viernes, 7 de mayo de 2010

LA POBREZA ES UN DIOS EN HARAPOS

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com
Bajo la jaula
pica la torcaza
las migas del canario.
 
Fernando López R., colombiano

El ser humano, pensaron los existencialistas, es un ser-ahí, una brizna en invierno, un harapo raído, un polvillo sobre la mesa, casi nada, una mosca que ahora estorba y luego vuelve al basurero de donde vino. Las definiciones son lánguidas, de desenfado, crueles y, tal vez, tienen mucho de impías. Los humanos somos, cada uno, un soplo, llenamos un micro sonido del universo. Un pterodáctilo no se molestaría en mirarnos para temernos o atacarnos.

¿En dónde caben, entonces, la soberbia del hombre, la vanidad de la mujer y las pataletas del niño? ¿En dónde las ínfulas de inteligencia, de riquezas o de malignidad de la gente que anda por ahí ufanándose de su Dinero, de su Suerte o de su arrugado ceño? ¿O, en dónde quedan los lamentos, la angustia y la envidia de quienes Fortuna les ha negado su sonrisa y sus dones?

Cuando la necesidad y la inseguridad nacieron en la vida de la sociedad humana también aparecieron sobre su cabeza los dioses y diosas para calmar esa sed que causa el no tener algo, o el peligro. Llegaron en Limusina la Riqueza y el boato, las fiestas y licores, las comidas y brazaletes y gorgueras. Llegó también, como espejismo de un oasis, la voz de un ser del “más allá” que prometía el perdón por las insanias, el premio al sufrimiento y el sucedáneo de la Felicidad que nunca se tuvo. También en carreta de despojos llegó la pobreza vestida de cartones con perro de compañía. Aparecieron idolillos disfrazados de sabiduría, de poder con cetro y zancadilla y otros, vestidos de sátiros o de lambones.

Cada quien escogió su dios o su idolillo y para siempre se casó con él y lo guardó en su cofre, donde nadie más a disputarlo se atreviera. Allí uno a otro, humano y talismán entre su carne se juntaron y adoraron. En un pacto secreto juraron no separarse y defenderse para siempre. Es la historia de ermitaños, ricos, divas o actores, pobres, sensatos, ingenuos, procaces y cobardes.

La Riqueza, la Pobreza, la Banalidad, el Desenfreno, la Barbarie, la Ambición, son dioses cubiertos con el barniz de la humildad y la oración. El pobre amará su covacha y su mano con hollín. No le importará si hay pavimento, baldosa o barro a la entrada de su cubil. Mirará al que se baja del coche y alargará su mano por si le escurren un centavo. Dirá, sin meditarlo, dios se lo pague, y regresará a su cueva y se abrazará con su dios de mugre que guarda bajo la estera en que duerme. El rico avanzará sobre ruedas, llegará a su palacio y se abrazará con su dios en la mesa de caviar y chardonnet y soñará en cama dorada que ha llegado a la gloria.

Qué de dioses andan por este mundo inverosímil. Todos hablan del suyo y en su nombre bendicen y maldicen, rumian y asechan. Pero en el cofre sólo hay el propio que abre su boca y sonríe.

23-04-10 - 11.41 a.m.

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