lunes, 22 de marzo de 2010

EL AGUA, VIVO LÍQUIDO, ES REGALO DE LA NATURALEZA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Todos los días tenemos al Agua en nuestras manos y boca. Desde que nacemos esa ubre blanca no ha dejado de verter su inmaculado líquido. No sólo nos alimenta sino que nos limpia, nos refresca y llena los orificios que nos cubren y que pisamos. Nació el mismo día que la Tierra - que es su lecho -, de donde brota la veta de cristal dondequiera que hay vida. Ella luego se convirtió en dadora generosa de esa leche vital y transparente.

El planeta ha consagrado, cuando comienza la Primavera, el día 22 de marzo como celebración de este hecho singular. La Naturaleza tiene Agua. Decirlo ya es un alivio. La palabra tiene dos Aes. El Agua merece tener en su nombre esa primera letra con la que comenzamos a balbucir y que aprendemos a escribir. El agua se junta con la sangre de la placenta en el momento que nacemos y el cuerpo empieza a gustar ese hilo blanco que sólo sabe a vida y regenera los tejidos. Es el único alimento que no despierta dudas y al que acude no sólo el sediento, sino el enfermo, el sano, el inocente y el malhechor en invierno y en verano.

La raposa y todos los animales en el bosque, el sapo en el estanque y peces de agua salada, el león en el desierto y el ruiseñor del viento reciben también de esta madre tierna el elemento necesario para sus vidas. ¿Qué sería del ser humano, de las alimañas en la selva, de los árboles tutelares, de las flores de colores, del trigo, el maíz y el centeno que nos das el pan, de la vaca y de su hierba, sin su húmeda presencia y su inofensivo toque?

Las montañas diariamente dejan bañar su espalda por su mano, los guaduales la guardan en su seno, los cañones abren sus muslos hondos y dejan regar su entraña, las altas cumbres donde la virginidad existe es vagina no tocada y sede sagrada que jamás deberá ser hollada por aserríos ni por hombres desalmados. Los musgos que abundan en su lecho y el loto de hoja ancha y flor serán sus centinelas. El agua es mujer, y niña, es madre, abuela, es indefensa gacela de suave lomo y, como águila providente, nos da a beber su misma vida.

¿Quién no dará testimonio de la bondad del agua? ¿A quién le habrá hecho daño un sorbo, o un vaso o tan siquiera una gota? ¿Por qué, entonces, el agua cada vez es más escasa, por qué la persigue el maderero, el aserrador, el minero codicioso que arrasa con impiedad montañas y arboledas?

Como cualquier madre, de animal o ser humano, el agua seguirá naciendo en la fuente escondida en la gruta, en la sierra, en lugares escarpados o en las dunas del desierto. Ese es su Destino. Ser alimento elemental y necesario. Las cuencas cercadas de líquenes y flores y las manas solitarias seguirán haciendo su milagroso oficio de romper la piedra para que salte el borbotón de plata. Las gargantas seguirán pidiendo sedientas su paso vivificante y las raíces y rizomas succionarán el zumo que humedecerá sus tallos y sus follajes. Las rocas y montañas seguirán pariendo en verano o en otoño riachuelos que nos recuerden con sus ondas cantarinas que una Madre está en su lecho, virgen, esperando que la cuidemos agradecidos.

22-03-10 - 8:36 a.m.

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