N. Sandoval-Vekarich
Quilichao era un sueño, en nuestra imaginación infantil una charada, una metáfora incomprensible como las libélulas que unos llaman caballitos del diablo y otros, más pintorescos y más ágiles, se permiten asociarlas con las míticas hadas que nunca del todo abandonaron nuestra febril imaginación de niños inquietos y terribles.
Nuestro compañero de juegos era Jorge Lemarie, hijo de inmigrantes franceses que en Tulcán, ciudad fronteriza del Ecuador con Colombia, eran dueños para nosotros de un maravilloso hotel y de un cinematógrafo del que éramos consuetudinarios visitantes, de haber sido posible allí dormir lo habríamos hecho, de tal suerte que jamás habría podido Buck Jones o Tim McCoy bajarnos de los albos caballos o del Pinto que le envidiábamos a Tonto, el exótico compañero del Llanero Solitario. Tuvieron una fábrica de ladrillos que el día menos pensado dejó de existir. En los hornos desechados que servían de escondites y a través de los largos callejones del inmenso taller abandonado solíamos jugar utilizando pistolas de madera y arcos rústicos para arrojar flechas hechas con las cañas de maíz; acullá diseminados en el suelo o en sus hormas de madera adobes y restos de adobes a la intemperie pulverizados y secos.
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| Foto Archivo - Santander de Quilichao |
Nuestra novia era de carne y hueso, fielmente copiada de las heroínas del celuloide. Ocultos tras una tapia la seguíamos con la mirada en su camino a la escuela de niñas regentada por monjas, por hermanitas de la caridad. Hablábamos de ella cuando no cabalgábamos con Buck Jones y muy audaces imitando a los vaqueros nos poníamos a fumar los cigarrillos que, como quien no quiere la cosa, substraíamos de las chaquetas de nuestros papás olvidadas en algún perchero o dobladas sobre los asientos en el comedor. Ese rostro moreno y su lustrosa cabellera oscura nos acompañaría toda la vida. La habíamos idealizado a tal extremo que solamente muchísimos años más tarde vine a darme cuenta que su imagen era el vivo retrato de Linda Darnell, la excitante compañera de Tyrone Power en “La marca del Zorro’’, todavía hoy mi corazón brinca alborotado cuando en la calle o en las oficinas de correos de algún lugar del mundo tropiezo con ese rostro que nunca olvidaré. Nelly podría haber sido su hermana gemela y esa misma muchacha esbelta, hermosa como una princesa morisca olvidada al acaso por Washington Irving en sus relatos sobre la Alhambra, la encontré en Quilichao, invocación que seguía sacando como de una lámpara mohosa y tirada en algún rincón del ático las más disimiles aventuras, hasta el día que me atreví a besarla en una banca a la sombra de un inmenso samán que más parecía un quitasol chino, nunca habría entendido por qué en Popayán mis compañeros de colegio hablaban de chupar piña, era una exótica bebida, mandrágora que más que piña tenia sabores de mangos y papayas cuando en un arrebato de pasión sus brazos me ciñeron como una pitón en el Amazonas y el sudor de sus axilas pulcras y libres de vellos me embriagó con una fragancia de nísperos y canelas, esa fragancia me arrebata inmediatamente cada vez que pienso en Quilichao tostada por un sol de 37 grados; en el aire estático y vaporoso de esa caldera solamente se podía escuchar el monótono clamor de las chicharras por la lluvia y como cigarras también el alborozo de los niños de la escuela frente al parque. Allí eran maestras mis adorables primitas. Fanny muy seria, respetable, grave señora de la historia, de la geografía y los mapamundis; Josefina dueña de los sortilegios y exorcismos, tres por tres nueve, siete por tres veintiuno. Chepita bom bom, carrusel de almíbar, por ti bajé a los avernos de Cronos para destruir las celdas donde empolla el olvido, espigada y grácil gacela al acecho de las risas y confetis entre los niños repartida (Matilde, la poeta, dice que la sombra es la luz proyectada al infinito), presto digesto el verbo para hacerte eterna en la memoria, tentadora mujer y rapazuela dueña de unas hermosas piernas y de una cintura de avispa para volver loco al diablo. Confieso sin arrepentirme de nada que de no haber existido Nora le habría arrastrado el ala como cualquier gallo chiflado en gallinero ajeno.
Con Nora Navia y las mellizas Sterling desafiando una posible insolación jugábamos balónmano en una cancha de tierra porosa y colorada en los patios de recreo del Instituto Técnico, a esas horas los habitantes recluidos en sus casas disfrutaban de la siesta tendidos en las hamacas de cuerdas trenzadas y de colores violentos sujetas a los postes de madera a través de los corredores de refrescantes baldosas, se mecían al vaivén, al impulso de los cuerpos bebiendo jugos de tamarindo con terroncitos de hielo, quizá a diferencia de los ingleses en Nueva Delhi en los pórticos saboreando un aromático té profundamente oscuro y enigmático en tamañas proporciones del día.
Donde hay tres uno sobra, dije burlón y cínico tomando por asalto una banca ocupada por Charria, un aborigen mayor que yo y que como todos los demás dando vueltas a semejanza de un tiovivo por el parque se solazaba de la cálida noche y de la orquesta del pueblo que en el kiosko se desgañitaba con una serenata, con una música folklórica y selecta del Maestro Villamil. Refunfuñando Charria por mi desenfado abandonó la banca donde me habría de sumergir luego en la ardiente vorágine de besos que me prodigaba mi hermosa compañera a quien perdí de vista con los años y volví a encontrar mucho tiempo después en Cali abordando un autobús… “Al fin apareció el loco este” – exclama una bella morena de ojos brillantes y burlones sentada al lado de una ventana respirando el aire tibio de esa tarde bochornosa y tropical. Su alegría y la mía fueron un borbotón de palabras que fluían sin sentido en esa efusión que no podíamos franquear y que nuestras manos querían ayudarnos a escalar. La volví a amar como la había amado en mis tardes de exilio y refugio en Quilichao, en la época de vacaciones estudiantiles. Hoy me pregunto igual que César Vallejo “qué se hizo mi andina y dulce Rita de junco y capulí’’. “Nunca se casó” – me dijo cierta vez mi primo Henry Astudillo, hijo de don Ismael Astudillo. De él Matilde Espinosa guarda los más hermosos recuerdos de su infancia en Quilichao, porque ella había nacido en Tierradentro, en la altiplanicie donde el sol muerde las carnes como un oso polar. Don Ismael era boticario, lo fue en muchos de los pueblecitos del norte del Cauca y allí donde los médicos eran rara avis ese hombre bonachón y generoso aparecía como una especie de deidad local que conjuraba los milagros de entre los innumerables frasquitos color sepia oscuro que llenaban los estantes de su minúscula farmacia olorosa a yodo, a alcohol y eucaliptos. Los indios más que los blancos (si se pueden llamar blancos esos mestizos que rechazan todavía y niegan a toda costa el color terracota de su piel barnizada mal que bien por los apellidos hispanos), los indios eran tal vez los más excelsos, los más refinados, los más lacónicos y sinceros en dar reconocimiento a los méritos y devoción de don Ismael que hasta en su lecho de muerte no perdió su sentido del humor y amor por la vida. “Ay, Josefina! Josefina!, le decía agonizando a su cuñada, no más sancocho de gallina!...” No pudo mi padre asistir al sepelio y me encargó a mi siendo todavía un mocoso petulante y engreído decir la oración fúnebre que cumplí a cabalidad trepado en un muro del cementerio en Quilichao, en esa vetusta aldea que un día quiso lincharme por escribir en “El Liberal” de Popayán una serie de críticas a cargo del gobierno conservador que había removido hasta los cimientos las alcaldías y comisarias de los municipios y corregimientos del Cauca. Mi tía Vicenta, alarmada e histérica, puso un telegrama a Popayán pidiéndole a su hermano que viniera a recogerme porque estaba fraguando una revolución en Quilichao y era que un carpintero guardaespaldas de papá in ilio tempore, había conseguido la aquiescencia de otros dos para protegerme del energúmeno cuando se enteraron de que el alcalde, irritado por mis críticas, me quería meter a la guandoca aprovechando mi afición al café negro y recargado “como para tumbar caballos” que solía degustar en la cantina y billares de la esquina de la plaza de Santander. También lo supo el alcalde que no tuvo más remedio que pedirle a mi tía Vicenta su santa intervención para evitar lo peor en ese pueblo bullanguero y chismoso.
Un día intempestivamente papá nos dijo: “Vamos a Quilichao”. Solamente Eddie y yo que éramos los mayorcitos iríamos con él, mamá quedaba en Tulcán con los más pequeños, la premura del viaje era la agonía de Elvira, la hermana mayor. Viajar para mí era entonces un tormento, los largos trayectos en buses de línea trepando y bajando montañas y laderas, soportando indistintamente fríos y calores me provocaban mareos, vómitos a través de la ventana del vehículo y con el agradable viento helado azotándome el rostro, un deseo infinito de dormir en los brazos de papá, deseando no haber viajado nunca, añorando a Nelly, nuestra inalcanzable heroína hija del Cónsul de Colombia.
Un rio inmenso color chocolate en una llanura calva bajo una canícula insoportable, tierra gris y púrpura, ponía una pausa, un abrupto alto en la polvorosa carretera, introducía la experiencia de navegarlo sobre un gigantesco tablón, hombres, bestias y autobuses, hasta la otra orilla en una balsa inmensa halada por cables de acero. Era el río Patía que volví a ver me parece que un siglo después convertido en un miserable hilo de agua.
Popayán, olor a membrillo, naranjas en dos abiertas por la cuchilla del sol, a nísperos y a limones maduros, con sus enormes calzadas, solitaria y azul, era una bella estampa de colores, arriba la estatua de Bel Al Kazar en el Morro de Tulcán, abajo a la altura de las calles las iglesias y monasterios coloniales, un parque frondoso y festivamente alado y sutil por enjambres de gorriones glotones e inquietos, una torre cuadrada con un reloj inmenso incrustado en la cara que daba hacia el bronce del sabio Caldas. La casa de los Pérez Velasco, que nos acogió y dio hospedaje, tenia pintadas de verde las puertas y las columnas de madera en contraste con las blancas paredes y las macetas de flores en torno a un patio rectangular y amplio que permitía ver el cielo, siempre azul, siempre transparente y luminoso. En la cocina, la tía Judith amasaba pandebonos y aderezaba pastelillos de todos los gustos y sabores para acompañar el chocolate caliente y batido con vainilla y claras de huevo. El primo Mario Enrique, oloroso a engrudo y cola de pegamento (encuadernaba libros y estudiaba Derecho) nos intrigaba por faltarle en la mano derecha varios dedos. Papá nos reconvenía: “jamás jugar con pólvora y mucho menos con los proyectiles de las pistolas”. En el asfalto vaporoso y refulgente repercutían los cascos de un caballo arrastrando un carro con ruedas protegidas por viejas llantas ‘’Michelin’’: era el repartidor de la leche, de las gaseosas y de la cerveza “Bavaria”. Uno que otro automóvil se veía aparcado bajo el frondoso follaje de un Carbonero, así llamaban a aquel árbol orgullo milenario que no olvidó Efraím Martínez en su alegoría a Popayán en el Paraninfo de la Universidad: flotando sobre el espíritu de la ciudad, a manera de una hada voluptuosa y desnuda, el pintor eternizó a Matilde Espinosa cuya figura poéticamente etérea sigue deslumbrando en muchos de sus lienzos soñadora y fugaz.
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| Foto Archivo - Santander de Quilichao |
A Quilichao llegamos en tren por la noche. Era un tren verde, la locomotora despedía un humo muy negro y muy espeso. A veces caía en los ojos un polvillo inverosímil de carbón. Los asientos eran color crema, de un tejido de palma muy sutil y estrecho. Paraba en algunos pueblecillos bulliciosos. Niños de piel muy bronceada y negras risueñas y gordinflonas vendían toda clase de golosinas, pandebono, pandeyuca, panelas de guayaba, manjarblanco, alfandoque, alfeñique, suspiros/merengues, piñas en rodajas, naranjas (me acordaba de las de Balsapamba en el Ecuador), tamales de mote, envueltos de choclo, empanadas de pipián, soda Postobón, “Colombiana” y así hasta lo indecible, el tren era el más hermoso recuerdo de mi infancia; nunca olvidaré aquella estación en cuyo andén de espera papá repartía dulces entre los chiquillos que curiosos se acercaban a jugar y hacernos compañía hasta que ya próxima la locomotora se anunciaba con un pito agudo y estridente.
Jocoso Henry solía decirnos que era necesario encender un fósforo para ver si despedían luz las bombillas del alumbrado público. La noche era cálida y cerrada alumbrada más por los cocuyos (que eran tan abundantes como los cucarrones) que por la luz eléctrica. Los andenes eran altos, para llegar a ellos había que trepar unos cuantos escalones de ladrillos desgastados y turbios. La casa que visitamos frente al parque era muy amplia, mucha gente en ella, tomaban café y algunos bocadillos. Desde su inmenso lecho de enferma una mujer ya de muchísima edad según mi apreciación de niño no me quitaba los ojos mirándome con insistencia mientras estuve allí haciéndole compañía a papá. Supe después que era la tía Elvira, madre de Hernando, un primo que, según contaron lenguas insidiosas muchísimos años después, dizque se había querido suicidar. “Debe ser un muchacho muy inteligente” comentó entonces mamá cuando la noticia nos llegó a Tulcán.
En Tulcán teníamos los chicos colombianos problemas con los muchachos nativos, especialmente con uno a quien llamaban Sansón y a quien temían por ser agresivo y buscapleitos. Nos ofendía con la misma cantilena cada vez que le encontrábamos a la hora del recreo: “colombianos macheteros, ladrones…” Era de suponer que sus padres quizá tuvieron querellas con alguno y el niño solo repetía lo que escuchaba en casa. Mi hermano Eddie y Eduardo Santander, el hijo del Cónsul, rehuían temerosos cualquier altercado. A diferencia de mi pobre humanidad, enclenque, flaco, pusilánime y con fama de cobardón, eran más fuertes, rollizos, más sólidos sobre sus pies. Pero una mañana en el patio del colegio de los Hermanos Cristianos algo reventó dentro de mí, en mi pecho ardía una furia incontenible, me quité el abriguito y le hice frente a Sansón, lo agarré violentamente de los cabellos y con los dientes bien apretados quise arrancarle una oreja sin soltarlo ni un segundo. Hércules berreaba de dolor y de sorpresa, el gorrión batía al águila en un cuadrilátero cerrado por los otros chicos que asistían a un pugilato sin igual y nunca registrado en los anales de ese plantel religioso en cuya entrada pendía una leyenda “¡amaos los unos a los otros!” Cuando uno de los curitas logró al fin separarnos a Sansón le sangraba el lóbulo de la oreja izquierda. Salí entonces hecho un vendaval a buscar a papá que presto vino acompañado del Cónsul. Santo remedio. No volvieron a jodernos pero yo nunca olvidé la pasividad de mis compañeros que eran más fuertes. Aprendí desde aquel día que en ciertas circunstancias son los débiles y no los fuertes quienes encuentran soluciones radicales.
Adornaba la solapa de mi chaqueta un emblema azul, blanco y rojo en forma de V, era el símbolo de los aliados, el famoso gesto de Churchill con los dos dedos de la mano derecha en alto: la Victoria. A mi primo Manuel le encantó. Por qué no se lo regalas?, sugirió papá, pero entonces yo era muy egoísta con todo lo mío y el emblema era muy bonito como para separarme de él.
Cuando me enamoré de Nora conocí a Hernando. Una racha de mala suerte en los negocios de papá lo obligó a confinarme en la casa de mis primos los Astudillo Sandoval, situada al frente del inmenso edificio de la plaza de mercado, en cuyos tejados inmóviles y macabros como escuadrones de la muerte se situaba una bandada de gallinazos. Por la calle que desde los tejados vigilaban las necrófagas aves pasaron una tarde en formación cuadrada, hacia la estación del ferrocarril, treinta hombres, treinta soldados en seis hileras de a cinco. Un tenientillo soberbio y patán les marcaba el paso. Un grupo de oficiales tuvo la ocurrencia de poner bajo candados y cerrojos al Presidente de la República.
A las compañeras de Nora las llamaban las sintéticas, por eso, precisamente explicaba Henry socarrón y lascivo…. Sin teticas. Eran rubias, esbeltas y llanas como tablas de planchar, pero eran bellas, apetecibles y bulliciosas. “Mamá decía que seguramente eras muy inteligente, le confesé bromeando, pero veo más bien que eres un pelotudo”, sonrió sin ofenderse por la ocurrencia y me explicó que había resbalado cayéndose del puente de madera al rio. “Los chismosos de Quilichao inventaron lo del suicidio para tomarme el pelo…”
En casa de los Astudillo vivía también la abuela Leticia, la madre de papá, mujercita menuda, de un metro con 60, poco habladora, muy vivaz y reservada. En un arranque de amor materno me llevó una mañana a la plaza de mercado. Las plazas de mercado de los pueblecitos colombianos me atrajeron siempre como atraen a otros las estaciones de trenes y terminales de autobuses. Bajo los amplios toldos y tiendas de diversos colores los mercachifles ofrecían un surtido inverosímil de chucherías y cachivaches. Me atraían las navajas protegidas por cachas de nácar, otras eran de carey o de cuernos de res, muy a propósito para pelar naranjas, duraznos, quizá hasta para enfrentarme a “Carbonilla”, un negrito zumbón y camorrista que me la tenia velada en el Instituto Técnico. La abuela me compró una camisa de percal. Traté de imaginarla cuando tenía 20 años, teniendo a la vista una foto que una tarde sacó Henry del álbum familiar para que yo la conociera. Era exactamente igual a la tía Vicenta cuando don Ismael perdiera la cabeza por ella. ¿La perdería?, me preguntaba viéndolo tan circunspecto, tan barrigón y ausente de toda cháchara a la hora del almuerzo que servía ágil y silenciosa Domitila, la indígena paece que creció desde muy niña al amparo de esa familia excepcional. ¡Domitila, bendita seas! Un día el amor también llegó por ella y se fue feliz tras del hombre que le robó el corazón y la paz del alma. Si, la recuerdo con un cariño imperecedero, por ser parte y un todo de las más hermosas añoranzas que guardo de Quilichao, quizá porque Nora sembró en mi corazón sueños, amorosos poemas dulzones y tiernos, aventuras y arrebatos eternizados en el tiempo, flores exóticas que penden de los años como las macetas en la casa verde de mi tía Judith en Popayán.
N. Sandoval-Vekarich



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