lunes, 15 de marzo de 2010

LA NOCHE...

Por Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Norte

-Siempre me ha parecido que El Banquete, de Platón, es su diálogo más hermoso. Mira, no más: “¿Qué pensaremos de un mortal a quien fuese dado contemplar la belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de carne ni de colores humanos ni de las demás vanidades perecibles, siendo la belleza divina misma?”

-Sí, mi amor –le contestó él-. Algo semejante a lo que dice Confucio. Por favor, pásame Los Cuatro Libros Clásicos... Sí…oye esto: “Lo único verdaderamente perfecto, sin mezcla alguna de imperfección, es la ley del Cielo. El hombre debe esforzarse por descubrir en su interior esta ley del Cielo, que es la base y fundamento de todos sus deberes. El hombre perfecto descubre esta ley por sí solo...”

Ambos quedaron en silencio, atareados de inquietudes. Se había terminado la discusión sobre la jartera de Aristóteles y su montón de palabras inútiles, que eran de sofista, según ella. En cambio, admiraba a Giordano Bruno, su filosofía platónica, su tono hermético, la evocación que hacía del Asclepios y el desdén que sentía por el resonante estagirita.

El gato dormía en su cojín predilecto; parecía un ovillo de terciopelo y ronroneaba suavemente, sin importarle para nada esa conversación. Al fin y al cabo, los gatos no son filósofos; son seres prácticos, elementales, intuitivos, directos en sus planes y deseos; y después de haber comido un tanto se echan a dormir... Quizás sueñan con su mundo gato, su vida cómoda de contemplados, y con una que otra aventura nocturna. Y entonces decidieron imitarlo.

Se metieron en el lecho, apagaron la luz, y el resplandor de la lámpara se fue al silencio, a ese núcleo misterioso que ella creía era el origen de todos los seres. Siempre se acordaba, siempre pensaba en eso, cada que apagaba la luz. Era como si a través de ese simple fenómeno evocara múltiples misterios, tantas preguntas imposibles, miles de esas imprecisas cosas para hilvanar interrogantes...

Él se volteó hacia ella; la cama crujió un tanto, y puso su mano sobre el brazo derecho de ella. Las voces aún resonaban en el cuarto oscuro, y el aroma de los tintos repetidos no se había ido del todo. Ambos tenían esa costumbre. Leían y discutían un tanto, antes de bajar al limbo de los sueños... una costumbre que los atrapó desde sus primeros tanteos amorosos, y que, después, se tornó un rito necesario, tal vez un vicio inocuo, para prolongar sus vínculos comunes y retar los desaires de la existencia.

-¿Sabes? –dijo él-, los filósofos ya me están aburriendo. Son gentes frías, demasiado cerebrales... Tanta tinta en el papel, y nada de certidumbres; nada parecido a una sonrisa que llena al alma con dulzura.

-Cierto -contestó ella-. Después de leer más de cuatrocientas páginas de Heidegger, y salir con el cuento de que apenas va a comenzar a “predelinear” el problema del Ser... Eso es algo que no se puede soportar...

-Por favor, no vuelvas a empezar. Apaga tu voz, al menos hasta mañana –le instó él.

-Sí, pero es que uno se siente...

-Por favor –interrumpió él. Y le puso su mano sobre los labios; y ella esbozó una sonrisa. Después, poco a poco, disparó una risa grande. Se carcajeó de tanta cosa, de tanto pensar inútil, de tanta pretensión enredada entre los dos.

Él también rió. Parecían dos amantes que estrenaban la risa en el silencio, pero la noche no se sintió aludida con el alborozo. Ni las paradojas, ni las preguntas rotas, ni los balbuceos del saber, ni tampoco la risa, alteraban la gravedad de la noche lo más mínimo; alas negras y profundas habían cubierto las razones y los mundos.

El resucitado del patio se adivinaba por el débil claro de la ventana; quieto y extraño como la muerte, parecía una estatua de múltiples formas, tratando de abrazar el cielo. Ni un pequeño viento paseaba entre el frío; y el gato se desperezó, fisgoneó un poco por la ventana, pero no pareció husmear nada interesante, y volvió a su nido.

Ellos siempre habían dicho que la noche es el borrador de la existencia, el último recodo adonde vamos todos, sabios e ignorantes, a deshacernos del miedo, de la alegría, del afán y preocupaciones febriles... La noche es como el himno del no-ser, el sarcófago donde el sueño subyuga los sentidos, decían. Y así debe ser la muerte, pensaban: una noche total, la vacuidad sin nombre, sin habitantes ni voces bajo el firmamento.

Entre tanto, la respiración lenta y sosegada de ambos era el único testigo entre la nada. Un peso de hierro había caído sobre los párpados de los durmientes, y el sol demoraría cuatro horas más, por el oriente, para abrir el cielo y alumbrar el resucitado y las piedras del patio.

1 comentarios:

  1. Se vé que no has leído lo poco que quedó del auto de fe al que Platón y sus secuaces condenaron la obra de Demócrito y Epicuro!!!

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