miércoles, 21 de octubre de 2009

Poemas de

Marco Antonio Valencia Calle

El esplendor de la violencia

Camándula en mano mi madre reza y yo le colecciono sus dolores en silencio. Trato de reinventar en mis adentros el milagro de otra casa con menos dramas, domesticar mis lágrimas para no dejarme fracturar los sueños o menospreciar los reclamos guardados debajo de la almohada.

No se cómo mentirle a mis hijos diciéndoles que el esplendor de la violencia es pasajera, si desde los días de mis bisabuelos los milagros de la vida van acompañadas con restas, con lágrimas y con la multiplicación de las ruinas y odios extraños. Si cada mañana la radio informa de una lluvia de sangre regando los campos de café y los bosques de cemento.

Mi madre dice que sus ardientes oraciones consagran la esperanza. Que las deudas morales por la indiferencia que todos tenemos con la patria, se pagan con cantos y rezos por los muertos equivocados. Que sus oraciones al cielo son alegatos a Dios para calmar las agonías de todos. Que los creyentes debemos padecer sin juzgar, la amargura de los tiempos. Que sus ruegos son poemas lúcidos para alejar la noche negra de la mano de los enterradores.


El esplendor de las dolencias

El miedo nace y crece bajo el esplendor de las dolencias comunes y se alimentan con enredos cotidianos. A veces muere tras una historia escrita con sangre y lo vemos reseñado en la televisión, o en esos periódicos amarillentos de un día cualquiera.

El miedo nos da la oportunidad de ser, de besar lágrimas, de llenar los pozos negros del tiempo con sollozos y desdichas no mencionadas.

El dolor es la escuela de la vida, la hipoteca del incendio. El miedo es una grieta extraña en las carnes, un nudo que enreda, un temblor que alumbra, y es sospechoso.


El maquillaje de las desgracias

Somos víctimas más allá del rostro, de la noticia, del espejo, de lo que parece. Víctimas de los espantos sin nombre, de los cantos del demonio, de la curiosidad de los santos, de la incapacidad de las moscas, del horror de la limosna, de la lluvia de consideraciones, de los juicios laberínticos.

Somos tragedia, relatos con olor a gladiolo y tierra podrida, nombres indeseados en las noticias del almuerzo, un escándalo para unos, una suerte de historia con subtítulos para otros. Somos víctimas más allá de la jungla de mujeres desnudas que nos acosan en vallas y periódicos, de las estadísticas fantasmales, el maquillaje de las desgracias ajenas, la salud de los unicornios.


El olvido de las desgracias

La muerte se disfraza de espectáculo y asiste a un carnaval. La muerte entre ríos de licor y gritos de fiesta se mete a una batalla de flores. La muerte se recupera de su mala fama y se deja acariciar, besar y gritar. La muerte crea mundos con esencias vitales para premiar a los que sueñan, a los que bailan a su lado en hilos de música, de sol, del sudor, de mar.

La muerte de fiesta no se mortifica ni cohabita con el dolor de nadie. No quita esperanzas pero tampoco sirve de salvavidas. La muerte baila sus alegrías y no interroga ni pacta, ni quema para el olvido de las desgracias, ni engendra ilusiones en los desheredados. La muerte no hace promesas con cantos ajenos, ni habla con nadie para que vuelva al latir el corazón de los poetas.

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