domingo, 5 de septiembre de 2010

EL DOLOR ES COSA SAGRADA Y NO LO HE PROBADO


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Hay sentimientos que nos debieran pertenecer por igual a todos los seres humanos. Porque somos de la misma carne y nacimos de una misma entraña. Nadie puede decir que es semidiós o semihumano o que no bebió leche o no derramará lágrimas. Que no se ha conmovido por una desgracia o no se ha reído de niño. Hay asuntos que nos tocan, que nos espantan, nos embelesan, nos huelen a muerte o nos gustan.

Alberto Manguel* cita a Séneca que en el exilio dijo: “la desdicha –el dolor- es cosa sagrada”. Y remata: “El hecho de que este sentimiento haya sido grabado en el corazón por la naturaleza, lo hace todavía más hermoso”. Sentir en la carne el dolor o la compasión por la propia desdicha puede ser el hecho cumbre de humanidad y que refleje su condición más pura. Hasta un animal podría reconocer por su aspecto humillado a quien sufre y se aniquila cuando se envuelve en llanto, y detener su furia en signo de respeto.

Cómo enseñan el sufrimiento, el dolor agudo, el llanto incontenido. Son más ilustres que una cátedra documentada, que una oración fúnebre o una oda a la muerte. Recibir lecciones de motivación, de erudición, de ciencia, escuchar un concierto o ir a misa son actividades que perfeccionan el espíritu. Mas experimentar en si mismo el dolor de un cáncer, de un espasmo intestinal, de la inflamación del ciático o la muerte de un hijo son eventos que hacen patente el grado de humanidad de un ser humano.

¿Usted alguna vez ha sentido que el dolor, la miseria humana, la desdicha lo ha visitado? Se ha visto vencido y tirado como por un torbellino que le arranque la voluntad y le sea imposible resistir la situación? Si es así, usted conoce la región que nadie quisiera visitar y ojalá nunca más volviera a ver. Con seguridad usted ha ido y ha entrado a ciegas y deseara jamás haber probado ese recinto tan temido. Por mi parte, confieso que no conozco qué cara tiene el dolor, ni si tienes manos o tenazas, si tiene motor de compresión o está activado por anfo o materias radiactivas o es un gnomo que penetra sin permiso en nuestros miembros a taladrar sin compasión.

Me considero neófito, ignorante acerca de lo que es el dolor. Tal vez lo he intentado describir, pero jamás lo he sentido en mi interior hurgando mis entrañas. ¿Seré por esto afortunado? ¿Seré un bicho raro porque no lo he experimentado en los años largos que he vivido? ¿Seré menos humano y me falta ese grado de humanidad del que habló el gran Séneca cuando pondera a Homero por haberlo sacado a flote en la Ilíada y la Odisea? He tenido dolor de muelas, sentí la ausencia de mi padre y de mi madre, de niño se me infectó una pierna y casi me la amputan. Pero fueron dolores soportables que no me llevaron al límite que lo convierte a uno en héroe.

No seré atrevido para invocar al dolor ni a la desdicha y querer que vengan a enseñarme sus propiedades singulares. Sólo los temerarios e imprudentes pueden arrastrarse hacia lo inaudito y al suplicio. Sin embargo, admiraré a quienes viven en la desdicha y la miseria y a los que ingresaron algún día al templo del dolor donde todo es tormento, lágrimas y pareciera que no pasara el tiempo.

*Alberto Manguel en: El legado de Homero. Págs. 128-9

14-08-10 - 11:52 a.m.

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