miércoles, 18 de agosto de 2010


LOS MILAGROS EXISTEN EN EL INTERIOR DE CADA UNO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

A diario suceden cosas simples, portentosas en si mismas, y nadie las percibe. La Naturaleza nos las exhibe en su vitrina y pasamos frente a ellas sin valorarlas. Una brizna verde que logró beber el néctar de la tierra y brotar feliz por la minúscula hendidura puede cantarnos una oda a la vida con una gotita de rocío sobre su pequeño lomo. Somos miopes y no alcanzamos a ver las maravillas que se nos ponen en el menú de cada hora en este mundo.

Los científicos cuántas moléculas hilarantes no ven saltar ante su microscopio y se emocionan con el hallazgo. Luego lo publicarán en una revista y se ganarán un premio por el descubrimiento. El papá que oye por primera vez de boca de su hijita que lo llama con ese dulce nombre siente que su mundo entero se conmueve dentro de su pecho. Cuando uno se levanta sano y lleno de energías por la mañana experimenta el gozo de la vida que no lo siente el oso gris ni el león en su madriguera. Sólo la sensibilidad de unas neuronas nos hace rebullir todas las células y produce en nuestro interior un eco de cascadas, un baile de hadas y música de arpas y violines. Es lo que podemos llamar el milagro de la existencia. Que nuestro interior abra el espectro de luminosidad y asombro y permita ver con otros ojos en un instante fulgurante lo que nunca antes vimos.

Nada es gratuito. Ni lo que definen las aseguradoras como accidente, ni la aparición en la puerta de la selva de un desaparecido, ni la evolución de una enfermedad o la salud repentina después de un tratamiento médico. Hay ingredientes que hacen subir el tamaño de una torta para un cumpleaños, hay explicación para lo que hace ante nuestros ojos el prestidigitador y se calma el efecto de una picadura de una alimaña con el simple toque de tres hojas que se frotan. ¿Cuál es el misterio o dónde está lo inexplicable porque el ojo inexperto o ingenuo no lo repara? Tantas cosas suceden en cada minuto nuevas para la inteligencia de un novicio y para la simpleza de la ciencia.

Eso que llamamos milagro fácilmente es un hecho común, un suceso cotidiano para un poeta, para un investigador, de un amante de la Naturaleza que se asombra con la llegada de un potrillo en la dehesa a su cuidado o en la matera de la mesa de centro. Crear una nueva imagen en un verso, hallar una sustancia entre elementos mezclados en un laboratorio pueden causar una revolución en la poesía y en la ciencia.

Rara vez la prensa registra con emoción estos sucesos porque los periodistas están acostumbrados a dar primicias de hechos fatales, cruentos. Nos acostumbraron a calificar como gran suceso que el hombre muerda al perro, pero en las Facultades de Comunicación no se enseña algo como la sensibilidad y la ternura para saber observar los pequeños detalles que ocurren en nuestra alma y que cambian vidas y rutinas.

Los milagros de verdad no están detrás de catástrofes ruidosas, ni buscan la publicidad de los medios masivos. Se esconden bajo una lágrima, tras la sombra que ilumina una lámpara y es producto de la educación, la fe en si mismo, el estudio y la paciencia.

17-08-10 - 18:13 p.m.

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