viernes, 16 de octubre de 2009

PEREIRA, BELLA, TRASNOCHADORA Y MORENA

Hermoso Parque con Bolívar al fondo y su gente alegre

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Sentados en una Kia volamos de Cali a Pereira hasta donde la carretera nos daba alas. Nos trenzamos en comentarios sobre el paisaje y nuestras miradas se juntaban a ratos en sueños e ilusiones. Buen pretexto para viajar era ir hasta Chinchiná a celebrar los 80 años de existencia del Colegio Santa Teresita donde mi amada se graduó hace ya un tiempito. Allá pasó dos años interna como en un convento, oyó por primera vez la sirena del amor y las canciones que golpeaba Alci Acosta en las teclas de su piano, cerca de su tímpano, en la esquina de la cuadra del frente.

Pereira lucía fresca, como una mujer recién bañada. Eran las ocho de la noche y, entre luces, la llovizna caía sobre las palmas, las acacias y los guamos. Aunque lloviera, la noche en la ciudad era cálida y abrigadora. El nuevo transporte masivo en Megabús, de traje verde, era una oruga enorme que parecía una ballena con cien Jonás sobre sus doce ruedas. En el Terminal todo es limpieza, afán de servicio y vuelan las sonrisas. -¿Para dónde viaja? ¿Necesita un transporte? Por las gradas baja usted y allí lo espera una fila de taxis.

Después de entrar a mirar habitaciones y de calcular con la mirada y la longitud de la boca en la sonrisa, escogimos las del Hotel Soratama en la esquina del Parque de Bolívar. Nos elevamos hasta el piso 10 y vimos cómo desde allá, Bolívar y a caballo en su Palomo, domina desnudo en el paisaje. No importaba que fuera de noche, se veían carros con las luces encendidas y a la gente hormiguear por entre los adoquines y los árboles.

Preguntamos a dónde ir a sentir latir el corazón de la ciudad. Alguien en un bar nos dio la dirección por señas de La Milonguita y allá fuimos a parar. Era el sitio ideal para tomar una Costeña y para oír tangos, milonga, merengues y hasta para ensayar bailar la salsa. Había parejas de academia que regalaron el movimiento de su cuerpo y el ritmo acompasado y regulado del tango y del bolero. Hasta media noche los pies pisaron fuerte y el hígado recibió su dosis de frescura. Muy a las doce salimos con el pecho henchido y la garganta cubierta con la bufanda para conservar el calor del aguardiente y el hielo.

La ciudad trasnochadora amaneció temprano y el hotel cerró la noche querendona. El desayuno buffet lució de gala y bien servido con fruta, calentao casero y chocolate espeso. Soratama no ha perdido el sabor que le dió Robledo, su fallecido dueño. Es el pionero de la tradición, la elegancia y el buen gusto.

Pude contar 18 árboles octogenarios de mango y cinco nietos en el Parque cubriendo las miradas insolentes de los curiosos a Bolívar. Caminamos por entre almacenes, por bulevares, por calles abarrotadas de gente charladora, con acento paisa pronunciado y palpamos la pujanza del comercio. Compramos los famosos turrones Lucerna de maní y de chocolate que tienen por encima la imagen dulce de Pereira.

Con nuevos zapatos Bryan´s en sus pies cansados, mi amada pudo reírse de los callos y olvidó el temor de caminar por cinco horas. A la una de tarde buscamos aliviar el calor del viento con róbalo, papa chorreada con hogo y una limonada. Nos dimos una siesta antioqueña en el hotel y partimos hacia Chinchiná, nuestro destino en este tramo de la vida.

06-10-09 9:45 a.m.

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