domingo, 22 de agosto de 2010

Horacio Dorado Gómez


Bolívar sólo amó a su esposa

Tres viajes debió realizar Bolívar a Europa con motivos diversos, pero tácitamente con un solo fin: construcción de su personalidad, búsqueda y acumulación de experiencias, y formación de su destino. En total vivirá en el viejo continente siete años, dos meses. El primer viaje, siendo niño, es de estudios, y culmina con su matrimonio.

Simón Bolívar queda huérfano de madre a los dos años y cuando tenía nueve muere su padre. Por eso la patria potestad estuvo a cargo de su tío Esteban Palacios, quien había sido nombrado en un alto cargo, algo parecido a ser hoy vice-Ministro de Hacienda de España y que para esa época llamaban residente. Casi cumplía los diecisiete años cuando su tío, muy amigo del Marqués de Ustariz, lo lleva a visitar con cierta periodicidad su casa, que es un centro de reuniones culturales. Allí en la inmensa biblioteca del anfitrión, Bolívar se apasiona por la lectura, sobre todo se entusiasma por leer libros filosóficos. En la casa de Ustariz no sólo aprende a pensar y a expresarse con profundidad, también conoce a una noble dama que le roba el corazón, se llamaba María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza. Cupido lo flecha, pues su enamoramiento es tan repentino como ardiente. Era tal su pasión que Simón quería casarse con ella de inmediato. El papá de ella se opone por razones de edad, pues los dos son demasiados jóvenes. Tuvo que esperar dos años. Se veían con frecuencia porque Bolívar había encontrado en ella la ternura y el cariño que no tuvo desde la muerte de su mamá. María Teresa Rodríguez del Toro, además era muy bella, muy dulce y muy sentimental. Por fin la boda se celebraba en Madrid el 24 de Mayo de 1.802. Ella tiene 20 años, el 19, los novios exhibieron como testigo del acto y primer declarante a un encopetado señor: Don Luis Quijada Quiñones y Moreno, Marqués del Conde de Rebolledo. Bolívar no tuvo acompañamiento familiar, pues ninguno de sus dos tíos Esteban y Carlos, estuvo presente en su matrimonio. Llenos de amor y de ilusiones la juvenil pareja regresa a Caracas. Los allegados familiares los reciben con fiestas. La luminosidad y colorido del trópico deslumbran a María Teresa. Visitan también la hacienda San Mateo. Allí precisamente contrae una enfermedad tropical. El 22 de Enero casi a los ocho meses de casada, muere ante el asombro y consternación de la familia. La prematura viudez fue un suceso decisivo en la vida de Bolívar, el mismo lo comprendió así:

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“Miren ustedes lo que son las cosas; si no hubiera enviudado quizá mi vida hubiera sido otra; no sería el General Bolívar, ni el Libertador, aunque convengo en que mi genio no era para ser Alcalde de San Mateo”. El corazón de Simón Bolívar sufre un golpe de amarga soledad. Más tarde diría a un amigo: "Quise mucho a mi esposa y su muerte me hizo jurar que no volvería a casarme". Y lo cumplió.

Ante la necesidad de olvidar el luto, abatimiento y la soledad afectiva se impuso planificar otro viaje a Europa. Nunca más buscó otro amor como este, que le exigió constancia y pureza. Bolívar tuvo otras mujeres a las cuales únicamente amó de paso, sin concederles la importancia. Inclusive con la fascinadora Manuelita Sáenz, quien hasta después de muerto le dio conmovedora prueba de abnegación y amor. Bolívar fue injusto y egoísta en ese sentido con ella, aunque parezca lo contrario, al proponerle que se separaran, porque "nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y del honor". Solía llamarla la amable loca, aunque ella merecía mucho más. En la vida de Bolívar se conoce otra mujer que la denominaba: "Mi gloriosa" cuyo nombre verdadero era Joaquina Garioca y que, firmaba "Gloriosa Simona Joaquina Trinidad y Bolívar".

En París como en otras capitales europeas, derrochó su heredada fortuna. Y también en París no prosperó su amor por Fanny du Villars, lejana prima suya con quien tuvo un romance, pero no como su primer amor. Al analizar su vida sentimental posterior, conlleva a admitir que fue siempre el viudo de Teresa, sin saberlo el mismo.

La última carta de amor escrita por Bolívar, antes de morir, no fue precisamente a Manuelita, sino a otro amor: su prima Fanny. El hermoso texto, de su propia mano, así como la lucidez de El Libertador a pocos días de su muerte. Afortunadamente su prima Fanny la conservó para la historia y dice:

Querida prima:
¿Te extraña que piense en ti al borde del sepulcro?
Ha llegado la última hora; tengo al frente el mar Caribe, azul y plata, agitado como mi alma por grandes tempestades; a mi espalda se alza el macizo gigantesco de la sierra con sus viejos picos coronados de nieve impoluta como nuestros ensueños de 1805.
Por sobre mí, el cielo más bello de América, la más hermosa sinfonía de colores, el más grandioso derroche de luz.
Y tú estás conmigo, porque todos me abandonan; tú estás conmigo en los postreros latidos de la vida, en las últimas fulguraciones de la conciencia.
¡Adiós Fanny! Esta carta, llena de signos vacilantes, la escribe la mano que estrechó las tuyas en las horas del amor, de la esperanza, de la fe.
Esta es la letra que iluminó el relámpago de los cañones de Boyacá y Carabobo; esta es la letra escrita del decreto de Trujillo y del mensaje del Congreso de Angostura.
¿No la reconoces, verdad? Yo tampoco la reconocería si la muerte no me señalara con su dedo despiadado la realidad de este supremo instante.
Si yo hubiera muerto en un campo de batalla frente al enemigo, te dejaría mi gloria, la gloria que entreví a tu lado en los campos de un sol de primavera.
Muero miserable, proscrito, detestado por los mismos que gozaron mis favores, víctima de un inmenso dolor; presa de infinitas amarguras. Te dejo el recuerdo de mis tristezas y lágrimas que no llegarán a verter mis ojos.
¿No es digna de tu grandeza tal ofrenda?
Estuviste en mi alma en el peligro, conmigo presidiste los consejos del gobierno, tuyos son mis triunfos y tuyos mis reveses, tuyos son también mi último pensamiento y mi pena final.
En las noches galantes del Magdalena vi desfilar mil veces la góndola de Byron por las calles de Venecia, en ella iban grandes bellezas y grandes hermosuras, pero no ibas tú; porque tú flotabas en mi alma mostrada por las níveas castidades.
A la hora de los grandes desengaños, a la hora de las últimas congojas apareces ante mis ojos de moribundo con los hechizos de la juventud y de la fortuna; me miras y en tus pupilas arde el fuego de los volcanes; me hablas y en tu voz escucho las dianas de Junín.
Adiós, Fanny, todo ha terminado. Juventud, ilusiones, risas y alegrías se hunden en la nada, sólo quedas tú como ilusión serafina señoreando el infinito, dominando la eternidad.
Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderse en el vacío.
Santa Marta, 6 de diciembre de 1830.

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