EL BÚHO AHUMADO DE MI BIBLIOTECA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Caterín, mi hija mayor me trajo hace días de regalo un pájaro mudo. Ella sabe que me gusta oír el silencio y degustar la sabiduría de los búhos. Desde que llegó, descansa sentado junto a una centena de libros y lo tienen desvelado. Ya tiene los ojos amarillentos y le llegan casi hasta la nuca de tanto mirar y no cerrarlos. Pasa las noches leyéndolos sin vela y de día cuida el tesoro que reposa dormido con sus páginas plegadas.
Ha escogido el rincón de la izquierda, abajo, en platea, en lugar de preferencia. Recuesta su cuerpo algo mullido sobre el regazo dulce, con olor a abeja y lirio blanco, de Emily Dickinson. Si estira un poco el ala se encuentra con Cicerón que diserta sobre la sabiduría de la vejez y la lealtad en la amicitia o le recita al oído cano los recios párrafos contra Catilina.
A veces voltea su cola corta para repasar Una historia de la lectura de Manguel con las ilustraciones más sorprendentes de un libro tan erudito. Hacia la mitad de esta hilera está Safo con Catulo y, para variar, al lado hay un libro de Liliana Weinberg sobre El Ensayo que hojea con frecuencia. Pasa las horas meditando sin decir una palabra. Se le nota por qué no se separa de este lugar. Por algo la gente que me visita debe saludar con su mirada al nocturno pajarraco que siempre tuvo fama de sabio y estudioso.
He querido averiguar de qué paraje o nacionalidad es esta ave peregrina. No sé desde qué árbol gustaba alertar con su grito de barco ronco por la noche a los escribidores y copistas. Su oficio era ese, no lo dudo. Su torpe vuelo y su nula capacidad para viajar sobre mares y horizontes hacen propicia su propensión a la quietud sobre las ramas leyendo hojas y hojas, tal vez, de sándalo, robles, cinamomos o mortiños. No sé cuántas verdades y secretos guardará en su inteligente mollerita. Su discreción lo impide.
Hoy he pasado a su lado y me conmovió su boca cerrada y sus ojos escondidos entre las cejas y el hondo vórtice de sus ojeras. Da la impresión que tiene una vida plácida, alejada de su parentela y cerca de otras hojas que todavía huelen a la madera de los bosques. De día se acurruca en el rellano de la biblioteca donde vive, detrás de la puerta de entrada al apartamento, con relativa sombra, para cubrir su modestia y no herir su continente serio ni su mirada huraña.
De vez en cuando le regalo material para que se distraiga. A El malpensante, libros de Villón, Francisco de Quevedo, García Lorca, a Baudelaire, Meira Delmar, Marga López, Matilde Espinosa, José Antonio Vergel, Javier Zamudio, Lizneira Roncancio, Luis Carlos Bermeo, Carilda Oliver, Laura Victoria, Rilke, Mejía Vallejo y por supuesto, de nuestro infaltable García Márquez. Le he comprado hasta gramáticas y diccionarios de griego, latín, inglés, francés y ruso. Voto a que no se vaya a contagiar de este temblor que me empieza ya en las manos o le aparezca el alzheimer dentro de su cocorota.
A dos líneas de terminar esta cuartilla, casi me arrepiento de haber sacado de su anonimato voluntario al cegatón y cuasitorpe búho leelibros. Todo sea por hacerle un minúsculo homenaje.
25-05-10 - 10:47 a.m.


Había ya la cigarra de Platón, el tábano de Sócrates, la abeja de Mandeville, la mariposa de Fourrier, la tortuga de Zenón, el asno de Buridán, el gato de Montaigne, el lobo de Hobbes, el león de Maquiavelo, el calamar y el zorro de Gracián, el orangután de La Mettrie y Diderot, el puerco espín de Schopenhauer, la lechuza de Hegel, lavaca de Nietzsche..., y ahora el búho de Quevedo y Monroy; los ojos del pájaro de Minerva brillan sobre los fuegos apagados de la Historia -la sabiduría llega siempre demasiado tarde-, pero en tiempos tenebrosos nos prestan sus luces perspicaces: a veces más vale bestiario a la mano que pájaros volando!!!
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