martes, 10 de noviembre de 2009

“VIAJE AL CORAZÓN DEL TRIÁNGULO DE ORO”

Tarde de lluvia en la antigua plaza de mercado, hoy hermoso parque. Templo de los Agustinos

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Este título tan poético no es mío. No sé qué imaginación sensible a la realidad transparente lo sacó de su remangada
manga.
Todavía el “viejo Caldas” no se había dividido en tres y el autor de la frase dibujó el famoso triángulo que bien puedo ser de oro por las minas
que allí se encuentran y por la fuerza de sus gentes para labrar riqueza de sus manos. Otra voz llamó a ese antiguo mapa “mariposa verde” por su vegetación y sus plantaciones de café. Manizales era el centro, era el corazón alrededor del cual se movía como sobre un eje
el comercio de la zona.

De Chinchiná parte una carretera nueva, corta y segura que deja al visitante después de pasar el Viaducto de “la Medallita” en Manizales. La ciudad de noche es una gema engastada de luces que corren por sus dos avenidas a lado a lado. Nos recibió una neblina que bajó arrasante del Nevado del Ruiz
como ruana fría.
Pero la Dama no se resintió porque ya está acostumbrada al hielo y a la lluvia que bañó sus lomas.

Para nada
se nos quitó la gana
de ir hasta sus rincones alumbrados
y gozar de la música y la danza. La ciudad ha heredado de sus colonos paisas el amor que Gardel infundió en Medellín por la milonga, el tango y el vals porteño. Y fuimos a parar a “Tiempo de Tango”, un sitio en la 21 con 24. Un joven de cabellos luengos, José Fernando Villada, es su gestor y dueño. Ha congregado multitud de parejas en una Academia para practicar la cadenciosa y apretada ceremonia. Acaba de celebrar un año de creado el sitio y en él se encontraban siete parejas y algunos invitados. Amanda y Edilberto, Goya y Carlos Arturo compartieron con nosotros mientras descansaban del ejercicio lento pero medido por centímetros y compás en piernas, pies y cuerpos sobre la superficie tersa.

A la una de la mañana la luna se escondió y también nosotros bajo la sombra de las mantas y el calor de las manos y la sangre. A la mañana del jueves el sol estaba ardiente y caminamos, ella,
mi amada y yo, por el largo bulevar del comercio, cogidos de la mano. Era día normalito, pero las calles lucían atestadas de gentes alegres y solemnes, jóvenes y viejos. Cambiamos de hospedaje y nos refugiamos en el Hotel El Escorial, fundado en 1936, con bella fachada, pisos de madera, un comedor con techos colgantes de lienzos azules y nevados. Nos asignaron una habitación con árbol
que subía del segundo piso a besar la persiana de la ventana.
Por la tarde una potente lluvia que se mecía
como un bandoneón despelucado
nos acompañó hasta el almacén El Ley
que aún subsiste. Manizales es una ciudad moderna, señorial que guarda, sin embargo, cierto aire vetusto como las barbas de los árboles que cabecean desde Chinchiná al lado de los cafetales que ya dormitan.

A las 8 de la noche estábamos invitados a un concierto de dúo de tango.* Don Rodrigo Montoya ejecutaba la guitarra y su hija Alejandra, única bandoneonista colombiana, meneaba a Gardel en sus acordes. Miguel Santiago interpretaba Cuesta Abajo cuando llegamos al Auditorio de Comfamiliares en el Barrio Versalles. El calor de los asistentes, el sonido, y la cara de Alejandra fueron los condimentos que alegraron la audición en la noche de llovizna y tango en la soñada Manizales del alma.

Queda en el fondo del ser un sabor de Catedral, de faldas hondas, de Chipre y la melodía de la milonga “La bicoca” de D´Arienzo se va entre las teclas
de un tiempo de tango.

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