Respeto por lo público
Por estos días de campaña política escuchamos muchas frases para conquistar partidarios en sus candidaturas. Y uno de los temas favoritos es el respeto por lo público ¿Pero acaso sólo los dineros del erario público es lo único que debemos respetar?
Hace unos días en una discusión sobre tal o cual candidato, un amigo hablaba con gran desfachatez sobre “el respeto por lo público”, sin darse por aludido que su vehículo, todos los días de Dios lo encarama al andén interrumpiendo el paso de los peatones. Hablamos mucho y practicamos muy poco. Infortunadamente en materia de infracciones a las normas de tránsito las mismas autoridades son quienes más las infringen. No es sino observar los vehículos oficiales: el del Señor Alcalde o sus secretarios. En cualquier sitio estacionados. Hasta encima de las señales de prohibido parquear. Usted amigo lector, cuantas veces viola la ley, descaradamente afirmando: “las mujeres y las leyes son para violarlas”. ¡Vaya, vaya, que desvergüenza más grande!
¿Acaso no hemos contemplado con ira e intenso dolor a los mismos policías transportándose sin casco en sus bulliciosas motos? Y los aprendices de policías (bachilleres) dos en una bicicleta y en contravía como anticipo de un mal comienzo.
Las normas de convivencia no existen en las ciudades y el respeto por lo público se ha perdido. A todo nivel hay incivilidad. Estudiantes grafiteros que escriben en las paredes que son públicas. “Las paredes y murallas son el papel de los canallas”, reza una frase célebre, pero muerta.
Todos somos transgresores: peatones, conductores, motociclistas, ciclistas, agentes de tránsito, autoridades civiles y eclesiásticas. El peatón que utiliza la calle como si caminara por el patio de la casa; el motociclista que hace zigzag con su estruendoso aparato; el sacerdote que trepa el vehículo de la curia en el atrio de la iglesia; el pasajero que rompe el cojín o raya la buseta con vulgares escritos. Todos por igual, somos animales sin ley.
Desde luego, no tiene perdón de Dios, ni del pueblo, quien hace uso indebido de los recursos públicos que son de todos. Abusar de la confianza para apropiarse de los dineros es aumentar el bolsillo particular, pero a costillas de las necesidades de los pobres.
Este, sin embargo, es sólo el punto de partida, porque son muchos los aspectos de la vida cotidiana donde priman la indiferencia y la agresividad. Ejemplos cotidianos de esto son las malas conductas en el tránsito, la falta de cuidado en la higiene de los espacios públicos o la falta de respeto a la tranquilidad de los vecinos. Se trata de actitudes que afectan la calidad de vida de los demás y la propia, generando gastos públicos financiados con los impuestos que todos pagamos. Para solucionar este problema cultural hace falta detenerse a pensar en el sentido de las conductas antisociales que tenemos a diario, a veces sin tomar conciencia y otras por falta de preocupación por el cuidado de los bienes públicos.
Especial para PROCLAMA DEL NORTE.

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