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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
Cansado del avatar del día y dejándome ir por la voz de una sirena anónima decidí refugiarme en las alas de la música en la Sala Beethoven de la ciudad que fundó el español Belalcázar. La invitación decía: Mendelssohn, Chopin, Juan Antonio Cuéllar y Silvestre Revueltas van a estar presentes y caminarán de la mano del maestro Juan Felipe Molano.
¿Quién dijo, acaso, que en épocas de crisis y confusión la gente se encierra o sale a nadar en ron o se recuesta a fumar y a echar volutas al desgaire? La Sala estaba llena. Sí, bastante gente mayor, pero también bastantes jóvenes. Yo me senté ansioso en tercera fila y poco después sentí a mi lado a una pareja de tórtolos que me confesaron venían llamados por la misma voz a este concierto en el centenario del nacimiento de ese genio que se apellidó a si mismo como Chopin. No sabían de música ni el nombre del violoncelo y ni del contrabajo, pero un fuego interior los trajo en volandas justo a la hora que comienza a abrigarnos la tiniebla.
Al punto que sonó el tercer timbre hasta la respiración quedó en silencio para que hiciera su entrada el joven maestro mexicano Juan Felipe. Afuera quedaron las preocupaciones terrenales y el escenario mudó para convertirse en Odeón celestial donde sólo había diosas, dioses con instrumentos de sonidos ultrasiderales. Ante la concurrencia apareció la figura de Mendelssohn y nos cantó en medio del rumor de olas dentro de una gruta virgen y de los ecos contra los acantilados, la obertura “Las Hébridas”.
Era un preámbulo al Concierto en fa menor para piano que Chopin vino a ofrecer por mano de la Orquesta Filarmónica de Cali. Parecía una escena grandiosa en la que se manifestaba el amor apasionado y majestuoso. Parecía una marejada de sensaciones enviada a los cuerpos que, extasiados, observaban los movimientos imperceptibles a los no iniciados. El piano fue el rey entre cornos silvestres, delicadas flautas, 22 violines dulces y semidulces y dos serios contrabajos. El maestro caraqueño Arnaldo García hizo de serafín en esta visión casi divina con los arpegios, y altos y sostenidos acentos. Qué fruición, qué solaz, similar a un sueño plácido o a un baño de aromas y de aceites con la amada.
La serenata de melodías terminó con ocho “miniaturas” colombianas pintadas por el maestro Cuéllar con penachos de aves saraviadas, con caras y bailes de aborígenes chibchas bailando en la sabana fría y entre alegres sonidos del pasillo bogotano. Hizo con luna La Noche de los Mayas, la suite alegre el maestro mexicano Revueltas que pidió prestados coreografías de amplias plazas y coloridos aires de la raza azteca con la alegría típica del corrido y el danzón de pueblo.
El público salió de su hipnotismo sano cuando el maestro Molano lanzó de su mano el último compás. El alma quedó plena y el cuerpo relajado. Dos horas fueron suficientes para que el corazón, las venas y los músculos quedaran exaltados con la energía que trasmite la música llegada del universo donde reinan los astros, el aire puro y la belleza.
http://www.youtube.com/watch?v=gIg_SacaT40
07-03.10 10:45 a.m.

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