domingo, 7 de marzo de 2010

MEDITACIONES PROHIBIDAS


Marco Antonio Valencia Calle
Presidente Consejo Nacional de Literatura

El candidato levanta la mano y comienza su oratoria como si fuera una plegaria para corazones inocentes, blancos y limpios. Mientras a su lado un niño come su helado de chocolate compartiéndolo con su madre, una rubia de minifalda y labios carnosos, que lame y ronronea como gatita en celo. El candidato sonríe y frente a él, un caballo blanco se desboca por el parque saltando sobre la banca de los ancianos jubilados como un perro sobre las flores. El candidato dice que ha llegado la hora del cambio y su voz quema la tarde, y arden los bosques, y su lengua de fuego carboniza y redime la virtud y la paz, el amor y las angustias de todos los días, de todos los hombres, de todos los mundos. El candidato jura por algún dios alguna cosa, y al tendero de la esquina se le pone la piel de gallina, se estremece y se desmaya.

El candidato ofrece sus manos y saluda a uno por uno, para aliviar y sanar la desesperanza de los desesperados. La gente siente el picotazo de las horas perdidas frente a su discurso pero se resignan a nadar emocionados en los ríos de sus promesas, a recibir la sal endulzada de las palabras que alivian sus males; mientras que una niña de trencitas con un girasol amarillo entre las manos, lagrimea sin más razones que el dolor de los recuerdos.

El candidato tiene un jingle que se escucha por valles y montañas desde un auto parlante con bafles en el cielo. Una señora de arrugas bajo la mirada escucha el estribillo de la campaña, se rasca la cabeza y desvía el rostro hacia la catedral imponente para santiguarse. “Estos hombres van tirando de las ilusiones de los pobres como náufragos sin remos frente al mar”, piensa, y besa las manos del candidato como si fueran las de un cardenal de esos que sanan con decir “sana que sana colita de rana…”

El candidato sonríe y su sonrisa llena el estómago de los desposeídos, da paz a los hambrientos y alivia las heridas de los que viven en el país de las esperanzas. Su sonrisa comunica, llena de entusiasmo las hormonas, aleja los enojos y excita a los enamorados.

El candidato dice lo que dice, y todos le creemos. Tenemos confianza en su palabra, en su dignidad, en su honor, en su sonrisa y en sus gestos. Sabemos que le duele lo que nos duele, que sufre lo que sufrimos, que tiene familia que espera como los que esperamos. Sabemos que llegará al cielo primero que nosotros, pero que luego, como un Santo, intercederá a la luz de nuestras oraciones, para abrirnos contratos en el infierno o trabajo en el purgatorio, o como mínimo trabajará para darnos alguna ley milagrosa que permita acercarnos el país de nuestros sueños. Sabemos que no nos dejará morir en la indiferencia, en el olvido, en la tristeza, en la desolación… El candidato se va, y nuestros corazones quedan boyantes de felicidad. Su publicidad desparramada por el piso nos recuerda que la basura de las ideas está en otra parte, que sus palabras encarnan la justicia, la verdad y el progreso; que tenemos que votar por su partido, por su número, por su nombre.

El candidato se va, el hipnotismo pasa, y entonces recordamos que tenemos pendiente un beso con la mujer que amamos… y que de regreso a casa hay que comprar una bolsa de leche, mil de pan, y un hueso al perro que nos lame los zapatos.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada