domingo, 25 de abril de 2010

URIBE - SANTOS: ¿CRIMEN Y CASTIGO?

Popayán, 25 de abril de 2010

La tarea principal en Colombia consiste en derrotar a la mafia criminal incrustada en el Estado y el gobierno. Una vez se dé ese paso -que es de vida o muerte-, podremos avanzar en restituir la legalidad institucional y construir verdadera democracia. Si se olvida esa perspectiva nos perdemos.

¿Cuántos hechos más tienen que descubrirse para que seamos absolutamente conscientes del grado de criminalidad a que ha llegado la cúpula uribista? Si se han atrevido a hacer montajes (“falsos positivos”) contra presidentes de países vecinos… ¿de qué no serán capaces? Si han atentado contra la Corte Suprema de Justicia… ¿qué no estarán planeando para evitar su “hecatombe electoral”?

Los crímenes cometidos a la sombra de la “seguridad democrática” y la “lucha contra el terrorismo” son de tal naturaleza, gravedad y extensión, que ni siquiera la imaginación más prolífica nos puede acercar a esa realidad. Lo que ha salido a flote sólo es la punta del iceberg, no lo dudemos. De allí la peligrosidad del momento y la responsabilidad con que se debe actuar.

Algunos me calificarán de alarmista, exagerado. Sin embargo, sólo cuando imaginamos lo peor, cuando extrapolamos las variables en juego, es cuando podemos construir juicios de valor o referentes serios para medir nuestros actos. El ejercicio de prevención siempre exige proyectar situaciones extremas para diseñar con acierto las soluciones adecuadas.

El presidente Uribe necesita cubrir sus delitos e impedir el castigo social, político y penal. Eso explica su obsesión. El aparato criminal debe ser de dimensiones asombrosas. Los niveles de corrupción e intereses en juego involucran sectores poderosos y mafias peligrosas. Es un monstruo de mil cabezas que produce escalofrío y verdadero terror.

Dos tipos de conductas predecibles aparecen en la mente de quienes hasta hace menos de 2 meses se sentían invulnerables: aceptar la realidad y tratar de salir bien librado o, la de ser vencido en su ley. Conociendo el tamaño de los crímenes y la mentalidad de Uribe y compañía, es claro que la segunda es su única opción. No venció a la Corte y no pudo elegir fiscal de bolsillo, y eso lo tiene nervioso. Son visibles sus preocupaciones y la tensión que sufre. “Él sabe lo que le viene pierna arriba”, diría un paisa con ironía.

Siguiendo el ejercicio podemos prever algunas formas de evitar su derrota: el fraude, que ya fue probado el 14 de marzo. Un conflicto bélico con Venezuela, muy difícil de orquestar. Un magnicidio, que sería contra Mockus y presentarlo como obra de la guerrilla. O, un “falso positivo” contra el candidato “verde” para quebrar su credibilidad. Todo es posible, en Colombia la realidad va más allá de la ficción.

Por ello los demócratas no nos podemos equivocar. Que el calor de la coyuntura electoral no nos lleve a perder el juicio. “La unión de las fuerzas sanas de la Nación”, consigna planteada y olvidada por Petro, sigue siendo necesaria. Así tengamos algunas reservas frente a políticas de los “verdes” (economía, laboral), es nuestro deber apoyarlos, “empujarlos”, comprometerlos a convertir la “legalidad democrática” en verdadera lucha contra la mafia, atacar la corrupción en todas sus modalidades, fortalecer la participación y la veeduría ciudadana, acabar con la politiquería y el clientelismo.

Quienes afirman –alegre e irresponsablemente- que Mockus es igual a Santos, parecieran olvidar la historia de Colombia. Historia de muerte y de mentira, de crimen y fraude, de olvido e inconsecuencia, de estrechez y sectarismo. Historia que nos duele y que no podemos repetir.

Postdata: No faltan los fundamentalistas de siempre. Ahora, los “verdes” se convirtieron en el principal enemigo de la “izquierda”. Un nuevo tipo de polarización empieza a ser estimulado desde la sombra: “Santos apoya el Metro de Bogotá”, “Mockus quiere acabar con el Sena”. ¿Quién orquesta esa nueva “onda”? ¿Los extremos se juntan?

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