domingo, 15 de agosto de 2010

La ronda urbana de la muerte

FABIO ARÉVALO ROSERO MD*

“Creo en mi corazón, el que no pide nada porque es capaz del sumo ensueño” recitaba la chilena Gabriela Mistral, premio Nobel de literatura. El verso funciona dentro del universo poético, pero la frase –vista desde el punto de vista médico– es falsa. El corazón –motor de la estructura humana– pide, especialmente, cuidados ante la deteriorada calidad de vida urbana. Desoírlo tiene sus costos, ante el caos y el mal manejo de las ciudades.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) escogió para este año, un tema vital para la salud pública: “Urbanismo y salud”. Nada más apropiado para el Siglo XXI, cuando son las condiciones de las modernas ciudades y el comportamiento de sus actores, los principales responsables de la mayor cantidad de muertes en el mundo. Las políticas públicas de nuestras urbes, son tal vez las más insalubres, además de empobrecer y maltratar a la mayoría, provocan condiciones urbanas que aceleran el riesgo de padecer un infarto. El Vicepresidente Garzón, por ejemplo, es víctima de su propio invento y displicencia

Las dolencias cardiovasculares causan cerca de 18 millones de muertes al año en el mundo, tantas como el SIDA, la tuberculosis, la malaria, la diabetes, el cáncer y las enfermedades respiratorias juntas. Pocos somos conscientes de si nuestro estilo de vida está aumentando el riesgo. En la actualidad repercuten, no sólo las prácticas de comportamiento y consumo (sedentarismo, tabaquismo, alimentación), sino también los problemas medioambientales (ruido, contaminación, tensión urbana). Pocas investigaciones analizan las enfermedades cardíacas ante el entorno urbanístico, demostrando que las afecciones no sólo dependen del sedentarismo o de la elección de ciertas comidas, sino de un complejo entramado social que articula el concepto de “estilo de vida”. El hecho de haber concebido una sociedad basada en motores impulsados por combustibles, derivados del petróleo, tiene sus consecuencias.

Científicamente la OMS ha logrado demostrar la relación entre contaminación sonora y altos índices de enfermedades cardíacas, cuyo origen radica en la incapacidad de las arterias coronarias para proveer del oxígeno necesario al músculo del corazón. La exposición prolongada al ruido –causado por el tránsito urbano, autopistas o maquinarias– es responsable de un tres por ciento de los ataques cardíacos que terminan en muerte. Los expertos calculan que globalmente mueren anualmente por el efecto ruidoso, medio millón de personas. Cabe destacar que el límite aceptado por la OMS es de 65 decibeles. El cuerpo, ante situaciones de bullicio y estrés, segrega adrenalina que provoca alzas en la presión sanguínea y en los niveles de colesterol. Por lo cual, los “aturdidos oyentes” suelen registrar el aumento de las pulsaciones y de la tensión arterial.

Un informe de la Universidad de California indica que la contaminación atmosférica favorece el endurecimiento arterial (ateroesclerosis). Las sustancias químicas del humo del diesel afectan el sistema cardiovascular pues aceleran la acumulación de depósitos grasos (ateroesclerosis) ¿Las consecuencias? Con el tiempo conducen a la obstrucción completa de un vaso sanguíneo, lo que puede desembocar en un ataque cardíaco o en un derrame cerebral.

Estos riesgos están enmarcados en el acelerado crecimiento de las urbes y su parque automotor. Son las malas decisiones políticas que hacen que las ciudades sean menos saludables al favorecer al sistema de transporte y a los amos de autos particulares. Se camina menos, casi no se pedalea y ya no se juega. Además son los mismos gobernantes quienes con su mal ejemplo promueven los malos hábitos alimenticios y son sedentarios. Parece mentira que en el diccionario de la Real Academia Española, la palabra “urbanidad” quiera decir “atención y buenos modos” y que, hasta hace poco tiempo, la frase “vivir con urbanidad” se utilizaba para designar bienestar y confort. Para mejorar la salud pública también hay que elegir buenos gobernantes, con visión y capaces de diseñar ciudades saludables. No tan poéticos y menos “politiqueros”.

Apostilla: Nunca es demasiado pronto ni demasiado tarde para empezar a cuidarse el corazón.

*Consultor World Streets

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