lunes, 30 de agosto de 2010

GRACIAS, MI CAPITAN

N. Sandoval-Vekarich

El sol implacable quema, muros y árboles facilitan sombras propiciatorias en esas incandescentes horas de la tarde, una negra rolliza cruza bamboleándose la calle, un inmenso quitasol dorado que la protege ilumina aun más el color oscuro de su piel que brilla por el sudor; un pájaro amarillo y gris trina alegre cerca de una fuente de agua; dos chiquillos juegan a la pelota a pocos pasos del policía que impasible los contempla, tiene el rifle sujeto por una correa al hombro derecho, está de guardia, varios metros más arriba se encuentra el cuartel, un edificio de ladrillos desnudos de tres pisos, en la amplia calzada y al resguardo bajo árboles frondosos hay dos radiopatrullas y dos motocicletas del servicio activo. Una mujer habla en voz alta desde la calle a un hombre que asoma la cabeza rapada por una ventana del segundo piso, en la planta baja funcionan el retén y la estación radiotelefónica, tres uniformados discuten en forma acalorada, entonces se escucha una voz tajante que ordena la salida de uno de los vehículos oficiales, otros dos agentes se encaraman sobre una de las motocicletas y salen disparados siguiendo al radiopatrulla que se encamina por la avenida principal. Displicente y sin darle importancia a lo que sucede en mi entorno como un suceso cotidiano paso por delante del agente de turno que en la esquina hace guardia y que en este momento se mueve buscando la sombra del árbol del que huye atemorizado el pájaro que trinaba alegre hace algunos momentos. Porto conmigo un talego de víveres, he sacado de un paquete largo envuelto en papel celofán una galleta que empiezo a morder con delicadeza para que no se desmenuce en mis manos, me doy cuenta de que el joven policía me observa con curiosidad, como manifestación de simpatía le ofrezco una pequeña caja de broas. Pensé en él con el relámpago de un instinto de autodefensa cuando fui acosado por un forajido días después.

Anyway… asi tal vez empezaría un relato en inglés. Some times ago… Hasta hace algunas semanas en el otro extremo del Atlántico soportaba la arremetida de vientos glaciales, un frio de menos ocho grados era el componente álgido que me irritaba, la nieve de tanto ser pisoteada por muchos en el mismo sitio termina por convertirse en trochas de hielo, por no tener entonces los zapatos adecuados di con el trasero en el suelo, sin mayores consecuencias salvo el resbalón que me dejó adolorida esa parte del cuerpo. Entre broma y broma cuando me llamó por teléfono le conté a Katalin lo que me había sucedido, “lo que más me encanta de todas tus ocurrencias, me decía riendo, es que nunca hablas de las cosas en forma negativa”. Procedente de Budapest estaba en Novi Sad arreglando con el Museo de esa ciudad una exposición suya, como no podía viajar a Belgrado le sugerí que, al día siguiente, considerando que la montaña no vendría a Mahoma yo iría por ella, podríamos almorzar a orillas del Danubio, en aquel restaurante chino que era parte de nuestros más íntimos recuerdos desde esa maravillosa mañana cuando descubrí su imagen en las páginas de una revista de arte y literatura. Me pareció una princesa egipcia, una Nefertiti de oscura melena y ojos de jade.

Tuve suerte en la mañana para iniciar mi viaje, el día era luminoso y claro. Sin ningún inconveniente el autobús rodaba silencioso su trayecto por la pista asfaltada. Dejando atrás el casco urbano de Belgrado al entrar a Zemun se sucedían los edificios modernos y las construcciones que rememoraban la época otomana, luego el paisaje de siempre era maravilloso, las verdes extensiones de terrenos que permitían ver de tanto en tanto huertas y parcelas bien cultivadas, campos rubios de maíz y girasoles, árboles frondosos que nunca dejaron de ser parte de los bosques vecinos, mucho más adelante el azul del cielo se confunde con la franja del río, como si el Danubio y el cielo se abrazaran fraternalmente, el bucólico paisaje, faltando pocos kilómetros para llegar a mi destino, el cielo encapotado lo fue poniendo de lado al cubrirse de oscuras nubes, poco después la lluvia golpea con incesante ritmo de rumba los cristales. El autobús se detiene casi al frente de la estación ferroviaria, un edificio gris y largo componente de todo el complejo de la terminal de autobuses allí incrustado haciendo del sector una zona peatonal, muy a propósito, con una plazoleta abigarrada de turistas y de ocasionales pasajeros en tránsito. Katalin, a buen resguardo y con un paraguas abierto, me espera, la temperatura desciende al límite de morder las carnes, afortunadamente previsivo se me ocurrió colocar en un bolso de mano un chaleco de fieltro forrado de lana. La lluvia arrecia, riendo y esquivando los baches que se llenan de agua y siendo la hora propicia decidimos ir directamente al restaurante, con esa lluvia y las calles convertidas en charcos y arroyos no era posible hacer turismo ni pasear por la zona comercial como lo hacíamos antaño en los tórridos días de verano. Disfrutábamos de las noches cálidas, si no encontrábamos en la fecha alguna representación teatral nuestro programa era ir de un cine a otro cine como chiquillos traviesos, tal vez nos sentábamos en alguna banca disfrutando en silencio la felicidad de estar el uno junto al otro, tomados de las manos y contando las estrellas de neón que daban a la noche un matiz de colores mágicos. Las horas felices discurren como acequias a través del bosque, cuando llega el momento de la despedida se siente el golpe seco de una rama al quebrarse en el pecho, la nostalgia parece un búho que nos acecha oculto tras cada recuerdo, con cada nueva imagen que repercute sacudiendo el polvo del pasado. Antes de que se avecinara la noche dejó de llover, pagada la cuenta del restaurante (“¡yo invito, dijo ella, es tu cumpleaños!”) amorosa Katalin desliza hasta la garganta el cierre de mi chaqueta después de comprobar que el chaleco está en su sitio, me toma del brazo y salimos a caminar hasta donde el tiempo lo permita antes de tomar el autobús de regreso a Belgrado, así, riendo y paseando nuestra felicidad atada a una cadena invisible, descubrimos en la vitrina de un almacén los zapatos apropiados “antiresbalones”, pero era domingo, desde luego el comercio estaba cerrado. Durante los dos días siguientes no hubo amenaza alguna de lluvias, tampoco nieve ni mal tiempo. No me lo esperaba. Mi mayor alegría saber que vendría Katalin para estar conmigo antes de su retorno a Budapest. Lo del cumpleaños fue un pretexto de ella pues aun faltaba más de un mes para que así fuera, quién sabe si para entonces pudiera volver ya que todo el verano, hasta mediados de septiembre, lo pasaría en la isla de Hvar, en el Adriático.

Agobiado por el calor llegaron de regreso a mi memoria los inviernos de Yugoslavia. Hubo semanas en que la temperatura descendía a los l5 grados bajo cero, era absurdo pero abrumado por el frio, pensando que así sería más soportable, caminaba encorvado con las manos protegidas por guantes de lana y la cabeza cubierta con una gorra color azul oscuro hecha de un tejido grueso semejante a las que usan los marineros en los buques de carga. Dentro de un abrigo negro que llegaba hasta el borde de las botas de sólidas suelas de caucho, más que un universitario llegado de México, parecía un monje ortodoxo con la gorra capitana la nota discordante del vestuario. Era tanta la nieve que se acumulaba en las calles que aun podían verse inmensos trineos arrastrados por caballos, los automóviles particulares prácticamente no existían, los pocos que podían verse circulando con dificultad pertenecían a los funcionarios diplomáticos de las embajadas acreditadas en aquella época. Si ese joven policía que hacía guardia en una esquina, protegiéndose del sol a la sombra de un samán, tuviera en su haber una experiencia semejante quizá le sería más fácil soportar la canícula, eso pensé cuando alargó la mano para recibir el paquete de galletas, yo en cambio en ese instante añoraba las noches de silenciosa calma que ponían un tinte azul a la nieve que resplandecía a la luz de la luna llena.

Al llegar al apartamento lo primero que hizo Katalin fue extraer de su bolsa de viaje una caja forrada en papel multicolor y circunscrita con una cinta encarnada en forma de mariposa. Me la entregó casi solemne con una sonrisa de picardía, sus verdes ojos brillaban con la intensidad de una pantera al acecho en algún rincón de la noche “Toma, me dijo, es para ti”. A veces era yo quien la sorprendía con regalos inesperados, pero en esta ocasión me abstuve de hacerlo, quería conocer el contenido de tan elegante y extraño presente, luego le daría mi sorpresa dejando que entre tanto siguiera mirando con oculta curiosidad la elegante bolsa carmesí que reposaba provocativa en la mesa al pie de la ventana. “¡Vamos, ábrelo!” insiste sentándose en el borde de la cama. Liberada del grueso abrigo de piel su juvenil manera de ataviarse me atraía, su blusa negra resaltaba el volumen de sus senos y una falda encarnada hasta las rodillas descubría sus botas de color marrón que encajaban el contorno de sus bellas piernas. Me arrodillé ante ella besando sus pequeñas manos, me acarició con ternura introduciendo juguetona los dedos en mi cabello como solía hacerlo en su apartamento cuando pasaba con ella los fines de semana en la época en que aun vivía en Novi Sad, nos embargaba un plácido silencio, una tranquilidad infinita, dicen que en esas circunstancias hay un ángel que vigila. Miró inquisitiva una vez más la bolsa carmesí, igualmente atada con una cinta verde, que reposaba en la mesa al pie de la ventana abierta por donde entraba el paisaje de un invierno que aun no cedía a pesar del canto de los pájaros en las ramas desnudas de los árboles esperando la primavera. “¡Vamos!, insiste, ¡ábrelo!”

El percance sucedió varias cuadras más adelante del Cuartel de Policía, en una calle paralela muy cerca a la Vía Panamericana, mi camino habitual para llegar al Condominio donde mi hermana tiene su residencia y en cuya casa también habito con todos mis duendes y los seres mitológicos que me acompañan desde la infancia.

Cerca del cuartel de policía hay un pequeño parque con dos canchas de basquetbol donde juegan los niños de la escuela cercana y los hijos de los lugareños. Desde mi llegada al exilio en ese pueblo de cien mil habitantes convertido más bien en una ciudad enana, me percaté que en ese diminuto parque próximo a la Iglesia y casa parroquial habita si así se puede decir a la presencia de un hombre quizá de 40 y tantos años que casi siempre, desde la mañana al anochecer, reposa al pie de un árbol, invariablemente el mismo árbol rodeado de desperdicios de comida, botellas y vasos de cartón, viste un pantalón corto de dril azul deshilachado en los bordes, una camisa haraposa de un gris impredecible, zapatillas deportivas que alguna vez fueron blancas, el pelo negro y largo como la barba misma, hirsuto, pero nadie supo darme razón de su procedencia, se llama Javier, dicen que fue profesor de matemáticas hasta que un día, por circunstancias desconocidas, su razón obnubiló, helo aquí ahora frente al Tabernáculo de una de las tantas congregaciones y sectas religiosas que abundan en esta diminuta ciudad cuyos habitantes en un 70 por ciento descienden de los esclavos que eran explotados en las minas de oro, en las plantaciones de caña de azúcar y en las grandes haciendas ganaderas de la zona. Las iglesias de estos afrodescendientes por lo general funcionan en galpones, garajes abandonados o locales en sitios no apropiados para el comercio, durante los días festivos, en sus reuniones sacras, se les oye bailar y cantar batiendo palmas y haciendo piruetas al estilo de los spiritual songs de los afroamericanos de Nueva Orleans, de Jamaica y otras islas del Mar Caribe.

En la plaza principal hay una estatua pedestre dedicada a un cacique rebelde que no se dejó intimidar por los forajidos que venían de España amparados por los Reyes y los mojigatos de sotana que pretendieron acabar con sus dioses por otro al que hoy de alguna manera ultrajan, ofenden el nombre del Divino Maestro que pregonaba en el desierto “amaos los unos a los otros”. Sobreviven en esa plaza tres valientes mosqueteros al servicio de su majestad el pueblo, tres escribanos que a cielo abierto en sus viejas máquinas portátiles a manera de fulminante metralla satisfacen las demandas de gente humilde y pobre que en ellos encuentra notorios notarios, sabios consejeros, jueces y amigos. En un costado de la misma plaza que lleva el nombre del ínclito guerrero de bronce, es una ínsula mágica y misteriosa la única librería del pequeño villorio, es una estantería móvil que se desplaza sobre cuatro ruedas, son libros de segunda mano, he visto allí “La Isla del Tesoro”, “Los hijos del Capitán Grand”, “El viaje maravilloso de Nils Olgerson”, “Piel de Zapa”, “Los caballeros del Rey” y otros clásicos de mi adolescencia, de todas maneras el viejo librero de piel oscura se encarga de satisfacer como un mago sabio y complaciente el pedido del ocasional lector, de encontrarle al interesado el libro o los libros que requiera hurgando en los negocios de antigüedades de la gran ciudad vecina de la que hace parte como municipio integrado, como una fuente de abastecimiento cultural. Es este un villorio rico, activo y vital que desgraciadamente ha sido descubierto por los delincuentes que, hienas voraces, llegan de la gran ciudad para hacer presa de sus incautos y honestos habitantes. “Sí, me afirma el lustrabotas a quien relato el percance sufrido a manos de dos forajidos – vienen del gran detritus vecino a destruir nuestra tranquilidad y buen vivir…” “¡Santo Dios y madre mía!” – añade al momento en que sus ojos van detrás de las esplendorosas formas de una mulata que atraviesa la plaza con cautelosos pasos de tigre, “sin ellas y con ellas el mundo es un infierno y un paraíso de doble fondo…” me causa risa su ocurrencia, me recuerda a Fulvio Grisales, un amigo que en la esquina del Café Alcázar en Popayán les gritaba a las mozas guapas aflojándose el nudo de la corbata para no ahogar la ocurrencia: “¡adiós mi amor, corazón de otro!”

No me había percatado, no tenía por qué hacerlo, nunca me había sucedido, pero en ciertas circunstancias hay un escenario que rompe las reglas, lo tradicional se altera algunas veces de manera trágica, lo constaté con ira y con profundo disgusto cuando sentí que alguien tiraba del bolsillo derecho de atrás del pantalón. Sin darme cuenta dos miserables, en motocicleta, me venían siguiendo desde el banco después de retirar una pequeña suma de dinero que al desgaire coloqué en uno de los bolsillos del pantalón sin darle mayor importancia. Me revolví con ira sin saber de qué se trataba, sin entender qué era lo que el canalla me decía. Dejé caer la bolsa de víveres y arremetí contra el miserable a puños, en ese desafuero de combate al retroceder para evitar un golpe tropecé, perdí el equilibrio y al dar mi cabeza contra el borde del andén me hice una herida que de inmediato empapó de sangre mi camisa. Me di cuenta entonces que el hijo de puta tenía un revólver, pero era tal mi ira que sin temor alguno le propiné una fuerte patada en los testículos, al no ser presa fácil desistió del atraco pues alarmado por el fiasco su compinche que le esperaba en la moto urgía porque lo dejara todo. Lo extraño para mí fue que en ese sector hay un pequeño taller de colchones, siempre activo, dos tiendas de miscelánea y un vecindario de mujeres que casi siempre están parloteando sin sentido en la calle, pero en el momento del atraco puertas y ventanas cerradas, no había alma alguna a quien pedir ayuda, cuando los maleantes se marcharon casi de la nada surgieron testigos, una mujer que dijo ser enfermera pretendía llevarme al hospital al comprobar que manaba mucha sangre de mi cabeza, pocos minutos después aparecieron dos uniformados en una motocicleta de la policía local, les pedí el favor de que me llevaran a casa, uno de los supuestos testigos que tenía allí su automóvil se ofreció hacerlo, más tarde llamados los paramédicos por mi hermana me atendieron, sanaron la herida y me pusieron siete puntos. “¿No perdió usted el conocimiento? ¿Tuvo vahídos?” “No, les dije sin olvidar, como dice Katalin, mi sentido del humor, ni vahídos ni vagidos en ningún momento”. Preguntó uno de los policías: “¿cuántos años tiene usted?” Tanto él como el médico que suturaba la herida se admiraron de mi resistencia de batirme a puños con un canalla armado. Les dije en broma: “sobreviví en Yugoslavia al bombardeo de los forajidos de la Otan, ¿cómo no pelear aquí con dos miserables ladrones? Creo, añadí, que la ira que tuve en esos momentos aumentó la actividad de mi adrenalina”. De todas maneras considero que para ser valientes primero debemos conocer nuestra cobardía y superarla, de lo contrario toda la vida vamos a lamentar no haber actuado de acuerdo a nuestra condición de hombres probos. De guardia, a pleno sol, consciente de su tarea y de sus riesgos, recordé al joven defensor del orden público que, tomando el paquete de galletas, sonriendo cordialmente y con la palma de la mano colocada en la frente a manera de saludo marcial, me dice: “¡gracias, mi capitán!”

-¡Gracias, reina mía!

Finalmente terminé por abrir el regalo de Katalin, allí estaban los benditos zapatos forrados por dentro con piel de cordero y suelas especiales de goma para impedir cualquier resbalón en la nieve. Aproveché en esta ocasión la presencia de Katalin para, acompañado por ella, ofrecer a mis amigos serbios un almuerzo de despedida en el restaurante “Sunce” que en la bella época de la Yugoslavia de Tito era parte del Centro Cultural de la Juventud. Es en la actualidad un atractivo local gastronómico en pleno centro de la ciudad, especializado en los mejores platos de la cocina serbia, reconstruido y asesorado por el etnólogo Dragan Antonic es sitio de reunión de poetas, de músicos y locos, ¡todos lo somos! Algunos de mis huéspedes reconocieron disfrutar por vez primera determinada especialidad del interior del país, otros se maravillaron igualmente de lo agradable que puede ser una comida a base únicamente de los vegetales que admiran más que todo en las plazas de mercado, raras veces en la mesa familiar. ¡Zdravo! ¡Ziveli! ¡Zdravtviti! brindamos alegres al unísono por la felicidad personal de todos y cada uno de nosotros. ¡Salud!, añadí traduciendo del español: ¡que Dios los bendiga y proteja! (¡neka Vas Bog blagoslovi i zastiti!) ***

A las diez de la noche partió Katalin para Budapest en el tren que, procedente de Viena, continuaba hacia Moscú atravesando buena parte del territorio húngaro. La ayudé a colocar su equipaje en el compartimento reservado, entonces le entregué la elegante bolsa carmesí atada con una cinta verde como las que usan las chiquillas de la escuela para sujetar sus trenzas. “¿Y esto, qué significa?”, pregunta alegre y sorprendida. “La encontré en una tienda especializada en lo sobrenatural – le dije - y se llama Sofía”, una muñeca de trapo bellamente confeccionada por una experta artesanal de objetos folklóricos, una bruja buena montada en su escoba, tenía el semblante bondadoso de una abuela cariñosa y maternal con los espejuelos peligrosamente cabalgando sobre la nariz. “Es un regalo magnifico, dice Katalin, en nuestro folklore estas brujas son las protectoras del hogar, tendrá ella un sitio especial en mi casa. ¡Spasivo! ¡Ljubim te!” me abraza y besa minutos antes de abandonar el vagón. Lentos, muy lentamente se deslizan arrastrados por una formidable máquina blindada todos los vagones del tren para luego alcanzar a buen ritmo la velocidad reglamentaria. Largo rato me quedé en el andén viendo desaparecer el tren en el horizonte, fuera ya de mi vista sentí quebrarse en mi corazón una rama. ¿La volveré a ver? El pájaro dejó de cantar cuando el joven policía se acomoda bajo el inmenso árbol que le prodiga sombra en esa tórrida tarde del mes de junio del dosmildiez.

N. Sandoval-Vekarich

Agosto 26 del 2010

***Sunce : el Sol
Zdravo: salud
Ziveli: viva
Zdravstviti: salve, salud
Spasivo; gracias
Ljubim te: te amo

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