sábado, 27 de marzo de 2010

“PRELUDIO A LA SIESTA DE UN FAUNO”
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Los poetas pintaron en nuestra imaginación a los faunos como unos seres míticos que vivían a las afueras de las campiñas, reinaban sobre los campos y cultivos y con su canto protegían a las ovejas y las vacas de los lobos. Decían que tenían cara, cuernos y cascos de cabro y cuerpo de hombre, que eran muy finos y amigos del agua, las flores y las ninfas. Les añadieron la facultad de vaticinar el futuro por medio de los sueños.

El impresionista Claude Debussy se interesó por la actividad de uno de los faunos y con su imaginación musicalizó una escena preciosa que describe a un coro de ninfas y faunos tocando sus zampoñas, sus avenas y sus cuernos a la hora en que el fauno mayor se recuesta sobre la hierba para echar a volar un sueño en el sopor del medio día.

El miércoles pasado, en uno de los conciertos de temporada la Orquesta Sinfónica Juvenil, dirigida por el joven maestro costarricense Esteban Rojas, puso en escena esta hedónica danza, inspirada en un poema de Mallarmé. La Sala Beethoven de Cali en la penumbra y ante el público expectante empezó a observar a los 49 jóvenes de la Sinfónica que elevaban por los aires de la campiña mantuana el lírico juego de sonidos.

http://es.wikipedia.org/wiki/FaunoPál Szinyei Merse

Unas ninfas fueron apareciendo con violines y flautas por entre álamos y olivos. Avanzaban en puntillas porque el fauno se estaba despojando de su vestido de hojas secas y zarcillos florecidos. Se hallaba satisfecho y cansado de su labor de guardabosque, ya había comido frutas y bayas y había bebido vino. Se sentó junto a una piedra que le serviría de almohada y allí puso sus cuernos y su barba. Acomodó su cuerpo, distendió sus miembros y puso sus pares delanteros bajo la cabeza. Dejó que las notas de los clarinetes, de las violas y contrabajos entraran por sus sentidos. El corno ordenó a los vientos, a las ramas y a las guacharacas que callaran sus gargantas. Nada más propicio para darle la bienvenida al sueño.

Las ninfas con sus vestidos blancos y rojos bailaban casi sin tocar la tierra con los violines que acariciaban sus barbillas. Otros faunos menores situados en semicírculo rozaban las cuerdas de los violoncelos con sus dedos y sacaban del fondo de sus abultadas barrigas unos sonidos quedos y solemnes. Miraban de cuando en cuando al fauno blanco en su iniciada siesta y trataban de cerrarle sus ojos con el suave toque del silencio. Apenas si sonaba la melodía. Los instrumentos parecían andar en puntillas también pues sólo querían acompañar a Morfeo en su oficio de proporcionar la medicina que produce el sueño.

El fauno se fue quedando quieto y su casco derecho quedó encima del izquierdo. Una zeta gigante se elevó desde su boca por los cielos de la campiña y hasta los pájaros silenciaron sus picos para no despertar al protector del campo y la selva inmensa.

La Sala Beethoven estaba absorta viendo cómo el fauno había quedado extático y dormido durante el eficaz Preludio. Las últimas notas del concierto quedaron suspendidas en el viento con alfileres muy finos. No fueran a caer y despertaran al guardián del bosque y de los sueños. Sólo un cuarto de hora duró el espejismo en este oasis del tráfago de la vida.

26-03-10 - 9:35 a.m.

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