José López Hurtado*
Claro que el régimen chavista ha interferido en la política colombiana, en mayor o menor medida, como también lo hizo recientemente en Perú, en Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Es un viejo libreto. Y así como se siga desmoronando internamente, en esa misma intensidad, seguirá afectando la política de sus vecinos y asfixiando, para lograr sus propósitos, los canales de expresión ciudadana disidente al interior de sus fronteras. No tiene otra alternativa diferente a la de maquillar sus propios miedos e inventar enemigos, como respuesta a una situación que el propio sistema ha hecho insostenible.
Expropiaciones, cierre de medios de comunicación, persecución y extrañamiento a disidentes políticos, son los síntomas inocultables de un estado de crisis que sólo el venezolano conoce y está viviendo en carne propia, y que afuera apenas comienza a advertirse en sus rasgos más dramáticos.
Las voces cada vez mas organizadas de la oposición denuncian una traición al pensamiento de Simón Bolívar. Por el contrario, es el ideario de José Tomas Boves el que se está reproduciendo con tantos dementes desvaríos, dicen.
La repulsa que provoca Chávez y sus métodos, como un cáncer, está haciendo metástasis entre los más allegados al entorno presidencial y los testimonios de quienes han apostatado del credo chavista, son significativamente reveladores.
Eugenio Vásquez, ex presidente del Banco Central, Carlos Rotandaro, ex ministro de Salud, Ramón Carrizales, ex vicepresidente de la República y Ministro de defensa, General Raúl Baduel, que apoyó en su momento el golpe, hoy en la cárcel, son ejemplos esclarecedores de los despechados de la revolución y que Chávez intenta inútilmente ocultar con sus despropósitos y afrentas externas.
Hasta la propia iglesia: el sacerdote José Palmar, entrañable amigo del dictador, denunció las extravagancias del régimen-, ya comenzó a tomar distancia de la satrapía instaurada hace 10 años. Por eso, resulta francamente premonitoria la “Declaración de Maracay” de 2000, firmada por Yoel Acosta, Jesús Urdaneta y Francisco Arias, compañeros de Chávez en el golpe militar, cuando en sus apartes señaló que “una revolución liberal, democrática y participativa”, se deformó en manos del presidente.
Perfectamente aplicable al caso la obra de ficción-política de George Orwell, “1984”, en la que critica: “No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura”.
Dejamos abierto ese paréntesis, que debe llenarse con un sesudo análisis, para aplicar el pensamiento orwelliano a la aguda situación que vive el pueblo venezolano. Como anillo al dedo.
*Analista Internacional, Colombia.

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