LA EDAD SIEMPRE JOVEN DEL LIQUIDÁMBAR
www.flmnh.ufl.edu/.../swampwoods_leaves.htm
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
La Naturaleza es un espejo mágico y real en el que poco nos miramos los humanos. Preferimos la cara plana del cristal con su espalda de azogue en que se miraba la bruja aquella y todos los días se burlaba de sus arrugas y dientes rotos. Naturaleza todos los días tiene cara nueva aunque estemos en el trópico o gocemos de las luces de la primavera, o del cortante frío en el invierno o nos contagie de melancolía la caída de las hojas del cuerpo de los árboles o nos azote el hervor del sol en el verano.
Tanto la quebradiza mujer como el macho fuerte sufren por ver cómo su piel y sus facciones van cambiando como la serpiente sus escamas. Va decayendo la lozanía, la frescura y los colores se van debilitando. De nada valen aceites, perfumes, cremas hidratantes. La edad es mazo implacable que va macerando las carnes más apetitosas de la fémina y los bíceps en el antebrazo del varón. Los años son guerreros impíos que bombardean miembros, pecho, glúteos y vísceras con virus, pecas, celulitis, eccemas y parten huesos como un perro de presa sanguinario. Y el humano se duele y se acongoja y cree que su energía se evaporó y que ya nada debe esperar sino la muerte o la compasión. Teme mirarse al espejo para ver su testa sin tejas y la exsonrisa de Cupido que se escurre entre los labios.
Desde que conocí hace años al liquidámbar de hojas aristocráticas supe que existía otro espejo vegetal en el podría mirarme y que podía curar el mal de arrugas de la pobre viejecita. El primer mundo, EE.UU., Canadá, Argentina, Chile lo tienen en sus prados y avenidas. Bogotá lo recibió como regalo hace poco tiempo y ahora luce su guardarropas verde en los días fríos y lo va cambiando con el sol y el paso de los días. Durante mi bachillerato recogía pétalos y hojas curiosas y los ponía romántico entre las páginas de libros y las revisaba cómo dormían como entre sábanas sin perder sus líneas ebúrneas o violetas. Hoy conservo aún esa manía de agacharme para recoger y palpar y guardar en mi billetera esos espejos de frescura inagotable, sean de olivo, liquidámbar, o del canelo de Girón.
La hoja de liquidámbar para mi es como un fetiche artístico. Me cautiva su forma angulada, sus cónicos picos y sus venas pronunciadas. Parece diseñada por el Sarto o por Da Vinci o por la ternura de Fra Filippo Lippi. Pero, no. El liquidámbar nació de la madre tierra un día que tenía frío y salió de su vientre, verde y tiritando por sus puntas. Son como cinco puntos cardinales a los que dirige su canto y su mirada: al sol, a la luna, al viento, al agua y a las nubes.
En su primera edad, en Primavera, su cara es verde, al llegar el otoño su verde es más intenso. En el corto tiempo de su vida en el transcurso de un año, madura y se pone de color naranja, luego rojo y ya por el suelo, lejos del cuerpo en donde nació, su color se vuelve amarillento u ocre. Tengo a la vista dos muestras secas, mas no hirsutas ni quebradizas sino dóciles al tacto, con su tallo y sus huesos flexibles como quinceañera. Ella no hizo dietas, ni fue al gimnasio ni se enfermó de gripe, aunque pasó las noches a la intemperie.
Hoy reposan en mi mesita de trabajo para recordarme que mi piel, mi corazón, mis uñas y mis tendones son elásticos, que mi cabello es joven pese a que ha cambiado su color a blanco y mis dedos a veces no obedecen. Pero mi osamenta está erguida y mi mente es verde y lapislázuli.
04-04-10 - 11:41 a.m.


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