DE NEW YORK A BOSTON
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
…sigue nevando. Por la ventana panorámica del segundo piso de este Megabús directo, veo cómo se acercan miles de enjambres de polillas blancas. Se estrellan contra el vidrio y ruedan hechas hilillos de agua.
Quedan atrás, a nuestro paso sobre ruedas acolchadas el mar, New Haven, la Universidad de Yale, el Río Connecticut. A lado y lado nos miran asombrados seres que viven ocultos en los castillos chinos que forman los pinos y robles parados y helados sobre la vía. Los repetidos avisos nos acercan cada vez más a la ciudad donde nos esperan Poe y el cuervo brillante en la ventana frente a su cama.
Seguimos penetrando por en medio de árboles con manos de dolor por tanto frío. El paisaje, lo mismo que los pasajeros, es silencioso. La respiración apenas es suficiente para dormir porque el pecho está ansioso por la incertidumbre del la pertinaz nevada. Es difícil avanzar por la caída abundante de copos de polillas que nublan el horizonte a escasos metros. Sólo hacen falta los lobos que tiren la carroza sobre la gran pista de hielo que se ha ido formando, para que pensemos que estamos en una estepa siberiana. La nieve sigue haciendo su oficio de blanquear el cielo, el aire y las ramas con inexistentes hojas en los árboles. Los ojos casi se enceguecen y se congelan de tanto ver la sábana teñida de nívea pintura.
En el bus la calefacción y el abrazo de la amada no impiden que el corazón haga el contraste con su calor entre la bufanda, el suéter y la chaqueta abotagada. Miro a mis compañeros de viaje en este bus repleto y nadie parece preocupado por la dificultad en la carretera. Su conductor ha detenido el bus ya en dos ocasiones y ha bajado a revisar su estado.
La nieve ha engrosado su cuerpo y la visibilidad en la autopista disminuye. Por la superficie del vidrio escurren en retazos hojuelas congeladas. Adelante, cientos de carros avanzan pesadamente como un ejército cansado, lento, con cocuyos en la espalda.
Salimos de New York a las 11 a .m. y ahora son las 2:30 p.m. El horizonte afuera es espeso y como la nieve y hace difícil la tarea de los ojos, los motores y las llantas. El paisaje yerto y por trechos reina la nieve en el duro invierno. Praderas, techos de casas aisladas y entre bosques ralos y pequeños lagos, todo está cubierto por una capa blanca. Sin embargo, el sol, engaña a veces con sus rayos, y hace el guiño de salir por entre las nubes. A lo lejos buscamos un roto de cielo azul los viajeros que vamos a pasar el fin de semana de regreso a N.Y. Por entre el escaso verde de los pinos se vuela la mirada y, en el fondo, se ven casas y riachuelos con costras de hielo sobre sus pieles indefensas.
Son ya las 5:00 p.m. El clima ha cambiado pues la temperatura bajó intempestivamente. Vuelve a aparecer el hielo a nuestros costados, aunque un resplandor rosado, a modo de arrebol, se ve en el horizonte, anunciando que en Boston hará frío y viento cortante, pero no estará nevando.
Entre los pensamientos que viajan conmigo despiertos, bien calientes y anhelantes hay dos que me inquietan ahora que nos acercamos a este puerto con mar universitario. ¿Dónde estarán alojados los cuervos con sus picos gruesos? ¿Guardarán su graznido en la garganta y estarán bajo la cornisa de la ventana del mausoleo del Poe en el cementerio? ¿Qué pasaría con el fanático que por más 30 años vino a Boston con un ramo de rosas a depositarlo encima de la tumba de E. Allan Poe y este año, el día 19, los miles de curiosos –y el tataranieto del cuervo- se quedaron esperándolo en el 201 aniversario de su muerte?
29-01-10


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