miércoles, 17 de febrero de 2010

A propósito de Antonio Villavicencio

Hola, Alfonso: Salud.

En estos días que se prepara América para la llegada a los 200 años de declarar la Independencia, han aparecido en Proclama dos interesantes y sesudos textos, productos de la investigación y estudio de Mario Pachajoa Burbano, asiduo colaborador en tu periódico.

Textos como estos nos dan una perspectiva real de los acontecimientos tan remotos y escondidos de los albores de nuestra Patria. Nos proporcionan elementos para una crítica fundamentada, para armar los hilos que tejieron nuestra frágil democracia. Nos explican esa intrincada telaraña que cuelga de nuestro pasado y no acaba de desprenderse de mezclas, sangre y odios. Españoles que hoy andan entre nosotros, colombianos que hoy andan por nuestros salones son tan íntimos y desconocidos.

Nos miramos al espejo todos los días, por no decir a todas horas, y nos creemos los auténticos. Y si examinamos de cerca nuestras sábanas donde dormimos, ahí están las señas de la parentela que no mienten.

Pachajoa está mirando con lupa y sin pañuelo en las narices esas señales históricas de hechos que han quedado en los libros de nuestra Historia Patria. Tan sólo de nombre se nombran los protagonistas y quedan como datos folclóricos entre las flores del florero. Tu colaborador ha ahondado y, por ejemplo, nos presenta a don Antonio Villavicencio con pelos y señales. Él tuvo una trayectoria y unos gestos que lo hacen merecedor de nuestro afecto. No era un granadino de cepa, tampoco fue un traidor a su gobierno. Fue un justo espectador y leal servidor para un pueblo del que ya era parte. No podrá catalogársele como una veleta que se acomoda al poder que viene ya de sotavento o de barlovento.

Gracias a Proclama por darnos la oportunidad de leer a este hombre amante de la historia, reconstructor de un mejor presente.

Un abrazo,

Leopoldo de Quevedo y Monroy

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