lunes, 19 de abril de 2010

EN EL VATICANO SE AGITA EL
BADAJO DE LAS CAMPANAS

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano


En toda parte se cuecen habas y hasta en el Vaticano Hans Kung saca los trapos al sol. Las noticias malas no las pueden tapar ni las oraciones tan efectivas a un dios lejano ni las corazas de la guardia suiza las pueden frenar. Si se vio a una papisa un día gobernando la grey divina ¿por qué no admitir que los míseros hombres de barro son de la misma carne del filósofo pagano que dijo: “Nada de lo humano me es ajeno”?

Ya por siglos se ha querido mantener cerrada la puerta del cuarto de san Alejo en la Iglesia. Allá se han escondido hazañas non sanctas de los curas de misa y olla, de obispos y cardenales. Sus culpas y sus deslices son tantos y tan impíos que ya Alejo no aguantó más el rebrujo. Tantos sapos, sabandijas y dromedarios no podían pasar por el ojo de la aguja. El pueblo ingenuo y callado no podía sufrir más en silencio. En sus rodillas no quedaba un milímetro más para callos de engaño e hipocresía.

Tantos niños, niñas y mujeres en cinta marcados por el sello de la ignominia en sus cuerpos, semejaban un ejército herido en batalla en larga fila sin jefe y sin menaje. Cargaban sobre sus espaldas el baldón del ultraje y debían callar para no ofender la falsa dignidad de los prelados. Se valieron de la sotana y de su poder emanado de fuerzas divinas para atormentar con la tortura del silencio a estas desafortunadas almas en pena.

Cuántos curas, monseñores, representantes de la justicia divina no murieron en olor de santidad con su gusanito vivo en la conciencia. A los ojos de los feligreses eran dechado de virtudes y eran protegidos por sus pastores, a pesar de que sabían de qué plato comían.

No sé si existe todavía la “sagrada” Congregación de la Fe, o si se acabó, como la del Santo Oficio. Lo que sí sé es que hace mucho tiempo la “santa” Inquisición persiguió a las mujeres que llamó brujas, quemó a los sabios y a los rebeldes que no creían en las escrituras sagradas. Copérnico fue una de las víctimas del enfermizo celo de la Iglesia de aquellos deplorables días y debió contradecir su hallazgo de que era la tierra la que daba vueltas y no el sol sobre ella. Hoy sabemos que la teoría antropocéntrica fue el paradigma del que salió el Renacimiento y dominó hasta el presente.

¿De qué le sirvió a la Iglesia la experiencia de tamaños errores que cometió si hoy sigue queriendo tapar el sol con su mano cerrada para no dejar ver lo que sucede bajo las sombra de la sotana? El enemigo de la verdad no está lejos, en el modo de pensar de otras religiones. No. El enemigo está en casa, junto a los altares. En los palacios diocesanos que trasladan y esconden a los implicados. En los seminarios, en las parroquias, en los colegios regentados por religiosos que se valen de su pretendida autoridad para cometer las atrocidades que ahora sacuden al catolicismo en EE.UU. a Europa y que rondan nuestras ciudades.

Hace falta que un Concilio “aggiornado”, como el que trajo vientos de esperanza al mundo con Juan XXIII, repiense tanto aparato y andamiaje insulso e instituciones seculares que no han contribuido a la santidad sino al desenfreno de los miembros más cercanos a los “misterios”. ¿De qué le ha servido al ministerio sacerdotal el celibato sino para dejar al descubierto la sacrosanta necesidad de reconocer la unión de los sexos del hombre y la mujer que bendijo el creador el día que demandó de Adán y Eva que comieran con sus sudores el pan de cada día? De lo contrario, seguiremos escuchando que los badajos siguen dando golpes contra los cuatro flancos de las campanas haciendo temblar los templos más que un terremoto o un tsunami.

06-04-10 - 19:44 p.m.

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