina donde el miedo se convertía en valor, la timidez en audacia y la pluma en arma poderosa al servicio de una patria golpeada por los insaciables y crueles usufructuarios del poder, representantes de un fascismo criollo, brutal y prepotente. Y fué allí donde este nuevo Paul Disnard nos recitó, con el ímpetu propio de su temperamento, los primeros poemas de su libro “Regresará el Soldado” y donde nos dió a conocer en toda su plenitud su gran talento literario. En realidad, este joven poeta se nos presentaba como un innovador, como uno de los primeros trovadores que osaba salirse de los parámetros convencionales de una lírica más o menos formal, llena de lugares comunes y rimas y metros gastados por tantos años de uso inmoderado y sumiso. Había bebido en las fuentes de Walt Whittman y de Nicolás Guillén y sus estrofas tenían algo de la fuerza vital del primero y de la estridencia de tambores del segundo.
Cansados del espionaje instalado en las mesas del café, que irónicamente seguía invocando la paz en su nombre, y, sobre todo, molestos con la invasión de que ya había sido objeto de parte de ciertas gentes de dudosa ortografía, Disnard y yo resolvimos cambiar de sitio para nuestras amables tertulias y nuestros paliques. Fué entonces cuando resolvimos encontrarnos, con alguna frecuencia, en un salón de té llamado “El Cisne”, en la carrera séptima con calle veintiséis. Este era un sitio más discreto, en el que a más de conversar y de leernos mutuamente nuestras producciones literarias, podíamos admirar las bellas y jóvenes mujeres bogotanas que acostumbraban frecuentarlo. Los domingos ibamos más temprano y, después de un aromático tinto, pasábamos al parque de la Independencia, a pocos pasos de allí, a escuchar las retretas musicales que hacia las once de la mañana acostumbraba a dar el maestro José Rozo Contreras con la Banda Nacional. Entre semana, nos contentábamos con escuchar los valses de Straus, que hacíamos sonar en una vieja radiola de algún café vecino.
Hasta que algún día, sorpresivamente, Paul Disnard nos dijo a todos sus amigos que se marchaba para la ciudad de México, donde podía encontrar mejores horizontes para su permanente y rica actividad intelectual. Quizás este fuera un pretexto para ocultar la verdad de todo. Se iba detrás de algún amor esquivo, de esos que dejan huellas urticantes en el corazón. A México llegó sin un centavo, poseído por el amor más grande hacia esa dama de sus sueños, pero lleno de entusiasmo y con fervorosos deseos de triunfar, de abrirse nuevos horizontes y nuevas metas. Al poco tiempo estaba trabajando en la Embajada de Yugoslavia en aquel país y tenía tantos amigos intelectuales como letras tiene el alfabeto. Casi todos eran gente de izquierda, algunos eran exiliados políticos de Venezuela, como Ildegardo Pérez Signini, que años después sería ministro en aquel país; como Juan Juarbe, intrépido revolucionario nacionalista de Puerto Rico; como Jorge Raygada, del Perú. De Colombia había varios de estos luchadores idealistas, huyendo de las dictaduras de Gómez y Urdaneta, primero, y de Rojas Pinilla, después. De ellos recuerdo al más fervoroso combatiente de todos, José Miguel de Paz, y Disnard se sentía en su salsa disfrutando de la compañía de todos ellos, leyéndoles también sus poemas revolucionarios, que luego publicaría con el título “Y Regresará el Soldado”. Ya se había curado de sus dolencias románticas, de los golpes recibidos en mitad del corazón, y estaba produciendo lo mejor de su obra poética. Su literatura se había decantado, se había hecho más original, más directa y eficaz en su mensaje de rebeldía. Porque Paul Disnard no ha dejado nunca de ser un rebelde con causa, un defensor de las gentes humildes, un francotirador contra el imperialismo yankee, donde quiera que esté. Cuando volvimos a encontrarnos, en la ciudad de México, en 1955, después de casi dos años de su partida hacia esa ciudad, encontré al poeta en la plenitud de su actividad intelectual y de su lucha contra las dictaduras de todos los pelambres. Escribía en varias publicaciones periódicas y era ya un intelectual bien conocido en el país azteca. Yo también había llegado a México, perseguido por la dictadura de Rojas Pinilla. Aproveché la invitación que me había hecho el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Autónoma de aquel país, para que asistiera al Sexto Congreso de Sociología Rural que se reunió en Morelia, estado de Michoacán. Yo tenía entonces veintiocho años y Paul se asomaba a los veinticinco.
Después, Paul Disnard se nos convirtió en el viajero impenitente, en el caminante de todos los caminos. El mismo nos recordaba en alguna ocasión que al salir de Popayán, la pequeña ciudad donde había nacido, le había dicho a su madre, al despedirse: “Me voy para Yugoslavia, la tierra de mis mayores”. Su madre, incrédula, le había respondido: “Pero, ¿cómo? Si apenas tienes para el pasaje a Bogotá, y Yugoslavia queda muy lejos.” Paul se limitó a contestarle: “Me bastan las alas de mi imaginación y esta sangre eslava que corre por mis venas”. Entonces su madre, finalmente aceptando que su hijo, todavía adolescente, tenía una voluntad muy grande, le puso final al diálogo de la despedida, diciéndole, resignada: “Cuando llegues a Dubrovnik, no olvides visitar la tumba de mi padre y ponle unas rosas en mi nombre”. Paul, como siempre, cumplió cabalmente lo prometido.
Paul Disnard, desde que viajó a México, sabía que se iba para Yugoslavia, haciendo las estaciones que sus limitaciones económicas le imponían. A los pocos años pudo llegar a Belgrado, la ciudad de sus sueños. Pero hizo de ella el centro de sus actividades de viajero sin descanso, llevando siempre el mensaje cultural de su patria. Porque donde quiera que él ha ido, allí también ha estado Colombia con su voz, con sus poetas, con su música, con sus escritores, con su dolor y con su pena. Sin egoísmos ni recelos, con una inmensa generosidad, ha hecho conocer en muchos países a algunos de sus compañeros de generación, haciendo traducir sus cuentos, sus novelas, sus poemas a otros idiomas. Tal como lo hizo con Eduardo Gómez, con Omer Miranda y con otros compañeros de actividad literaria. A él le debo, entre otras cosas, la traducción de mi primera novela “Sin Tierra para Morir”, al serbocróata y al esloveno. La primera la hizo Sulejman Redzepagic y fue publicada por la Editorial Narodna Knjiga (El Libro Popular) en 1959; la segunda la realizó Prevedel Burger, y fue publicada por la Editorial Presernova Druzda, años más tarde.
La realidad es que Disnard no se ha quedado quieto ni un momento, desde aquel día que abandonó a Bogotá para conquistar el mundo, para aprisionarlo, al menos en su rico mundo interior, en el de sus recuerdos y vivencias perdurables. Viaja cuando puede, como puede, a donde sea, siempre con su alegría juvenil, con su moderado optimismo, con su experiencia de viejo correcaminos, al que no detienen los barrancos, las aduanas, las estaciones, ni la falta de dinero. El siempre tiene amigos en todas partes, y si no los tiene los hace con una facilidad desconcertante. Siempre está abierto a la amistad y todos los amigos le caben en su corazón, que es muy grande. Así ha visitado varios países centroamericanos, Francia, España, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Italia, Grecia, Turquía y tantos otros del mundo occidental, no como cualquier turista adocenado, sino como nuestro embajador cultural ad-honorem, porque siempre lleva a Colombia no solo en sus escritos sino en su alma errante y buscadora de nuevos horizontes, y le ha servido siempre en forma leal y desinteresada. Desde que llegó a Yugoslavia ha dejado escuchar su voz a través de la Radio Belgrado, de la cual ha sido un asiduo colaborador, en programas de amplia difusión en países de habla hispana. Pero, además de trabajar como funcionario diplomático, de escribir poemas y libros, de difundir nuestra cultura colombiana, también le ha quedado tiempo para estudiar y graduarse como antropólogo en la Universidad de Belgrado, la cual le otorgó el título de “master” en esa disciplina científica.
Como funcionario de nuestra embajada en Yugoslavia, Paul realizó, durante varios años consecutivos, una admirable labor, tendiente al buen conocimiento de Colombia en esas latitudes, trabajo que no siempre nuestros embajadores en dicho país supieron reconocer ni respondieron a su generosidad y a su talento con el respeto y la admiración que se merece. Porque Disnard es figura importante y conocida en los medios diplomáticos de aquel país, no solamente por su actividad literaria sino porque domina sus idiomas nativos, el serbio y el cróata, además del inglés, el francés y, naturalmente, el español. Un hombre así, con el bagaje intelectual de Disnard, con su talento, con su experiencia de tantos años, con el conocimiento de casi todo el continente europeo, de sus costumbres, de sus intelectuales, de sus museos y, sobre todo, de sus pueblos, debería ser orgullo para cualquier nación que lo cuente entre el personal de su servicio diplomático. Pero Colombia, da pena decirlo, o mejor, sus gobiernos de pacotilla, nombran embajadores y cónsules, y secretarios y demás funcionarios de embajadas y consulados, con el único criterio de pagar servicios políticos o por recomendaciones de los sanedrines que manejan arbitrariamente algo tan importante y delicado como son nuestros representantes ante los demás países del mundo. Esto le duele a Disnard, pero su voluntad de servicio es tan grande que, aunque desplazado en ocasiones por analfabetos e intrigantes, no deja de seguir en su tarea de divulgador incansable de nuestra cultura. Y no deja de escribir hermosos libros, así sean cuentos de admirable factura como “Las dos noches de un día muy largo” y “Poseidón en Molunat”, libros de poemas tan originales y de tan claro mensaje humanitario como “Regresará el Soldado” o crónicas tan amenas como la que acaba de publicar con el título “De la no muy verídica y menos incierta historia de la perínclita Villa de Quilichao”, como un mensaje a la tierra de sus mayores, por el lado Sandoval, porque por lado Vekarich, que es el apellido de su madre, es tan yugoslavo como la propia María Adela Vekarich, su antepasada, a quien denomina “dama ragusina enamorada de Italia”, en uno de sus poemas más recientes. Lástima grande que un poeta y escritor de las calidades de Disnard sea tan desconocido en su propia patria. Pero ya llegará la hora en que las medianías que invaden las páginas de nuestros suplementos literarios cedan el paso a los auténticos valores, en ese proceso silencioso del tiempo como cernidor implacable que solo deja a flote lo que realmente vale y se sostiene por sus propios méritos.
Lo que Disnard ha publicado hasta ahora, en periódicos y revistas mexicanas y europeas, le garantiza un lugar importante en la literatura colombiana contemporánea. Sin embargo, yo sigo pensando que lo mejor de Disnard es su bellísima, vibrante y elocuente literatura epistolar, esas cartas y tarjetas postales que frecuentemente nos envía a todos sus amigos del mundo, como pequeños trozos de vida, arrancados a los horarios fugaces de sus viajes, desde los ruídosos aeropuertos; esas pequeñas hojas desprendidas del corazón, un poco al desgaire, en las que nos pinta las estaciones del tiempo y las del alma, las ciudades que ha ido recorriendo y sus recónditos misteriores, las morenas de ojos verdes que ha encontrado en las playas ardientes del Mediterráneo, los trozos de historias y leyendas recogidas en los bares, en amaneceres turbios, escuchadas de sabios trotamundos perdidos en las rutas del tiempo, a pescadores de redes amplias y de sonrisa bondadosa, a marineros ebrios de alcohol y de caricias, a estudiantes alucinados por sirenas sin mares conocidos, a todos esos viajeros sin brújula y sin metas, incansables y escépticos que, como él, han hecho de sus vidas un largo camino de soles y de nieblas, de ruidos y silencios, de tempestades y bonanzas, para irlas registrando minuciosamente en todas las agendas del recuerdo. Pienso que valdría la pena reconstruirlas, antes de que caiga la tarde definitiva sobre nuestros cuerpos, dispuesta a proyectar las sombras que se confundirán con la noche más larga de la existencia humana. Hay que escribirlas de nuevo, coleccionarlas, con esa vida que Disnard suele dar a sus palabras, para que de allí salga el gran libro que él le debe a la literatura colombiana, la hermosa literatura vivencial que puede transformar los viajes en túneles luminosos de amor y de amistad. Cómo me agradaría poder leer, un día, ojála próximo, un libro cuyo título fuera simplemente “Memorias de Paul Disnard”. Porque, al fin y al cabo, lo mejor que un hombre tiene es su propia vida y si puede traspasarla del corazón y del cerebro a las páginas en blanco de un libro sincero y bien escrito, tendrá también la propia imagen de su vida, embellecida por el arte y el recuerdo.
EDUARDO SANTA
Bogotá, diciembre 9 de 1997.

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