Por Rodrigo Valencia Q.
Esta mañana subí al estudio de pintura de mi padre. Como siempre, no había nadie, pero el calor del sol ya penetraba en el ambiente y la luz matutina era acogedora; invitaba a iniciar el día sin la carga de pronósticos hostiles, en estos días de perfiles duros, agobiados por acontecimientos de sombra, en el declive de un tiempo que se agota con la historia.
En el caballete había un cuadro: una plumilla firmada por un tal Solaris, y fechada: 2007. No sé cómo había llegado allí ni por qué. Es de esas sorpresas misteriosas que hacen honor a su indefinición y, por lo mismo, es preciso no indagar en ello más allá de lo creíble, para no socavar el encanto que adviene desde las dudas.
Me pareció que el manejo de la técnica es magistral, sin yo ser nadie para evaluarlo acertadamente. Según mi parecer, es un sueño surreal, una visión fantasiosa, un dibujo con alguna historia metafísica, influenciada por De Chirico. Y entonces quise averiguar quién es o era Solaris, pero sin fortuna, ya que los pocos datos existentes son probables mistificaciones para un desconocido: que era un cierto artista, extraño y taciturno, oriundo de una ciudad aún sin terminar, de arcos coloniales. Y quizás esto justifica el título que aparece en la cinta que ondea en el aire: “Lobo estepario, lobo pálido y frío, lobo de la ciudad blanca”. Esto, naturalmente, es pura presunción, una hipótesis acerca de su intimidad hermética e impenetrable, llena de dudas, sospechas, de ilusiones en la incertidumbre.
Mirando el cuadro uno adivina cierta soledad grande, alguna comunicación con lo extraño e insondable. A pesar de estar fechada, esta obra es más bien atemporal, aún con la presencia bien precisa de la mujer desnuda que aparece en primer plano y de las escasas estrellas que titilan en el cielo. Creo que se toca la levedad del tiempo, y la escena representada nos sugiere una cura de la “realidad”, un traspaso por un umbral en cierto modo poético y desvinculado de toda connotación realista, si entendemos por real lo que acontece cotidianamente dentro de los precarios límites que definen la racionalidad, los sentidos y la utilidad.
A lo mejor ese pintor prefirió vivir en la sombra, perdiendo y renunciando a todo lo que se dice “útil”, presumiendo una “transvaloración de todos los valores”, según se dice por ahí; en cierto modo, una forma muy íntima y particular de acceder a una cultura poco común, una praxis existencial que lo alejó de todos y de todo. Yo creo que Solaris a lo mejor no era más que un sujeto fantasmal, alguien que perdió su brújula en medio de una noche poblada de conjeturas sin remedio.
¿Qué embrollo ocultaba su paso por esta realidad? ¿Qué estrella alumbró sus pensamientos, sentimientos y más íntimos deseos? Sinuosa como el tiempo que tantea en lo incierto, su existencia no la constituyen más que puras conjeturas, materia volátil entre quienes decían conocerlo, equidistancias entre el sí y el no de las certezas. Esa espalda de mujer desnuda, ¿qué hace tendida en ese sitio? ¿Espera que el sereno le devuelva las historias ocultadas por el tiempo? ¿La noche, la luna y la muchacha hablaron en la intimidad inviolable del silencio?
Los seres vivientes tienen una historia bien concreta, verídica y real; única, como las huellas de los dedos de la mano, que atestiguan su existencia. Solaris viene de lo álgido de las brumas; es apenas un canto que se oye lejos, muy lejos en la noche.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada