sábado, 1 de mayo de 2010

LIMPIOS Y DIGNOS PARA LA PARTIDA

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Difícil ver hoy una película de arte, descansada, gratificante. Generalmente las cintas que nos llegan del país del norte son las que llaman de acción. Con explosiones, tanques, camuflados y hasta con minas. De ese menú estamos hartos.

Por eso, me sorprendí hace meses cuando la bella Indrani, nos sacó de su caja de recomendadas, el video original de la película Departures y nos aseguró que era hermosa. No nos quiso adelantar ni un sólo detalle.

Yojiro Takita nos trae una historia, que bien pudo suceder en cualquier capital olvidada de provincia. La orquesta en la que el muchacho Daigo Kobayashi tocaba el violoncelo había sido disuelta por falta de patrocinio. ¿Qué hacer? le dijo a su novia. – Es mi pasión pero debo sobrevivir y no quiero salir de mi ciudad. Y acudió al más fácil de los recursos. Mirar en los clasificados del periódico de un pueblo no tan cercano.

Lo recibió en una oficina vacía la secretaria, ya experimentada en el conocimiento y técnicas del oficio que ofrecía el dueño, espléndido y nada misterioso. Éste le dio un generoso adelanto de su sueldo y le prometió grande suma para su futuro. – ¿Qué oficio será, algo peligroso o ilegal? Debía servir él de modelo para experimentar en si mismo el servicio que ofrecería. Y así, llegó la noche prometida en que debía probar ante su espíritu que era competente para ejercer el puesto.

La profesión en que debía alistarse era la de embalsamador de los ciudadanos muertos del lugar. ¿En qué pueblo o vereda no se muere la gente y se despide para sumergirse al polvo? Obvio que las funerarias tienen fama de sombrías y son vistas como nido de cuervos y signo de mala suerte. Los dueños no se dejan ver y sus manos huelen siempre a formol. ¿Cómo iba Daigo a cambiar su virtuosismo al cello por un oficio que lo signaría con la burla y el desprecio de sus amigos y su novia?

La película en castellano lleva el eufemístico y equívoco nombre de “Violines en el cielo”. Inocente título para esta conmovedora y apasionante cinta. El muchacho debe someterse a hacer de muerto y su jefe realiza el rito en él de embalsamarlo para enseñarle la técnica y los cuidados que practicará muy pronto. La escena quedará grabada para que él la repita y observe con curia cada paso de la augusta ceremonia. Sí, el nuevo cargo no tiene la sonoridad ni el escenario de una sinfonía, - pensó -, pero sentía que estaba entrando a un estadio que lo acercaba al arte y a la belleza humana.

Pasaron los meses y acudía a las citas silenciosas en el hogar de los dolientes. Allí lo esperaban como quien asiste a un concierto o a la celebración de un misterio religioso. Todo era respeto, delicadeza, recato, pulcritud extrema, movimientos suaves. Sus manos ejecutaban la obra como si estuviera pulsando las cuerdas de su violoncelo en una sonata de Bach o de Beethoven. Cuando terminaba siempre recibía el agradecimiento de los allegados y la reverencia como a un santón o a un profeta. La solemnidad y decoro en su trabajo quedaban recompensados, más que la suma que los felices familiares pagaban a su jefe por su exquisito oficio.

Hacía mucho que mi alma no se regocijaba tanto al ver que un trabajo en un trance al parecer despreciable y cruel se tornaba tierno, deseable y digno en las manos y el corazón de un artista que lo llegó a apreciar con finura y ojos diferentes.

17-04-10 - 11:19 a.m.

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