martes, 14 de septiembre de 2010


¡ÁBRETE, SÉSAMO!


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
 
Cayó en mis manos en un rato de descanso un librito muy ilustrado, con el perfumado título de “Aromaterapia”. Lo tomé desprevenido pensando que era un compendio de recetas para agüitas para calmar los nervios o levantar enfermos. Y resultó una entrada, no de engaños ni brujerías, sino de un banquete o de un palacio encantado. Resultó una sorpresa agradable en este mar de aguas negras, pócimas, chuzadas y hediondeces en telenovelas y calles.

Había unas cuantas historias de legumbres, hierbas, tubérculos y semillas. La lectura llevaba a repasar costumbres antiguas, unas finas y otras risibles. Su autor o autora exhibe a la vez cierta investigación histórica sobre épocas y usos de frutos de la tierra. El ajo, el sándalo, el tomillo, flores como el jazmín y la rosa, el sésamo o el incienso fueron usados para fortalecer el aura personal en ceremonias rituales, bailes, baños y comidas.

En la antigüedad, - se relata – hombres y mujeres utilizaban esencias extraídas de resinas vegetales para aromar su cuerpo y para lograr buen funcionamiento del sistema digestivo. Egipcios, romanos, emperadores y reinas, cortesanos en la Edad Media se interesaron por los aceites, los perfumes y experimentaron con fortuna procedimientos caseros e industriales para producir pociones y diferentes aromas con hierbas, semillas y resinas.

Me llamó la atención el uso del sésamo o ajonjolí, empezando por el cascarón que guarda esta semilla. Cuando ya está seca, al batirlo suena como un delicado cascabel. Su sonido originó el apelativo onomatopéyico en árabe: yulyulán. Tal vez formó parte de los juegos con que se entretenían los niños. Tal vez su uso popular sirvió de base para que el autor de la famosa colección de cuentos Las mil noches y una noche imaginara el cascarón como una gran cueva que atesoraba en su interior monedas de oro, anillos, zarcillos y collares. A su puerta llegó Alí Babá con el Combo de los 40 y se divirtieron haciendo tintinear su sed de aventura y la magia de su suerte.

Sabemos que la semilla es una miniatura, blanquecina, que tiene un valor comercial exiguo y que se necesita una enorme cantidad para llenar una vasija. Sin embargo, tiene unas propiedades sanatorias y proteínicas evidentes. A pesar de mínimo tamaño los antiguos la emplearon en sus dietas y se procuraron ganancias que hoy no se aprecian. Presionando su vientre diminuto extraían el zumo de sus vísceras por medio de paños y luego envasaban el preciado aceite. La inventiva de nuestros antepasados emula nuestra sequedad mental que se admira de la riqueza que sacaban de esta pequeña mina vegetal.

Por la mente de tales artesanos jamás pasó la idea de darle la orden “ábrete sésamo” a la enana semilla para que virtiera su esencia y aromara cuerpos y estancias. Hoy sólo nos ha quedado en esa frase casi sagrada que pronunció el virtuoso Alí Babá por boca de Sheherezada ante el Rey que la deseaba. Esa semillita creció en la historia y se ha convertido en cuento fantástico, en historia maravillosa, en recinto mágico que ocultaba el cofre lleno tras el que corrieron hombres barbudos ataviados de turbantes, sables y coloridas túnicas.

13-09-10 - 19:08 p.m.

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