jueves, 20 de mayo de 2010

LULA, BALANCE AGRIDULCE

JOSE LOPEZ HURTADO*
 
Lula ha patentizado el viejo adagio de que uno acompaña al ser querido al camposanto, pero no se sepulta con él. En particular, aplicable a sus amigos del nuevo socialismo latinoamericano a los que enfiló para que sirvieran a sus propósitos de consolidarse como el “gran patrón”, del río Bravo hacia el sur. Porque nada más extraño al credo de la izquierda, que la economía pro-mercado, el aliento al sector privado y el estímulo a la inversión extranjera, que aplicó por ocho años en su país y que le permitió, según los especialistas, lograr bajar los altísimos índices de la pobreza, casi a la mitad de cuando comenzó su gobierno, exorcizar definitivamente a la hiperinflación, y lograr la extinción de cerca de 12 millones de pobres absolutos, que fueron incorporados a la clase media. Aumento de exportaciones, baja ostensible de la deuda externa, recientes descubrimientos de vastísimos yacimientos submarinos de crudo, otros logros.

No obstante, dicen sus críticos, las palmas no deben ser solo para el ex dirigente metalúrgico. Su predecesor, el social-demócrata Fernando Henrique Cardozo, colocó las bases para el florecimiento económico que deja Lula tras ocho años de gobierno. Es muy probable que en la actual campaña electoral que se está adelantando, José Serra, candidato del PSDB, esté reivindicando esos logros. Como fuere, la cada vez más influyente presencia de Brasil en los foros internacionales durante el gobierno del PT, es el resultado de una aplicada estrategia, que no por serlo ha dejado de significar un alto costo político para el presidente quien, según algunos analistas ha debido, para asegurar los resultados, bordear los linderos de una doble moral, en su afán de copar espacios internacionales de primera línea.

Las últimas posiciones de Lula con relación a Porfirio Lobo, nuevo mandatario de Honduras, ganador en franca lid electoral, si se compara con los desvaríos antidemocráticos de sus amigos de Venezuela y Nicaragua, por ejemplo, y la asumida con respecto a Mahmud Ahmadineyad, resultan tan insostenibles como inverosímiles. Tan de amplio espectro como el gigantismo del Estado brasilero, del que se duele no haber podido exorcizar durante estos ocho años.

A Lula, nacido políticamente al calor de la Teología de la Liberación y del arzobispo Helder Camara, le alcanzó para ganarse un sitio en el selecto grupo de las potencias emergentes (BRIC: Brasil, Rusia, India y China), pero sucumbió frente a un severo pragmatismo, que por regla general no permite consideraciones sobre la ética o la moral.

Quedará para el futuro el balance sobre su papel en Unasur, cuando se logre determinar a ciencia cierta qué tan útil pudo haber resultado en la reestructuración o desaparición de la OEA, es decir, en el aislamiento de Estados Unidos de las decisiones de la región.

No existió entonces, durante la era Lula, particularmente en el frente externo, lo que el poeta Homero llamó la “dorada mediocridad”-aurea mediocritas-, para referirse a la virtud que significa la moderación en el servicio público, o en las actitudes frente a la vida en general, al contrario de lo que a primera vista sugiere la expresión latina.

*Analista Internacional, colombiano.

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