martes, 14 de septiembre de 2010

Crónica testimonial de un sangriento retorno

Excelente crónica, del doctor Horacio Dorado Gómez, un relato logrado con tal pericia narrativa que en realidad el lector soporta el ruido de las ametralladoras, siente el frío de los instantes eternos, el lluvioso ambiente claroscuro, la pericia del senador-conductor, la tragedia de muchas familias y el valor que demostraron todos los protagonistas de la gira política ante los dramáticos acontecimientos. Todavía recuerdo yo también esa tragedia por las noticias difundidas por todos los medios. Muy oportuna, pues el próximo 30 de Septiembre se cumplirán 19 años de esta "Crónica testimonial de un sangriento retorno". AL.

Por Horacio Dorado Gómez

Ese día el cielo se tornaba sombrío, triste. El aire venteaba frío.

Cuando partimos, el tic-tac del reloj en mi mano punteaba las tres de la tarde, de aquel fatídico lunes treinta del septiembre negro de 1991. Atrás habíamos dejado el pequeño poblado de El Carmelo con la torre de la iglesia y su vieja techumbre. Allí habíamos permanecido desde las siete de la mañana asistiendo a una reunión política con un puñado de líderes de la región. Estábamos en pleno apogeo de la campaña electoral. La semana anterior habíamos recorrido el oriente caucano, turnándonos con el Senador Aurelio Iragorri en la conducción del campero Trooper, color azabache funerario.

Era época de agitación electoral, pues se aproximaba el proceso de votación para gobernadores. Nuestro grupo político apoyaba de manera integral la candidatura de Temístocles Ortega Narváez, abogado de profesión, oriundo de la pequeña población de Mercaderes, al Sur del Cauca, hombre inteligente y bien preparado, de clase media baja, aunque no humilde, excelente orador, muy capaz; merced a su superación, había llegado a ocupar cargos de representación popular y altas posiciones administrativas.

Estábamos acostumbrados a largas y agotadoras jornadas desde el amanecer, hasta entradas horas de la noche a pesar de transitar en un confortable Trooper relativamente nuevo. Hacía pocas horas habíamos recorrido casi la totalidad de veredas de la región de Tierradentro, zona inhóspita, escabrosa, donde el tristemente célebre Manuel Marulanda Vélez, “Tiro Fijo” había producido años atrás una masacre que causó gran conmoción nacional, pues entre sus víctimas hubo varias religiosas. La temperatura política y climática estaba caldeada, pero a la hora del retorno las nubes se recargaron más de la cuenta y el color grisáceo del adverso día de septiembre se fue volviendo negro.

En esa nefanda ocasión, sólo manejé el vehículo por unos instantes, para parquearlo próximo al sitio de reunión en la mañana y a la hora del almuerzo, muy cerca de donde nos atendieron con un bien adobado sancocho de gallina. En El Carmelo los campesinos asistentes a la reunión y merodeadores, tuvieron el tiempo suficiente para conocer nuestros movimientos, debiendo suponer que el senador Iragorri iría de pasajero en el vehículo. Terminado el almuerzo y la charla posterior al suculento plato, se montó el doctor Iragorri en el puesto del timón. Le encantaba manejar. De hecho era un magnifico conductor no sólo de muchedumbres, sino de vehículos. Siete éramos los ocupantes: el Senador y yo adelante; un hombre reinsertado del M-19 de cuyo nombre no recuerdo, Eliécer Cerón, el ex alcalde Jairo Valencia, y el escolta Alirio de Jesús. En el baúl o puesto auxiliar iba Horacio Morcillo.

Habíamos andado unos pocos kilómetros, cuando el senador Iragorri tomó el micrófono del predecesor del celular, un radioteléfono ´Yaesu´. Habló con la esposa informándole que estábamos de salida. Terminado el corto diálogo, con cortesía nos dijo: “Saludes de Diana”. Hacer uso del radioteléfono era una costumbre inveterada para tranquilidad, de su familia pues los riesgos eran altos. Su dignidad como Presidente del Congreso, lo hacía presa codiciada para los alzados en armas. Como hoy, Colombia se desangraba; diariamente caían compatriotas en ese desgaste inútil de las armas. Se perfilaba un diálogo para alcanzar la paz, en Tlaxcala, México, bajo la orientación del Alto Comisionado para la paz, Horacio Serpa Uribe, en el gobierno de Cesar Gaviria Trujillo. Recuerdo al senador haciendo discursos políticos en favor del proceso; pero en privado, ese mismo funesto día treinta de Septiembre, en tertulia con los principales dirigentes, después de almorzar y como sobremesa, en su charla informal se mostró desconfiado, expresando que el instrumento de paz estaba a punto de romperse a causa no solo de las masacres permanentes asestadas por la guerrilla, sino a falta de entendimiento en las conversaciones. En esa infausta fecha de septiembre explicó por qué veía que la mesa de diálogo iba hacia el rompimiento.

Cuando partimos de El Carmelo empezaban a caer pequeñas partículas de agua como premonición de la fuerte lluvia que nos vendría más adelante. “Parece que va a llover, será mejor que nos vayamos”, expresó el Dr. Iragorri.

Al Senador no sólo lo caracteriza su don de gentes, sino su gran facilidad de adaptarse a cualquier contertulio, razón por la cual durante los recorridos en las giras políticas, mantenía repetidas y amenas conversaciones. El parlamento del senador es fluido y lleno de anécdotas que lo hacen agradable. La noche anterior al macabro treinta de septiembre, habíamos pernoctado tres personas en la misma habitación del hotel de Pisimbalá. Allí entre gallos y media noche, los oí parlar; pasaron en vigilia con nuestro acompañante de pieza y dirigente político de la región, José María Balcázar. No habían podido conciliar el sueño. Yo los escuché conversar largamente hasta cuando despuntó el día.

A ese hotel habíamos llegado después de recorrer el oriente caucano conociendo las ingentes necesidades de los habitantes de esa región olvidada por el Estado, como muchas de Colombia. Sin contratiempos, la última semana del muy recordado mes, habíamos andado los caminos más tenebrosos y las rutas menos pobladas de esa zona indígena. Sus habitantes de la etnia de los paeces, ansiosos, salían a las reuniones, aunque a decir verdad no muchos. Los que concurrían al llamado lo hacían ilusionados por líderes veredales, para pedir obras: carreteables, energía, acueductos, becas para los hijos, atendiendo las promesas de la temporada eleccionaria. En esa gira, yo había manejado casi todo el tiempo hasta llegar a Popayán cerca de la una de la mañana del veintinueve del aciago mes.

Una vez dejé al Senador Iragorri en su casa campestre “El Nogal”, yo me llevé el vehículo para mi casa a fin de recoger a las seis de la mañana al personal que nos acompañaría el día siguiente -treinta de septiembre- en la nueva gira política por Cajibío. Vale recordar que el senador Iragorri era un hombre incansable, un tractor de la política, era demoledor. No había quien le aguatara el trote.

En el carro mortuorio (¡¡) viajábamos, como ya se dijo, siete personas; el senador Iragorri maniobraba la cabrilla. Contiguo iba el narrador de este testimonio, ocupando el puesto del acompañante delantero. Atrás, guardándole la espalda al Senador, Alirio de Jesús con su tartamuda, una ametralladora de dotación oficial con tres proveedores. A su lado un infrecuente personaje recién reinsertado del M-19, luego Eliécer Cerón, ex director de Coldeportes; a continuación, incómodo sobre la llanta trasera, el ex alcalde de Cajibío Jairo Valencia, quedando un poco más alto que los demás. Y en el baúl, sentado y atravesado, encima de los afiches políticos, iba Horacio Morcillo, presidente de las juventudes liberales.

Pero volvamos a la hora del retorno de El Carmelo, Cajibío. Al aproximarnos a la vereda La Primavera, en el verde y perjudicial bosque de pinos, a lado y lado de la vía, señalando con el dedo índice de su mano izquierda, el senador inquirió al ex alcalde Jairo Valencia, diciéndole:

--¿Jairo, esta pinera que era de los Castrillón, ahora a quién pertenece? A lo cual respondió el aludido: --A Cartón de Colombia, senador.

Fue la última charla, porque la lluvia arreció. Lloviznaba. Sorpresivamente empezaron a caernos trozos de vidrios y una inclemente ráfaga de proyectiles. Por los dos costados, de frente y atrás nos llovía disparos. De entre los pinos, salía el humo de las balas con un traqueteo indescriptible.



Sin saber cómo, sin explicación alguna aparecí tirado en el piso. Yo operaba el radioteléfono, pidiendo auxilio e informando de la emboscada; además, recargándole un proveedor, apoyaba a Alirio de Jesús, quien apenas atinaba a pedirme le pasara otro que se encontraba en la guantera del carro. No podría calcular el tiempo transcurrido; pero pareció una eternidad. Los tiros rechinaban en la carrocería metálica, volaban vidrios, esquirlas y agua por todo lado. Adentro el silencio contrastaba con la balacera. El tiroteo no cesaba, mientras el auto seguía rodando. El Trooper se bamboleaba de un lado a otro, por lo que volví con dificultad la mirada hacia el senador. El iba agazapado, apenas si podía mirar por el parabrisas, manejando con una prodigiosa destreza. Su corpulenta figura, acurrucada, maniobrando el timón, sus ojos desorbitados y el color de su cara amoratada, casi cianótica, me hizo suponer que había sido herido gravemente. Por lo que lancé una corta pregunta:

--Senador, ¿va herido?

Él, con voz apretujada y oprimida por el timón del vehículo, me respondió:

– No..., lo que yo quiero es matar al hijueputa que nos traicionó.

Especiales características de toda la vida del senador Iragorri, eran el valor y el arrojo. Nunca lo vi arredrarse ante nadie y ante nada. Después de varios años, aún retumba en mis oídos el sonido de esos disparos. ¡Era espantoso!

Chirriaban los perdigones, crujían en la carrocería metálica del vehículo oficial, de reciente modelo, pero sin blindaje. Cual si fuese el protagonista principal de una escena cinematográfica, el senador conducía con gran destreza. Abrazado a la cabrilla, escurrido entre el asiento y los pedales del carro, se parecía ni más ni menos a McGiver, el actor de tantas películas de acción. La habilidad increíble al maniobrar el vehículo, sin vacilaciones, nos salvó, no habría sido lo mismo conduciendo yo, que él. No sé como habría actuado en ese instante. El arrojo, valor y calma del senador valieron muchísimo para que no nos llenaran de plomo. Fueron segundos interminables, al final se produjo sin lugar a dudas un milagro de Dios. No cabe otra explicación. Fue un prodigio celestial haber salido con vida de semejante balacera. Logramos pasar la refriega, esa carga insaciable de plomo. ¡Sanos y con vida! Por gracia Divina, pasamos la siembra de pinos desde donde nos llovían silbantes las balas. Sin dejar de escuchar el tableteo de las matreras municiones, el senador continuaba conduciendo el vehículo con gran pericia. Más adelante encontramos a Temístocles Ortega, el candidato a la gobernación para quien adelantábamos la campaña. Él había salido unos minutos antes. Se hallaba parado al lado del carro en que viajaba. Había logrado pasar la emboscada en medio de la plomiza descarga y con las llantas pinchadas del Toyota conducido por el ingeniero Gustavo Mogollón, aguardaba para subirse a otro. Lleno de valor, al ver mi cara ensangrentada, gritó:

-“Ustedes van heridos, sigan, sigan que yo me subo al otro carro”.

Yo no me había dado cuenta de mis leves heridas: un pequeño rasguño en la frente causada por los vidrios que volaban del parabrisas y una esquirla en el antebrazo, por fortuna, sin consecuencias que lamentar. La sangre escandalosa bañaba mi rostro, y había hecho sospechar a Temístocles Ortega que iba gravemente herido.

Efectivamente, detrás de nuestro automotor, venía el carro escolta del Das, un destartalado Nissan Patrol. Temístocles había logrado colgarse del soporte o brazo del espejo, quedando como una banderola, dada su descarnada figura. Valerosa también la actitud del candidato a la gobernación para aguardar el vehículo que venía atrás.

Fueron minutos interminables para llegar al pueblo de Cajibío. Sin frenos, resistiendo el tiroteo, con la ayuda del Todopoderoso, quien le infundió valor y fortaleza al senador Iragorri y al resto de ocupantes, ninguno lanzó un grito lastimero. Nadie se quejaba, al contrario, cada quien se tocaba, mientras exclamábamos “estamos vivos”. Respiramos; habíamos podido salir a salvo de semejante emboscada. La Providencia Divina nos había protegido, pues el Trooper, pese a ser último modelo, no tenía más blindaje que el celestial. A llegar a Cajibío, el senador Iragorri hizo detener el campero con brusquedad contra el andén del Hospital que sirvió de freno. Al apearnos, el senador preguntó:

--¿Alguien viene herido? -- Eliécer Cerón fue el único que contestó:

-- Yo, Senador.

Pero la situación era más grave: Jairo Valencia tenía un tiro certero en el corazón que no le permitió quejarse, o seguramente sí, pero el ruido ensordecedor de los disparos, el traqueteo de los fusiles de los atacantes, no dejó oír su moribundo lamento. A verlo las piernas se me aflojaron. El puesto del conductor, ocupado por el Senador quedó encharcado de sangre y agua, lo que le hizo suponer que él venía herido. A pesar del desespero mientras escapábamos del lugar del atentado, se buscaba afanosamente en su cuerpo el orificio de entrada de bala, que en realidad no existía. Era la copiosa sangre del ex alcalde Valencia, quien había muerto en el acto.

Sentí un desfallecimiento al bajar el cadáver del puesto trasero, y a Eliécer, herido de un tiro en el glúteo, por fortuna sin gravedad. Aumentó mi sobresalto al hallar muerto a Horacio Morcillo en la bodega del Trooper. Un proyectil había acabado con su existencia; estaba atravesado por una bala que dejaba ver un pequeño orificio de entrada y un boquete grande de salida. El vehículo parecía un rallo de cocina, una susunga, totalmente lleno de perforaciones por todo lado: izquierdo, derecho, de frente y la parte trasera. El vehículo fue conducido con prodigiosa destreza por el senador, quien nos advirtió durante el trayecto: “voy sin frenos”. Así y dificultosamente arribamos a Cajibío, utilizando como freno el sardinel del Hospital. Desde allí operó el radio-teléfono a la gente que ya estaba en sintonía. Su esposa Diana que se encontraba en su casa campestre de “El Nogal” escuchaba en directo la transmisión de los detalles del atentado y desde luego también su hijo Aurelio Iragorri Valencia, quien se encontraba en la ciudad de Cali. Este ante tal confusión de los hechos, y por los clamores que se oían, suponía que su padre y su madre se encontraban juntos. Todo ello aumentaba su desconcierto, además de esos gritos, los mensajes entrecortados de la comunicación del carro, por lo que me pidió continuar transmitiendo recados.

Bajamos los dos cadáveres y al herido en el hospital. Mientras tanto, el guardaespaldas Alirio de Jesús, acudía al puesto de policía a pedir ayuda, presumiendo podían llegar hasta allí los forajidos para rematarnos. Era tal el julepe, atortolamiento o culillo mío que no me permitió ni siquiera sacar el revolver de mi propiedad, un Ruger, 38largo. Seguramente si lo hago, no estaría contando este suceso.

A los pocos minutos llegó el vehículo escolta, el campero Nissan Patrol de color café y marfil, que era otro carro mortuorio, no sólo por su antigüedad, sino porque traía muerto a un agente del Das y a otro, herido en el muslo de la pierna izquierda. Por mi parte, afuera del hospital y desde el mismo vehículo, me dispuse a llamar por el radio-teléfono pidiendo auxilio a través de la liga de radioaficionados. Llamé, grité, vociferé insistentemente. Informé sobre el asalto, la emboscada, los muertos, heridos y pedí apoyo militar. Pero, aún faltaba por llegar el otro carro de los escoltas de la Sijín; el vetusto campero, otro antiguo carro fúnebre, un Willis carpado, modelo 54 con treinta y siete años de uso. Ese era el vehículo asignado por el Estado para los guardaespaldas del Presidente del Congreso.

Por el transcurrir del tiempo y las condiciones del caduco campero, dedujimos que de hecho, éste no lograría pasar por entre el baño de municiones. Mientras tanto el senador se preocupaba de la salud de los heridos ante el cuerpo médico y hablaba telefónicamente con las autoridades, y desde luego con su esposa Diana, quien debería estar lógicamente muy, pero muy angustiada.

Al caer la tarde, y muchas horas después del sangriento retorno, llegó el tan esperado y rezagado refuerzo desde la ciudad, a fin de escoltarnos hasta Popayán. Allí nos enteramos que siete de los escoltas de la Sijín que se transportaban en el prehistórico Willis habían caído en la arena de la vía cruelmente masacrados. Literalmente barridos por las balas de los enloquecidos asesinos, sus brazos estaban arrancados por los proyectiles. Se habían saciado los malhechores sobre los escoltas. Los bandoleros no se conmovieron cuando inermes levantaron sus manos en señal de rendición. En total en el asalto, como siempre, habían caído ocho humildes miembros de la seguridad (DAS, Sijín).

Al día siguiente, el senador Iragorri en compañía de su hijo Aurelio Júnior fue a verificar el estado en que quedó el vehículo Trooper. Lo habían aparcado en un garaje de la Chevrolet, adyacente al Drive Carantanta. Increíble, le habían detectado ciento veinte impactos de bala. Un proyectil había pegado justo en la manguera del líquido de frenos. Estaba rota dejando al vehículo sin líquido y por consiguiente sin frenos. De nuevo se evidenciaba el milagro celestial.

Había llovido toda la noche, por eso, cuando fueron a abrir la portezuela del conductor para inspeccionar, brotó del vehículo un río de sangre que representaba la muerte ofrendada por los masacrados en el atentado, así como otro río de agua que simbolizaba la vida de los que tuvimos la suerte de salvarnos de tan macabro acontecimiento.

El país se alborotó por tres días. Hubo escándalo político, conmoción nacional. Noticieros radiales, televisivos y periódicos suministraban la primicia en las primeras horas y páginas, y los editoriales atribuían el hecho a los guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional. La crueldad del asalto, la mansalva y el sobreseguro de los forajidos, daban cuenta sin equívocos, de que se trataba del ELN. Habían querido asesinar al Senador Aurelio Iragorri Hormaza, Presidente del Congreso de la República. No había duda alguna, su intención era presionar los diálogos.

De inmediato, este acontecimiento sumado a otros de similar calaña, obligó al gobierno a levantarse de la mesa de negociaciones en Tlaxcala, México. Habían fracasado las conversaciones, no había condiciones para continuar en ellas. Al retirarse de la mesa de diálogo el Dr. Horacio Serpa Uribe, como negociador, se habían roto las negociaciones y con ellas otra esperanza de la paz en Colombia.

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